Disparada por un antidisturbios, traza un arco de peralte excesivo. Supera los contenedores de basura que arden en el paseo Alfonso XIII hasta que su vuelo pierde tirantez. Rebota sobre la panza de un coche volcado. Cruza oblicua y furtiva entre los manifestantes de Bazán con sus monos azules, sus tuercas y razones contundentes. Elude al encapuchado que lanza rodamientos con un tirachinas.

Llega botando mansamente, deceleradamente… Se frota en mis zapatos.

La guardo en un bolsillo del chaleco, entre carretes vírgenes. Luego sigo disparando, pero esta noche la pelota de goma jugará con mi hijo.