El ingeniero naval Matías Hexamer tenía los ojos grises, el mentón escorado y la camisa artillada con lápices afiladísimos. Mi padre lo invitaba a michirones en el merendero de Portmán, donde bebían mixtela ante un plano inmenso cuyas líneas de cota corregían con huesos de aceituna y altramuces. "Es hermoso, pero no sirve para la guerra", objetaba mi padre, "si lanza un torpedo dará la voltereta". Mi padre ladeaba la cabeza; decía glub, glub y señalaba con el pulgar hacia abajo. El pulgar se hundía trágicamente.

Herr Hexamer cogía un lápiz, en apretada bastardilla anotaba sobre el plano ecuaciones enérgicas; se amparaba en la mecánica de fluidos y sus viscosas leyes; recitaba las virtudes corsarias del snorkel y otros irreprochables argumentos, loados y rechazados por su condescendiente interlocutor sin una sola justificación técnica. Fuera de sus casillas, vociferaba incoherencias sobre el mar del Norte y el honor sagrado de la Kriegsmarine… "Nunca irá más allá de la isla de Escombreras", sentenciaba mi padre. "El honor de la Kriegsmarine", insistía Hexamer…

Elizalde, mi hermano y yo, y alguno más de la pandilla, hijos de empleados de Bazán, morenos y salvajes como apaches, nos lanzábamos al agua en el club de regatas cuando el submarino de bolsillo regresaba de una misión de adiestramiento; y trepábamos a su cubierta, piratas al abordaje, hasta que se abría la escotilla –un cupulín de plexiglás–, y el capitán sacaba la cabeza y agitaba el puño y maldecía.

De sus servicios prescindió la Marina, y nunca fue más lejos de la isla de Escombreras, porque al soplar lastres su estabilidad era inconcebiblemente negativa, y con mar de través se encabritaba y terminaba flotando boca abajo, quilla al aire, cada vez que disparaba un torpedo, ¡pero qué trampolín tan divertido, qué marrajo desdentado!