Desayuno con un amigo, aprovechando que hoy me tocaba ir temprano al médico de la mutua. (Últimamente he sustituido las cenas de amigos, con su inevitable secuela de copas y altas horas, por desayunos, no precisamente de campeones, cosas del plasmodium). Gran Bar, calle Mayor. Su rotundo café con porras contra mi languideciente manchada y media tostada de tomate.
Pues bien, mi amigo es historiador (Universidad de Murcia). Publica, casi siempre temas locales, con relativo éxito (local). Tiradas cortas de 2.000, 3.000 ejemplares, que en Cartagena tienen gran predicamento. Siempre se agotan, sobre todo porque un gran porcentaje de los ejemplares se regala a los amigos (que para eso estamos), o se cede a colegios y bibliotecas, o se les obliga a comprar a los alumnos (que para eso están, también, aunque los muy cabrones se las apañen con fotocopias clandestinas).
Mi amigo me ha dado pelos y señales de su última investigación. Anda embebido en un libro cuyo tema no me permite reseñar, ni falta que hace. Lo interesante, creo, es otra cosa. Atañe a la investigación misma. A sus métodos. A sus ritmos. A las facilidades que proporcionan hoy en día internet y todos sus secuaces: bibliotecas nutridísimas como Questia, Project Gutenberg, Gallica (en francés), cervantesvirtual... Facilidades enormes de encontrar cualquier libro descatalogado a través de buscadores como abebooks o iberlibro. La posibilidad de hojear los índices y alguna que otra página, e incluso hacer búsquedas en el interior de libros gracias a google print, repositorios de tesis doctorales y literatura científica como google scholar... La gentileza de universidades, fundaciones e instituciones que, por módicos precios (si eres investigador profesional), o no tan módicos (si eres un diletante), te permiten el acceso a distancia a sus fondos. La potencia de los motores de búsqueda en red como Rebiun, que recopilan los fondos de un montón de universidades europeas... Y así un largo etcétera.
Y sin embargo, sin embargo...
Mi amigo se queja (es un quejica) precisamente de eso. De tanta facilidad, de la inmediatez. Concede que el contacto rápido y gratuito con otros estudiosos, gracias al correo electrónico, es fundamental. Pero todo lo demás sólo es accesorio. Y en cierto modo supone un estorbo.
Su tesis es que uno de los mayores alicientes de cualquier investigación histórica radica precisamente en la lentitud. La conquista palmo a palmo del terreno. Avanzar a machetazos por la jungla, vamos. Me pone un ejemplo:

Tenía que consultar ciertos documentos en el Archivo Político del Ministerio de Negocios Extranjeros de Berlín. El Auswärtiges Amt, que durante décadas ha sido como un segundo hogar para tantas promociones de historiadores españoles, más o menos aviesos o partidistas, pues somos de lo peor. Fíjate que hace solo unos años, la consulta hubiera acarreado un viaje a Alemania. Impepinablemente. Un viaje, para un historiador, supone una serie de tiempos muertos enlazados (solicitud al rectorado, concesión, preparativos, salas de espera de aeropuertos, contemplación embelesada de las míticas azafatas de Lufthansa, trayectos en taxi, habitaciones de hotel solitarias, ingestión de alimentos también solitaria, consulta absorta de legajos en un archivo, paseos por ciudades que apenas conocemos o no conocemos). Todos esos tiempos muertos, que para otros pueden resultar tan molestos, para nosotros, por lo menos para mí, resultan esenciales. Me permiten enfocar mejor la obra, desarrollar aspectos que sólo he podido bosquejar, intuir mucho, captar nimiedades que luego pueden ser importantes, o por lo menos originales. En suma, me permiten abrirme paso en el bosque, distinguir la información esencial de la prescindible. Aburrirme, también. Yo no me voy de putas, como otros. Pero el aburrimiento puede ser una tarea tan provechosa...

El archivo alemán en cuestión, tan eficiente, le ha remitido a mi amigo los legajos que debía desempolvar (en formato pdf). Casi de un día para otro. Hubiera tardado un poco más, con traducción incluida. Pero no es el caso. Y si lo fuera, también existen programas de traducción automática que mal que bien y con muchos dislates, hacen un papel de urgencia. Yo le sugiero que se ha ahorrado un montón de tiempo, que puede emplear en irse de viaje con su familia. Pero él no tiene consuelo:

Ese tiempo perdido en una investigación, para mí es el mejor. El que la hace interesante. No sólo porque le pueda dar un sabor especial a mi libro, que quizá solo yo podré apreciar, o porque me permita no sentirme abrumado por la sobreabundancia de información (información medio cruda, a medio meditar) que tanto mal está haciendo. Es que es un tiempo perdido que enriquece personalmente. Zamparme trescientos folios en pdf a los que puedo hacerle una búsqueda informática para leer solo lo que me puede interesar, no supone más de una mañana de trabajo intenso, pero cómodo. Pura rutina. ¿Cómo me va a seguir entusiasmando el tema que investigo? Viajar a Alemania a por unos legajos que quizá sean vitales o quizá no, me da la vida. Suponen un mínimo de cinco días de soledad. Te voy a decir una gilipollez, pero sé que te encantan. El espíritu se vuelve poroso cuando viajas. En especial, cuando viajas solo. Todo lo captas. Los detalles adquieren significaciones que no te esperabas. Que nunca hubieras esperado de estar quietecito en tu despacho de la facultad. Por cierto, cómo vas.

Le digo que mejor. Que la cepa es resistente. Tres recaídas ya, pero ninguna grave, ni siquiera cuando pesqué el bicho. Lo peor es la anemia, que es lo que me tiene derrotado. Que las terciarias capuchinas de Bata son unas fenómenas y tengo que mandarles algún regalo. Que el médico de la mutua es otro crack. Dos semanas más de baja nada más verme entrar por la puerta, sin ni siquiera abrir la boca. Que, como Salinger, soy un paranoico al revés. Sospecho que todo el mundo conspira para hacerme feliz.