Darius me enseña el uniforme de camarero diseñado por un modisto francés, reliquia del 2.500 aniversario del imperio aqueménida. El alcanfor no desmerece la prestancia del corte.

Otras prendas del ajuar de este jubilado shirazí, que sirvió en banquetes de una ferocidad refinadísima, son expuestas ante mí. Respetuosamente observo. Pero él quiere que palpe sin timidez. Que me cerciore.

Acaricio la curvatura esbelta de un decantador. "Baccarat, Baccarat...", puntualiza en un tono casi agresivo, inseguro de mi silencio, pues no sabe si interpretarlo como asombro, mentecatez o prepotencia.

Con el índice, Darius golpea el cristal. El tintineo es templado sin crispadura, con una musicalidad diáfana, tirante, de burbuja congelada, de terso campanil. Un cumplido de connoisseur restaña la cordialidad.

Compruebo la solidez de los alambres bañados en oro de la jaula que albergó a un ruiseñor, y que estuvo colgada, mientras duraron los fastos, de la única farola de su calle.

Me señala el aparato de aire acondicionado; saqueo de la jaima de un sultán, o quizá de un presidente de república. Cierto es que nunca ha logrado que funcione.

El servicio de cátering, aerotransportado desde Maxim's, incluía beluga y foie en cantidades abrumadoras. (Darius parece consternado, pues esta vez no hay pruebas y me debo conformar con su palabra, su mímica vehemente).

Su más preciada posesión es una fotografía con esos colores calcinados de los años setenta: amarillos albinos, rojos virados al marrón, querencia del verde a la grisura, al negro del azul.

Darius posa con su uniforme de etiqueta, enigmáticamente polvoriento, por fuera los faldones. Una incongruente carabina al hombro y una boina le confieren un aspecto siciliano.

Varios oficiales de la Guardia Imperial le felicitan en su día de gloria; efusivamente le escoltan, le rodean. (Darius percibe aún la admiración, yo sospecho cierta socarronería en la puntiaguda altivez de los bigotes).

Dos soldados rasos sostienen una pértiga donde se exponen los trofeos: una docena de serpientes que no sobrevivieron al crepúsculo y cuelgan lacias, indolentes, verticales.

Por supuesto, Darius no se conforma con narrar y escoge de la alacena un tirante de piel apergaminada, translúcido sudario de azulejos lanceolados.

La recompensa del más certero tirador de los alrededores de Persépolis está guardada en una caja de confituras: miles de tomanes fuera de circulación.

Los billetes resultan misteriosos pues en todos hay una hoquedad, un agujero irregular, un perfil recortado apresuradamente con tijeras.

Otro estuche, cautelosamente guardado en otra habitación, contiene los trozos recortados. Parecen cromos repetidos. En todos se ven unas facciones sin emoción, desgajadas de su época y, por tanto, del correr de los tiempos. Impertérrito y absorto, el decapitado anacronismo del último sha.