Le dije a la becaria de las trenzas que sostuviera aquel recordatorio de primera comunión que le había prestado una llorosa tía política, por asegurar la foto, no fuera a arrepentirse antes de que me diera tiempo a escanearla.

La chica tenía madera. Le había dado el pésame a una docena de parientes (incluida la madre) antes de conseguir aquel retrato. Hubiera llegado lejos en la profesión. Directora de un medio antes de cumplir los 35. Pero cuando terminó la carrera no ejerció el periodismo. Hace tiempo que le perdí la pista. La última vez que la vi trabajaba en el gabinete de comunicación (se había pasado al enemigo) de una gran constructora. Por supuesto, no llevaba trenzas, sino un peinado profesional de ejecutiva. Me saludó con afecto. Era una chica muy cariñosa. Una buena compañera.

Aquel verano cubrió algunos sucesillos antes de que le tocara el premio gordo.

Con el macro hice una copia del careto, que podría publicarse a una columna, pisando un vértice de un plano espectacular del fallido rescate: el pozo, bomberos con arneses, el padre, vecinos, gente que pasaba por allí...

Cuando acabé le di la enhorabuena, pero me confesó que se sentía culpable. Le pregunte por qué, aunque ya sabía el motivo. A mí también me había pasado. Supongo que nos pasa a casi todos.

La razón era muy simple y muy humana (o inhumana de tan humana). Ella estaba deseando llegar al periódico para enseñarle a compis y jefecillos (en especial al redactor jefe) aquella foto de primera comunión que no tendría la competencia. Verdaderamente estaba hecha polvo.

"Son gajes del oficio. No te amargues. Atenta al pajarito".

Posó aturdida, todavía con el recordatorio en la mano, y una tímida sonrisa enmarcada por sus trenzas.