El farallón de pizarra y basalto no resiste pisadas. Y gruesas migas de roca se precipitan sobre el mar. Mojones azules advierten del peligro. No hay que sobrepasarlos. Varias muertes hubo aquí. Se lo recuerdo. Le advierto que su temeridad no es original, que muchos otro se asomaron y algunos perdieron pie.

Ella camina sobre el linde inestable, resbala voluntariamente solo por hacerme sufrir. Pero no se despeña. Tiene recursos de bailarina. Sabe un par de piruetas que nunca fallan.

Yo no me acerco, ni siquiera siento la tentación. La belleza de la vista vertical no me desvía. Ninguna belleza me desvía.

"Tú no te asomas. Ya no te asomas..."

No me lo tomo a mal, aunque cuestione mi espíritu de aventura, los viajes compulsivos, mi tienda de campaña y el refranero personal que he ido tergiversando con los años: más fiable que una brújula suele ser la veleta; menos provechoso cambiar las pilas de la linterna que perderse...

Siempre se me dio mejor la teoría. Ella conoce esa debilidad. Y no me la echa en cara. Por mi parte, no pretendo protegerla. No soy un quitamiedos. Pero estoy ahí. No hago preguntas. Nunca me asomo.

Ella lo hizo y vino a mí. Sé muy bien que vino huyendo y con cara de hechizo. Ahora se burla, me saca la lengua, se abraza a mi sombra...

Me mantengo al margen, en la seguridad del sendero. Puedo vivir sin la intensidad del abismo. La mayoría puede. Ella cree que puede. La rutina es un precio razonable cuando ya se ha vivido.

Si alguna vez se asoma, como este domingo en Cabo de Palos, sólo es un juego, aperitivo de sus labios marinados con amnesia y salitre, cortados por el viento.

Ella cree que puede prescindir. No sabe que el abismo se adhiere al alma. No sabe que se infiltra, que insidiosamente va calando. Vulgar humedad que pudre y sin que haga falta gran altura, rocas afiladas, farallones de pizarra y basalto, desmorona.