Llego antes que la policía, lo cual es un fastidio porque se supone que debería echar una mano. Hablo con un testigo, el que ha pedido ayuda con su móvil. Me explica por encima. Sentado en la cuneta, alguien rumia un mantra obsesivo:

Hostiaputahostiaputahostiaputahostia...

El testigo me increpa, muy nervioso, cuando ve que paso de todo y desenvuelvo un caramelo (es difícil percatarse del ligerísimo temblor de mis manos). Forma parte del ritual, como medir las huellas de las frenadas contando los pasos sobre el asfalto. No tiene ningún sentido, pero me ayuda a concentrarme, o más bien a evadirme. La gente me mira perpleja, pero sin hacer preguntas ni meterse conmigo, como si ese talonamiento tuviera alguna utilidad forense que se les escapa.

Ya digo que es difícil pasar desapercibido cuando aún no han llegado las ambulancias, ni los conductores de las grúas que también están conectados a un escáner y compiten por carroñear los primeros el festín de chapa. Me hago el remolón, sí, pero trabajar en estas circunstancias tiene sus riesgos. No puedes, no debes fusilar a diestro y siniestro. Te expones a insultos, discusiones y algún empujón que otro si el justiciero de turno se envalentona. Y el equipo vale una pasta.

Comprendo (soy un ser humano, a fin de cuentas) que sea saludable esa descarga de tensión, pero no me gusta convertirme en el chivo expiatorio de la impotencia general. Por eso prefiero hacer un primer recuento provisional de las víctimas mientras los ánimos se aclimatan a lo irreparable. Por supuesto, es un cálculo aproximado, si no puramente especulativo, pues evito acercarme a los vehículos. Y no es fiable para valorar el espacio editorial que merecerá el suceso, a no ser vaya escaso de tiempo (medianoche) y haya que embaucar al jefe de cierre que esté de guardia para que levante un faldón, lo comprima en un breve y deje el espacio libre para una fotonoticia. No puedes implorarle, claro, sólo sugerirle que haga una llamada al Subsector de Tráfico o a Protección Civil. Y hay incluso quien ordena parar la edición si yo telefoneo de madrugada.

Pero ya digo que es una cuestión de camuflaje. Y también una forma (enrevesada) de aproximarme a la tragedia. No puedes encararla chulescamente (al menos yo no puedo), pero tampoco puedes dejarte avasallar. Por eso utilizo vías de acercamiento oblicuas, circunvalaciones. Deambulo por la cuneta, recojo un poco de tomillo, un mechero, documentación esparcida que luego me permitirá acercarme a los picoletos como un buen ciudadano, cumplir un deber cívico que puede tener contrapartidas: soplos sobre el número de accidentados, la gravedad de los heridos o, sencillamente, que te dejen en paz mientras haces tu trabajo.

Así pues, de momento, miro con disimulo. O para ser más preciso, oteo. Inspecciono promontorios cercanos que dominen la escena. Por la noche no sirve, claro. Hay que acercarse y pegar fogonazos a quemarropa. O utilizar película demasiado sensible, con la contrapartida del grano y la consiguiente bronca del director, al día siguiente, que sólo ve una mancha enmarranando la página. Y a ver quién es el guapo que le vende la moto del dramatismo de las diagonales, el horror sugerido y que si Gilles Peress en Sarajevo, pero lo hago igualmente (lo de dar vueltas como un tonto) porque en esencia se trata de una táctica dilatoria.

Sólo me pongo de verdad manos a la obra cuando ha parado un número considerable de automovilistas y aparece un líder que empieza a organizar el tráfico; a colocar triángulos de peligro; a ordenar una evacuación insensata de los heridos, apenas unos metros hasta un lecho de gravilla, no sea que estalle un depósito de gasolina. O a tapar bultos inertes con el primer trapo a mano, obedeciendo un curioso mandamiento atávico. (Un colega destapaba las mantas reflectantes de manera sistemática. Solo por echar un vistazo. Alguna vez miré y comprendí por qué en las funerarias pegan los párpados con Loctite).

Entonces, decía, abro el macuto. Escojo óptica y película. Lo más habitual es que recurra a un 20, o a un 28, para tomar un plano general. Nada de virguerías. Una toma descriptiva que me cubra las espaldas.

Hoy es de noche. Como un faro a destiempo alumbrando un naufragio, el flash va encadilando carrocerías descoyuntadas, inextricables guardabarros, zapatos de estampida... Lo de siempre. Como siempre, por el auricular del escáner que capta las frecuencias policiales sigo escuchando, a borbotones ásperos, urgencias y rutinas amalgamadas con un ruido de fritura de fondo.

Sólo con el segundo carrete (y no en cualquier circunstancia, tiene que ser una piña que merezca la pena el esfuerzo, el desgaste) dejo de ser un documentalista y me permito el lujo de cambiar de objetivo, jugar con el diafragma, buscar el equilibrio, la elegancia... ¿Por qué no? Un soplo de belleza.

Joder, la chica del Renault Clio me ha dado un susto de muerte cuando ha abierto los ojos, reaccionando a los destellos en su cara.

Me observa con estupor, mientras le hago un par de fotos más, una vertical y otra horizontal, para que no haya problemas de maquetación.

Una falta de delicadeza, pero ya está aquí la policía. Y, total, no hay forma de sacarla del coche hasta que lleguen los bomberos con la cizalla hidráulica.