Éramos cuatro los fijos en la tertulia de la bodega de la calle del Carmen, de pie, acodados en la barra, bebiendo tercios a gollete, después de la jornada laboral y si no había ningún marrón nocturno, o si el puñetero módem de 14 k no se atascaba enviando a Murcia las fotos de color para primera (cada una podía tardar más de media hora).

Los fijos: C. G., de la categoría de fotógrafos con Vespa, cuyo más insigne representante es el siciliano Franco Zecchin, el que hizo aquella foto de un ajusticiado por la mafia (el fiambre todavía calentito, tapado con una sábana, el paraguas también medio tapado, siendo velado en plena calle por tres mujeres de luto: su madre, su mujer, su cuñada). Fiuuuuu, a toda pastilla con la Vespa a revelar. ¡Y cuando reveló se dio cuenta de que en uno de los frames tenía el rostro de la viuda reflejado en el charco de sangre! ¡Eso es tener una flor en el culo! Un charco de sangre espeso como engrudo. En blanco y negro. Achocolatado. ¿No es un milagro? ¿Han probado a verse reflejados en un tazón de chocolate? Pues eso, un milagro.

J. M. R. (cómo mola poner las iniciales, como si fuéramos presuntos). De la categoría de fotógrafos cometarros, que tienen una opinión fundamentada sobre todo lo divino y humano, en esencia coincidente y a veces hasta clónica con la de los editorialistas de El País (la Biblia). Su punto de vista sobre la noticia del día (en especial cuando era política) terminaba impregnando las páginas del periódico del día siguiente gracias al lavado de cerebro inmisericorde del redactor que tuviese que escribirla. Una auténtica war of attrition que se desarrollaba en el coche particular, en el taxi de Blas, en los bares donde tapeábamos, en la propia delegación. Todos éramos más o menos de izquierdas, así que hacíamos la vista gorda.

El tercero en discordia era Pacoté. De la categoría de fotógrafos inseguros, en el más puro estilo Cristina García Rodero, esa ametralladora, esa dispensadora de codazos, esa despilfarradora de sales de plata. En cierta ocasión, Cristina se pasó por Cartagena en Semana Santa. Y alguien se lo tuvo que explicar muy clarito porque se metía en el plano de todos los que estábamos intentando tirarle (y acertarle) al San Juan californio, y que aquella noche teníamos que entregar a toda pastilla nuestras humildes fotos de paletos, mientras que ella se lo tomaba con calma, dale que te pego en mitad de todos los encuadres. Claro, sus fotos irían a una exposición que recorrería el mundo y las nuestras envolverían el pescado. Y le teníamos ojeriza. Y la admirábamos. Algunos nos poníamos babero para hablar de ella. Hasta que vimos aquella foto del camarero cruzando la calle Mayor en mitad de la procesión, frente al bar Mastia. Una foto que habíamos hecho todos como una docena de veces desde que empezamos a hacer semanas santas para la prensa de provincias. Expuesta en la sala de una caja de ahorros. Y se nos cayó el mito.

El cuarto era un servidor. Categoría de fotógrafos pierdefotos. Que empezó a llevar un cuaderno (todavía no era un Moleskine, sino un bloc de gusanillo, chiquito y cuadriculado) donde iba apuntando las fotografías que se le habían escapado. ¡Esa pérdida irreparable! Por llegar demasiado pronto. O un minuto tarde. Qué digo un minuto. ¡Un segundo!

También (aunque no era fijo), aparecía de vez en cuando M. G. (de la categoría de fotógrafos artistas, en el mejor y en el peor sentido de la palabra). Siempre ponderado en sus opiniones, mirando el lado técnico. Siempre con sus trípodes y sus fotómetros (a los de prensa nos entraba una pereza invencible la sola idea ponernos a desplegar las patas de un trípode, y lo de medir la luz, mejor corramos un tupido velo).

Finalmente, otro que se dejaba caer de uvas a peras era T. B., de la categoría de fotografos volaos, con su pinta de sietemesino, siempre hasta el culo. El azote de los policías locales, con los que se encaraba cada vez que tenía ocasión. Y a fe que había ocasiones a lo largo de la semana. Ellos se vengaban, multándole, a pesar de la acreditación. Era otro devoto del escáner (yo no era el único). Pero si yo he sido despiadado en ocasiones, él era Gengis Khan.

Temas de conversación. Fútbol, fotos, redactores gilipollas, fotos, redactoras buenorras, fotos, contratos esclavistas (si es que había contrato), fotos, cagadas de la prensa local, nacional e internacional, fotos, soliloquios políticos de J.M.R., fotos... Y Kevin Carter.

Kevin Carter. El de la niña y el buitre. Pulitzer o Word Press, ahora no recuerdo. Categoría de fotógrafos volaos. El tercero en el ránking de volaos después del hijo de Errol Flynn (Vietnam) y nuestro Miguel Gil, caído en Sierra Leona (aunque fuese cámara de televisión, esa subespecie que los cátaros de la instantánea despreciamos, pero estaba tan loco y era tan buena persona).

Sinopsis: Sudán, hambruna, negrita derrengada, buitre que está esperando a que se muera para zampársela, premio al canto y unos meses más tarde se suicida.

Reproducir ahora las discusiones que tuvimos a propòs de Kevin Carter no añadiría nada al debate moral que, a estas alturas, está más que trillado. Kevin hizo la foto y se piró, ahí te quedas bonita. Nuestras opiniones eran más o menos previsibles y se ajustan a los patrones que la opinión pública mundial ha ido tejiendo desde el 94 sobre el asunto.

Baste decir que el bueno de C. G. habría pasado de la foto y se habría llevado a la niña rápidamente a que recibiera asistencia médica, si hubiera podido a lomos de su Vespa colorá.

J. M. R. sí la hubiera hecho y luego se hubiera llevado a la niña al hospital, si es que había hospital. Y si es que la ayuda internacional era eficiente. Porque la falta de generosidad del primer mundo... En ese plan.

Pacoté también hubiera hecho la foto y luego habría buscado ayuda, pero habría tirado tantos carretes que seguramente la niña habría muerto mientras él buscaba el mejor ángulo para captar vete tú a saber qué.

Yo me callaba. No sé qué hubiera hecho. Suponía que había más niñas y más buitres. Hubiera hecho la foto, imagino. Le hubiera dado una patada al buitre. Pero si había cientos de buitres. Y cientos o miles de niñas... Aquello me sobrepasaba.

M. G. no tenía ese problema. Se limitaba a criticar la calidad técnica de la foto (paupérrima, en su opinión).

Sólo el juicio de T.B. podía aportar algo de luz. No en vano, el pertenecía a la misma categoría de fotógrafos, los volaos. Pero se limitaba a liarse un canuto y mandar a tomar por culo a los hipócritas que se rasgaban las vestiduras y criticaban a Carter.

En fin, creo recordar que llegamos a un par de acuerdos generales, de esos que todos compartimos porque no comprometen a nada.

Uno) Kevin Carter se suicidó porque tenía demasiados problemas personales. No por las críticas a la foto. Era algo que no podíamos explicar, pero que sabíamos por experiencia.

Dos) El fuera de campo. Qué muestras y, sobre todo, qué dejas de mostrar. Qué metes en la foto y de qué prescindes. Y no voy a hacer un ensayo sobre el tema desde que Brunneleschi inventara la televisión (reglas de la perspectiva lineal) allá por el siglo XIV o XV. Pero sospechábamos que en el fuera de campo de aquella foto había gato encerrado (otra vez la envidia profesional). O, sencillamente, la respuesta de un acertijo que se había convertido en obsesión.

Fue un verano. Y ahora que recuerdo no fue en la bodega, sino en el chiringuito de La Mar de Músicas, en el parque Torres. Hacíamos fotos de la actuación, volvíamos a la delegación para mandarlas. Y otra vez regresábamos por la cuesta del Teatro Romano. Echando el bofe. No por la música, sino por pimplar hasta las tantas donde los mojitos y las caipirinhas (por el morro, por supuesto, porque a la prensa hay que cuidarla).

Y en eso estábamos. Habíamos conocido a un fotógrafo inglés invitado por el festival. Un tío que había trabajado en Reuters y que ahora iba por libre. Que exponía sus fotos en el Centro Cultural Ramón Alonso Luzzy. Y que no se las daba de divo. Nos cayó bien a primera vista. Nadie dominaba la lengua de Shakespeare hasta el punto de que una conversación alcanzase cierta hondura, pero el tío se hacía entender chapurreando un español con acento centroamericano que ya decía mucho de lo que había viajado. Fue por casualidad, sin alardes por su parte ni inquisiciones por la nuestra, que descubrimos que el inglés pertenecía a una categoría de fotógrafos a la que no estábamos acostumbrados por estos lares.

War photographer.

Por supuesto, lo acaparamos. Y bebimos caipirinha. Y luego cubatas antárticos en casa de Pacoté, con cubitos de iceberg que nos traía el cabo Roberto cada vez que volvía del Polo Sur a bordo del Hespérides: hielo azul que tarda una eternidad en derretirse, frizzante... ffffffffffffff... soltando burbujitas de aire de un millón de años de antigüedad.

Por aquella época, el único que podía presumir de haber sido (durante una excedencia no remunerada) algo parecido a un corresponsal de guerra era C. G., el de la Vespa. Había estado en Nicaragua cuando la revolución sandinista. Pero le habían perdido las maletas nada más llegar, con la ropa y las cámaras. Se compró una camisa hawaiana y unas bermudas. Alguien le vendió una compacta normal y corriente, casi de juguete. De ésas de peli de 100 ASA de las que te regalaban cuando hacías la primera comunión. Y estuvo allí, montando a caballo, tirándole los tejos a Susan Meiselas, haciendo guardias en la jungla, retratando a aquellas adolescentes medio indias con su kalashnikov al hombro y disparando a los somocistas con una Kodak Instamatic que era para morirse de vergüenza.

Los demás habíamos estado todos en los campamentos saharauis de Argelia (una iniciación obligatoria), pero aquello no contaba. Bosnia contaba menos aún. Fuimos T.B. (el volao) y yo. Invitados por el Ministerio de Defensa y la Delegación del Gobierno. El recorrido turístico habitual: Split (Croacia), Mostar, Medjugorje... Buscando cascos azules murcianos y presumiendo de chaleco antibalas. Una semanita en el infierno, pero lejos de los tiros. A mí me daba vergüenza hablar de ello. T.B. montó un par de exposiciones. La mitad eran fotos hechas desde el BMR en marcha.

Y entonces resultó que el war photographer no era inglés, aunque hablase inglés, ni americano. Y tampoco era irlandés, a pesar de que ya estaba con un pedal muy cantarín. ¡Era sudafricano! Los estertores del apartheid estaban recientitos. Pero a nosotros el apartheid (excepto a J.M.R.) nos la traía floja. Queríamos saber de Kevin Carter. Este tío era sudafricano, así que debía conocerlo. No tenía mucho sentido. Pero si tú eres español y vas por el mundo, más temprano que tarde te preguntarán qué tal persona es Raúl, el futbolista, en la intimidad. Por la misma regla de tres, este tío debía conocer a Kevin Carter. Con suerte era del Bang Bang Club y todo.

Pues no era del Bang Bang Club. Pero había conocido a Kevin Carter. Sí, el bueno de Kevin, que una vez se olvidó los carretes en un aeropuerto, después de meses de trabajo en territorio comanche. Era muy despistado. (Y el fotógrafo hacía con los dedos el signo universal del fumeteo).

Lo que nos contó.

Uno) Kevin estaba hecho polvo por la foto, sí, pero no precisamente por las críticas. O no sólo por las críticas. Estuvo como media hora esperando a que el buitre de los cojones abriese las alas. Que, a su modo de ver, era la foto impactante, dramática. Pero el buitre era más bien de lento metabolismo. Aletargado. Paciente. Cansino. Kevin se desesperó y se largó a fumarse un peta (es un suponer) jodidísimo porque el buitre parecía un pollo. Un pollo que se encogía de hombros, por así decirlo. Y no tenía pinta suficientemente amenazadora. Y la foto perdía mucho (lo cual es discutible).

Dos) El fuera de campo. ¿Qué coño había recortado Kevin? ¿Qué es lo que no había mostrado? Y aquí tengo que recurrir al spanglish para hacer justicia a la explicación que nos dio el menda.

Era un feed center. ¿Ustedes vieron, señores, un fid senter alguna ves? Cómo es en español. ¿Centro de alimentasión? ¿Sí? Llegan mujeres, niños, muchos mujeres, muchos niños, kilometros y kilometros, very tired, very hungry, very ill. Feed center. Comen papillitas, beben leche en polvos, that shit sent by Oxfam and Relief International, you know?

We know, we know.

Luego cagar. Cagar mucho. Cagar liquid. Diarrhea. Tiarria.

Diarrea, les entra la cagalera...

Sí. Cagalera. There are letrinas. Pero not enough. Todo es full de niños con cagalara. Y de buitres que comen shit.

Mierda.

¡Mierda! Yeah, but not very processed, no digestionada, you know, cereals, powder milk, very nutritious, almost raw. Not so ugly, at least for a vulture. I've taken that picture. Esa foto. Mil veces. Muchos niños. Muchos buitres. Kevin took one girl, one vulture. It was so obvious. But nobody did before him. He had a good eye. An eye that told a story. That girl was dying after all, in a broad sense, but at that moment, at that very moment, she was with...

Cagalera.

Yeah. ¡Cagalera!

Y nos tomamos la penúltima por Kevin y por su buen ojo. Y por la niña que el buitre aquel no se zampó, pero que murió de todas formas. Y por el buitre que no quiso abrir las alas. El muy gandul. En cuanto a la tertulia de fotógrafos en la bodega, se fue a tomar por saco. Unos se casaron, otros se perdieron, otro puso una tienda, uno se murió... La vida.