Hotel Reina Cristina
el 26 jul En: Postales - 3 comentarios
Las fantásticas reverberaciones de ese nombre: Compañía Ballenera del Sur de España. Me pueden las palabras, en especial las polisílabas: los chicozapotes de María. Morgan Freeman y Tim Robbins en la playa de ¡Zihuatanejo!
Qué decepción. He engañado a la mutua (todavía estoy cobrando la baja) para esto. He conducido seis horas para esto. Toda la mañana buscando por los alrededores del faro de Punta Carnero para esto. Una triste factoría en ruinas. Pero ruinas ruinosas. No sé cómo explicarlo. Una piltrafa de ruinas.
Llamo a la jefa de edición gráfica. Ese paño de lágrimas. La pongo verde. Como si ella tuviera culpa de algo. Me dice que no me queje tanto, que total, era un paseo. ¿Pero has visto el mapa? ¿Sabes la distancia que hay entre Cartagena y Algeciras? Chico, a mí qué me cuentas. Haberte ido en avión. Si es que vives en el culo del mundo. Y cualquiera le explica que la secretaria de redacción estuvo media hora haciendo cábalas: taxi hasta Alicante, volar a Madrid, AVE a Sevilla, o quizá avión a Jerez, ¿qué será mejor?, y allí alquilas un coche, y... Déjalo, Rufi. Ya os pasaré el kilometraje.
Y los preparativos. ¡Mis preparativos! Me refiero a los espirituales. Porque la foto, bueno, la foto es lo que es, y desgraciadamente no hay más cera que la que arde. Pero, a estas alturas del partido yo necesito sacar algo de cualquier encargo. Enriquecerme. Y no precisamente en euros. Y me preparo. Me habían vendido la moto (con esa urgente ambigüedad que se gastan en las revistas) de una vaina sobre arqueología industrial. Y sí, algo de ruinas. Pero yo me esperaba otra clase de ruinas. ¿Qué me esperaba? No sé. Ruinas que diesen bien en el visor. O quizá rehabilitadas. Así que me agencié en la biblioteca las Memorias de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, experto en ruinas. Y salí a las cuatro de la madrugada, embelesado por un nombre: Compañía Ballenera del Sur de España.
Y esto es lo que hay. La mala hostia. Y la santa indignación. Y la llamada a la revista.
—Oye, explícame de qué va esto. En el correo electrónico ponía no se qué de un reportaje histórico, arqueología industrial, ruinas, pero yo me imaginaba ruinas bonitas. Ya me entiendes.
—No, no te entiendo. Acabamos de empezar a montarlo. Yo tengo encima de la mesa un montón de fotos antiguas, en sepia. Ballenas. Pero ballenas pequeñitas. Y barriles enormes. Pero ni un solo tío con arpón. Qué desastre.
—Mierda. Tenía que haber cogido a Melville.
—¿Qué?
—No, nada. Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer?
—Pues lo de siempre. Buscarte la vida. Algo potable para vuelta de la doble de apertura. Facilito. Ni siquiera tienes que abrir. Abrimos en blanco y negro con una pobre ballena a la que le falta un cacho de barriga. Si ves que no da, no te preocupes. Tú manda lo que tengas y ya montamos aquí algo en plan collage. Son cuatro historias: mejillones en Galicia, acero en Barakaldo, minas de plata no sé dónde. Solo falta lo tuyo. Pasado, presente.
—Pero aquí no hay presente.
—Y a mí qué me dices. Eso es cosa de redacción. Ya sabes las películas que se montan.
—Okapa. Oye, una pregunta. Esto es zona de F., que vive en La Línea. ¿Por qué no lo habéis llamado a él?
—Le llamamos, pero ya lo conoces. On assignment...
Vaya. El bueno de F. Un tío que sigue fiel a las diapositivas cuando los semanarios se han pasado en estampida a digital e incluso publican fotos de móvil que no pesan ni 200 k. Diapos. Exposiciones críticas. F., capaz de medirle la luz incidente en el careto a un marine en plena toma de Najaf. Con toda la pachorra del mundo. Tengo que llamarlo.
—¿Está en Líbano?
—No sé, donde los tiros. ¿Cómo vas de tus fiebrecitas?
—Ahí voy.
—Pues no le echas morro ni nada...
—Ya, bueno... Pues yo aquí me la voy a jugar a dos horas de luz por la tarde. Hazme el favor de decirle a Rufi que me coja un hotel decente, que voy a estar molido.
—Oye, oye... No te empanes. Estos cierres de verano son demenciales. Tira una tarjeta en raw y mándala por mensajero hoy mismo. Ni toques las fotos. Ya nos apañamos nosotros.
—Ya, como el sanatorio aquel de los tuberculosos. O las baterías de costa. Ni lo sueñes. ¡El sol perpendicular! Ni una sombra, ni un volumen. Vengo esta tarde. Envío mañana.
—Pues vamos a tener que pintar la página a ciegas, así que esmérate.
—Yo también te quiero.
Y ahora no sé qué hacer. Conduzco un rato. Miro el horizonte. África. Disparo al Djebel Musa como el señorito de Los Santos Inocentes le dispara a la milana bonita, porque estoy jodido, porque tengo hambre, porque toda la mañana...
Almuerzo en Tarifa. Había pensado tirarle a los surferos. Por calentar el ojo, que lo tengo oxidado. Pero ahora no tengo ganas. Me echo la siesta en el coche. Llama Rufi. Hotel Reina Cristina. No había otro, me dice, como si se estuviera disculpando.
A las siete de la tarde estoy donde las ruinas. Trabajo hasta que se hace de noche. Al final exposiciones larguísimas, de dos minutos con trípode, aprovechando una rajita de luna y las farolas de una urbanización en la sierra. En una de éstas se me acerca un perro. Un perro sin dueño. Corrijo, un perrazo. Blancuzco y más grande que mi Goran, que pesa cuarenta kilos. Intento leer sus intenciones. Busco piedras en el suelo, pero no veo ninguna cerca. Por lo menos no gruñe. Si empieza a correr hacia mí, me haré el loco (gritos, aspavientos, convulsiones, en plan crisis epiléptica), porque he leído que a los perros las reacciones estrambóticas les hacen dudar. Se quedan fascinados.
El perrazo llega hasta mí y se pone patas arriba. Le acaricio la barriga. Luego se va por donde había venido. No veo a nadie. Tengo la impresión de que ese perro me ha bendecido. Que era un ángel perruno salido de la nada o algo por el estilo. Un mensajero. Vale. Es una gilipollez. Olvidémoslo. Se acabó por hoy.
El hotel, slightly victorian... In the best and in the worst sense. No está mal el jardín. Ceno un sandwich mixto y una cerveza. Me tomo un vodka con naranja (se supone que no debo). Subo a la habitación.
Tengo unas décimas de fiebre. Intento meter en la neverita la botella de agua de litro y medio que llevaba en el coche, pero no cabe. Tomo las pastillas. Llamo a casa. Goran ha vomitado. Pero ni rastro de la pelota, que debe seguir en el estómago. Desde que se la tragó, mi mujer desmenuza las cacotas con un palo. Sin suerte. Mi hijo, 13 años, ha aprovechado que mi ordenador está libre para jugar todo el santo día al Age of Empires (ésa es la tapadera) y, como si no lo conociera, para entrar en guarras.com a saco. Tendré que pasar el antivirus. La última vez que me cogió el ordenador había como 600 spywares. El Panda echaba humo.
Me acuesto y leo a Speer. Subrayo el capítulo V. Megalomanía edificatoria. Página 102. Teoría del valor como ruina. (Ya sé que es una falta de civismo subrayar los libros de la biblioteca. Pero me dan pena los libros que no están subrayados, glosados, manoseados). Cierro el libro. Ahora que me doy cuenta, huelo a tigre. Me meto en la ducha. Divago. Me seco. Me vuelvo a acostar.
En la ducha se me han ocurrido un par de tonterías, reflexiones concéntricas, apenas insinuadas, que no soy capaz de desarrollar (ni sé a dónde me llevarán) como no las anote. Y rápido. Abro mi Moleskine (cuánto tiempo) y le doy hilo a la cometa:
Albert Speer no utilizaba acero pretensado para entablillar sus edificios, sólo cemento y matemáticas. Mole abrumada y muscular que en pie no resistiría bombardeos, a pesar del tonelaje faraónico, sino que se derrumbaría invertebradamente (las líneas de fractura descaradas, dibujaditas en los planos). Y se acumularía en escombros (vocacionales, voluntarios) de inane eternidad, propaganda del Tercer Reich cuando, a la vuelta de mil años, el Tercer Reich sucumbiera.
Nota 1. Si hemos de creer a Salvador Dalí, Hitler desató una guerra mundial sólo por el placer masoquista de perderla y enterrarse bajo las ruinas de un un imperio.
Nota 2. Repasar mis notas de la isla de Rügen, donde el hotel nazi a orillas del Báltico. Un mazacote feísimo. Grande hasta la enormidad, pero sin grandeza.
Nota 3. Ruinas. ¿Por qué nos atraen? Yo debería saberlo, vivo en una ciudad donde das un pisotón en el suelo y aparecen unas termas romanas.
Nota 4.
No hay nota cuatro. Me entra sueño. Duermo. De madrugada me da frío, a pesar de que tengo el aire acondicionado a 27º. No me basta con el cobertor. Busco una manta. Encuentro un par de ellas en lo más alto del armario. Apestan a humedad. Cojo una.
Desayuno en el bufé del hotel. Café aguado. Y, lo siento, pero yo no soy partidario de los scrambled eggs, más que nada porque tengo el colesterol a 2.60. Cojo un par de manzanas para el viaje. Recojo los bártulos. Cuando salgo de casa, todo entra perfectamente en bolsas y macutos. Cuando vuelvo, no. Y el libro de Speer (es un libraco de 900 páginas) no entra en la única mochila que me he llevado. (La hizo mi mujer, le dije que una sola muda, pero no me hizo caso, es previsora y no suele hacerme caso).
Dejo la tarjeta con las fotos en recepción, dentro de un sobre. Para el mensajero. Charlo con el recepcionista. Un tipo de unos 25-30 años (no soy bueno calculando edades), serio para ser andaluz, muy atildado, de esos que dicen checkout como si les doliera una muela.
Cuando ve el libro de Speer, le cambia la cara. Me explica que en este hotel se alojaban los espías alemanes durante la II Guerra Mundial. Y que utilizaban los aseos de las habitaciones como cuarto oscuro para revelar las películas microfilmadas que sacaban de matute de Gibraltar. Vaya, parece interesante. Resulta que es un tío majo. Licenciado en Historia, haciendo el doctorado. Está recopilando información para su tesis. No se qué de la Abwehr y del KO Spanien. Curra para pagarse sus investigaciones. Ahora está investigando. Quiero decir: aquí y ahora.
—Aquí, aquí mismo, presenté el curriculum a este hotel para poder trabajar e investigar. No soy de los que pierden el tiempo.
Charlamos un minuto más. Pero llegan otros viajeros. Me piro. Ya no me parece tan majo. Los iluminados me dan un poco de grima. Quizá porque no me gusta verme en un espejo.
Voy caminando hacia el coche. Y de repente el recepcionista sale corriendo detrás mía. Y estoy a punto de maldecir a Rufi, pues se supone que el hotel estaba pagado. Pero no es la factura.
Me deja una tarjeta con su email. Y entonces, con la sonrisa victoriosa del que ha descubierto algo importante, Schliemann las ruinas de Troya como mínimo, me explica que en la habitación donde he dormido, precisamente en ella, y entre 1940 y 1943, se alojaron varias veces los perritos —dos tekkel muy vivos, muy simpáticos— del almirante Canaris. No hay confirmación documental, pero pondría la mano sobre el fuego.
No sé qué decir. No digo nada. Me desea buen viaje y vuelve a recepción. Tengo seis horas de carretera por delante. Con suerte, llegaré para sacar a Goran de paseo.


laluz, veo que la vuelta al curro te está sentando de maravilla (es bromaaaa). Qué haces currando cuando puedes estar de baja, eso es un sacrilegio, y va en contra de los principios morales de las personas decentes, Laluz. Trabajar no es bueno, como dice mi gran amiga Susana, el hombre es la especie que más tiempo dedica a ganarse el sustento. Mira los leones, todo el día durmiendo, cazan algo, y a vivir. Deberíamos aprender de la naturaleza ¿no?. Bueno, es difícil de imaginar una vida sin currar, pero en tu caso, la vocación te puede, te puede, y te lleva a lugares recónditos ruinosos, y a hoteles con nombre rimbombantes.
Qué es eso de que estás desganado?. Aquí tienes una lectora incondicional que te lee, y necesita la dosis literaria de los terneros bicéfalos. Algún día te leeré en papel? (y pongo sonrisa de sabionda resabida...) yo creo que sí...
Un beso, descansa y mis mejores deseos para Goran. Mantenos informados. Y ánimo, mucho ánimo chico.
quien fuera león, mery (y encima creo que son las hembras las que cazan). joer, qué vida.
la verdad es que estaba hasta los mismísimos de no dar palo al agua. me como mucho el tarro si tengo horas, días, semanas por delante.
en cuanto a la desgana bloguera desde que se fue mi maite, compréndeme, me encanta tenerte de lectora, pero eres tan joven... como te encargaste en cierta ocasión de restregarme, soy rencoroso, ;)... y tienes tantos admiradores, y soy tan poco competitivo, que más que ganas de escribir, lo que siento son unas ganas enormes de fingir un esguince y pirarme al vestuario cojeando. y allí leerte como un monje devoto (y encima ahora, con tu amiga silvia saliendo del armario, la cosa se ha puesto al rojo vivo, francamente).
con mi maite, todo es más... tranqui... si me sale, me sale; y si no... pues nada; y no existe, por mi parte, ese afán de gallo que infla el pecho y lanza el co-co-ri-co más floreado. (además, maite es femenina y a mí lo que me ponen son las infantes de marina rapadas al 1). por tanto, no hay desazón. sólo nirvana. un nirvana templadito.
con maite es la comunión de los espíritus, contigo es... otra cosa.
laluz seguirá yendo por las noches a tu blog. te seguirá dando besitos (en la frente, castamente).
castamente.
me dejas que te dé otro besito (casto).
errrrr....
otro?
madre mía, ya estoy sudando y con taquicardia, ves, maría, como no puede ser...
jo, qué rencoroso... ¿qué es la juventud, Laluz? ¿qué es ser joven?
de tu comentario, quiero pasar por alto la parte de los sudores, etc (mira que eres exagerado). Laluz, no busco gallos que se hinchen, de verdad, me gusta la gente natural y espontánea, y creo que tú lo eres, al menos ésa es la sensación que me llega. Y disfrutar, Laluz, conociendo y profundizando en la gente, poco a poco, sin prisas, ni velos, bucear en los recovecos y en las cuevas que a veces ni sabemos que tenemos. Otros pueden verlas antes que uno mismo... y advertirte con señales, entre líneas. Eso es maravilloso.
Ya verás como te vas animando, pero no te sientas forzado a comentar si no te sale. A mi me gusta leerte, y zambullirme en ese mundo que sabes reflejar.
sólo te diré que lo del marine no lo entiendo, me ha llegado al alma. Si te ponen las chicas duras rapadas, me alegro de no ser así... ¿qué es la femineidad? ¿se dice así? jaja. Es tan relativo, tan subjetivo... Igual que este medio, subjetivo y muy dado a dejar volar la mente, como quien suelta un globo.
Yo disfruto por aquí, laluz, leyéndote, sin ánimo de nada. No sudes por favor. Aquí somos anónimos, y nadie nos fuerza a hacer cumplidos. A mí no me gustaron nunca los cumplidos, o eso creo.
Un besito, de esos castos, de los nuestros.