Es un meón. Eso ante todo. Thanks God no orina en casa, pero es sacarlo por el descampado y comenzar una gozosa y agotadora peregrinación pluviométrica. No perdona un árbol, un arbusto, un manojo de tomillo, una piedra interesante, una rueda improcedente y desinflada. Escancia y escancia. Marca el territorio. Olfatea, reconoce, se indigna con los usurpadores, tercos, ¡no aprenden! Pone cara de justiciero perruno, levanta la pata y... pumba. Chorrito. Que se enteren. Es su imperio. I rule! Así, durante kilómetros. Una vejiga inagotable. Al final del paseo el caudal ha disminuido hasta límites alarmantes, hasta la pura deshidratación. Pero administra con tino, con avaricia. Y cuando crees que ya está seco, que es fisiológicamente irrealizable. Levanta la pata, aprieta el morro... Piensas que no va a salir nada. Expectación. Redoble de tambores. Y pumba. ¡Milagro! ¡Una gota! Una gota perfectamente identificable. La gota de Goran. El zar. El emperador del descampado. El puto amo.

Goran, Gorito, Goricho. Ladrador que no intimida (si levantara esas orejas como alas de murciélago, pero ya hemos perdido la esperanza). Esas orejas... Tienen dos posiciones: posición sauce llorón, la habitual, y posición alas de Concorde, cuando huye supersónico después de haber hecho alguna perrería. Tormento de felinos, enamorado hasta las cachas de la rotweiller de un vecino que duplica su peso (es terrible imaginar que alguna vez, en un descuido, pague su amor en las fauces de esa mantis religiosa). Cariñoso con nuestros amigos, que dejan de ser extraños en el mismo instante en el que cruzan el umbral. Con una boca como un buzón, donde caben simultáneamente, que yo lo vi, una rama de avellano, un limón podrido y un ciempiés aterrorizado, botín peripatético de este chucho mestizo y sin raza, como debe ser. Can global. Gos catalán. Adoptado en la perrera de Mataró, donde me liaron después de un reportaje.

Goran, alias Anatolio, pues le da un aire, en dimensiones más modestas, al pastor de Anatolia, ese exótico y más bien voluminoso perro del altiplano turco. Catador de calcetines, bragas, calzoncillos, pinkis y toda suerte de ropa interior, de preferencia recién utilizada, la embriaguez de esos aromas... Gorito, que cuando no está para nadie succiona un chupete de peluche (y mira que ya no tiene edad). Que se pasa las mañanas debajo de mi escritorio, tumbado a mis pies. Engandulado. Mañana tras mañana. Lamiendo el dedo gordo de mi pie cuando se aburre. Que duerme en el dormitorio conyugal, paraíso del que solo es expulsado cuando sus dueños hacen legítimo uso del único sacramento divertido. Sacramento que ameniza con una serenata de aullidos lastimeros. Goran, que no ha sido castrado, como proponía su dueña, porque su dueño se ha convertido en un acérrimo y sorprendente defensor de los cataplines de las mascotas.

Goricho. Que no se come el pienso si no se lo mezclo con atún. Que una vez le compré un fémur de buey del tamaño de un fémur de buey, sólo por verlo mover el rabo como un sismógrafo en pleno terremoto. Yo, que nunca he sido amante de los animales (lo justo, vamos), como lo son mi hermana Cris o mi mujer. Goran, que está perpetuamente pelechando. Y el suelo, por mucho que se barra, es un cancha de césped color canela. Goran, mendigo profesional en desayunos, comidas y cenas. Capaz de cazar una galleta al vuelo desde distancias respetables, la boca como un cepo muy certero. En fin, Goricho. Mi Goricho. Que por la noche se acuesta solo cuando me acuesto. Y que tiene la costumbre de levantarse siempre cinco minutos antes que yo. Da igual a la hora que esté puesto el despertador. Pues estamos sin-cro-ni-za-dos. Goran, que cuando llueve huele a perro mojado. Y cada 21 días es bañado por mi mujer en la bañera de la casa. Con mucha espuma y gran resignación por su parte.

Goran, que cuando nos vamos de casa y lo dejamos solo, ni come, ni bebe. Que se deja engañar con una galleta cuando tienes que marcharte y no puedes llevártelo. El viejo truco: galletita lanzada en dirección a la cocina y el perro que duda, que te mira salir por la puerta, que sabe que lo engañas, pero es un perro y no puede evitar, ¡no puede evitar!, elegir la galleta. Goran, que estaba jugando con una pelota y le di una rodaja de mortadela. Y se tragó ambas. Agradecido.

Mañana viernes, a las dos de la tarde, entra en quirófano.