El mensaje me lo envió Santa. Por la intranet del periódico. Lo recibí una tarde en el ordenador (compartido) de los fotógrafos mientras escaneaba. Lo leí y lo guardé en mi porción de disco duro, bajo siete llaves. Lo volví a leer por la noche, aprovechando que todos los gráficos se habían marchado ya.

Hay personas que desde siempre, desde el mismo momento en que nacen, están abocadas a un destino peculiar. Por tranquila que fuera su infancia, por acertada que haya sido su juventud y hasta normal que sea su existencia, llegan a un momento de la vida que se convierte en punto de inflexión sin retorno. Entonces, como si se quitaran el caparazón o rompieran la seda del capullo que las envolvía, dejan atrás el gusano que fueron y con las alas de crisálida vuelan hacia la libertad.

El primer párrafo no me decía nada. Era desconcertante. Lo releí y aquello del punto de inflexión sin retorno me causó cierta inquietud.

El ámbito de la libertad no siempre es conocido por la crisálida, ni por esa persona de destino trazado de antemano; en ese desconocimiento radica precisamente la peculiaridad, tal vez la grandeza. Se lanza a un mundo desconocido, sin paracaídas y con una venda en los ojos, pero con la profunda e inamovible convicción de que está haciendo por primera vez en su vida lo que tiene que hacer, como si se diera cuenta de que éste es el único objetivo de su existencia.

El segundo párrafo seguía sin aclarar nada. Desde mi pecera le eché un vistazo a la redacción. En el equipo de local sólo quedaban el Buitre, encajando las llamadas de primera. Y Santa, fumando y hablando por teléfono. De vez en cuando, lanzaba una miradita disimulada hacia la pecera.

En general, ante un hecho como éste las personas de su entorno no se atreven a descorazonar a la crisálida, ni se les ocurre augurarle un futuro de miseria, de inseguridad o de muerte, lo que por otra parte no serviría de nada. Se limitan a contemplar cómo vuela y vuela la crisálida hacia un paraíso que lleva dentro de sí misma, y que a partir de este primer vuelo, esté donde esté y haga lo que haga, será el único escenario, el único paisaje de su vida.

Definitivamente, no entendía nada. Me fijé en Santa, que había dejado de hablar por teléfono y tecleaba en su ordenador. Llevábamos con este estúpido juego de espionaje en la distancia varias semanas. Recogí mis cosas. Estaba a punto de apagar el Mac cuando recibí otro mensaje por la intranet. Lo abrí:

No sé por qué cuando leí esto pensé en ti. A lo mejor no tiene nada que ver contigo. A lo mejor solo pensé en ti porque pienso demasiado en ti.

Alcé la vista, pero Santa no estaba en su ordenador. Había recogido sus cosas. Volví a guardar bajo siete llaves los mensajes y me fui volando escaleras abajo hacia el aparcamiento. La alcancé mientras abría la puerta de su coche.

Santa y yo compartimos un terremoto (el de Mula, un temblorcillo de 5 grados y pico en la escala de Richter, sin víctimas mortales; una mierda de seísmo en comparación con los que asolaron aquel año Turquía, Taiwan o Colombia, devastadores). Santa escribió muchos artículos sobre aquel terremoto. Relatos de los afectados, entrevistas con científicos, indemnizaciones... Yo solía hacer las fotos. Era nuestro terremoto. Legítimos propietarios desde febrero hasta octubre, cuando Santa lo dio por oficialmente concluido en la página 8 del periódico y a cuatro columnas, después de más de 300 réplicas. Se había convertido en toda una experta en catástrofes naturales. Catástrofes teóricas. Potenciales. Y estaba hasta el gorro.

Ya no importa. Si importara, no creo que pudiese escribir sobre ello. Pero casi acabó conmigo. De hecho, no estoy seguro de que no haya acabado conmigo. En cuanto a la cita, he rastreado al autor y no he podido encontrarlo. Me suena a Herman Hesse. O a libro de autoayuda. A ella no se me ocurrió preguntarle. Y ahora es tarde. Quizá fue todo un malentendido. Los dos salimos de aquello con las heridas justas. Los tres, más bien. Porque había tercera parte. Víctima colateral.

He dicho que no importa. Sin embargo, no pasa un día desde entonces sin acordarme de ella. Y de aquel terremoto incruento y modesto. "Pudo ser una catástrofe", tituló el decano de la prensa regional.