Cuando le pedí las llaves sondeó mi determinación con un interrogatorio suspicaz, e insistió preocupada hasta que le concedí un par de días "para pasar el plumero y llenar el frigorífico", que al final fueron seis.

Me vino bien, porque la casa de la playa necesitaba una limpieza a fondo, varias reparaciones –el calentador de agua, persianas descolgadas, los arduos borborigmos de la grifería– y un sinfín de ajustes menores, compra de sábanas y menaje variopinto, pero también (mi madre es de temer huroneando las ofertas) palitos de incienso, licuadora y, en previsión de la improbable visita de su nieto, unos patines en línea y una tienda de campaña, tipo iglú, que montó ella misma a la sombra de la morera. Llenó la nevera de víveres suficientes para sobrevivir a un cataclismo y dejó una nota sujeta con un imán:

Come bien y de momento no pienses, ni sientas, ni padezcas. No es imprescindible que respires. Anda por la orilla, desanda tus lecturas, escucha a Bach, deplora la epidemia que aniquiló a los clavicordios (quién iba a temer que esa tos de hojalata, que un catarro vulgar contagiado por aquel relamido pianoforte). Toma el Lexatín, el Orfidal y el Haloperidol a tus horas. Y conecta el móvil de vez en cuando. Amén.

Apilé queso en porciones y salchichas para hacer sitio a los carretes y mantuve la puerta del refrigerador abierta hasta que se formaron gotitas, absorto ante el horizonte de salami y los moai de yogur, sacudido por las epifanías, prosternado ante la inminencia de la aurora boreal.