Le compro un cucurucho de mantecado y le obligo a ponerse el cinturón. Mi hijo obedece a regañadientes en el asiento trasero, sobre la toalla de playa que he puesto para proteger la tapicería de los churretones de helado. Reconozco que por lo general no soy tan cuidadoso, pero hay que ver a mi hijo comerse un helado...

"Vamos a visitar el infierno", le prevengo. "El infierno de Dante. Abre bien los ojos". Y los abre como platos.

Prostitutas senegalesas, con mochilitas a la espalda, charlan sentadas en la parada de autobús de Santa Lucía, junto al puerto Piojo. Grises barcos de guerra en el muelle de la Curra. El faro verde. El faro rojo, donde algunas veces hemos ido a pescar con lombriz y masilla.

El primer túnel. Bruma. El segundo túnel. Las ratas que corretean por el asfalto parecen levitar. Abro la ventanilla y saco la cabeza. Grito con todas mis fuerzas. El grito retumba en el túnel. "Puedes gritar, puedes sacar la cabeza por la ventanilla y gritar". Mi hijo obedece. Baja la ventanilla. Ensaya un grito raquítico, cohibido. "Más fuerte, hombre". Grita de nuevo. No alcanza la categoría de alarido, pero es un buen intento.

Las nuevas farolas iluminan tanto Cala Cortina que las parejas solo pueden escuchar música, besarse y meterse mano, pero vestidas. Para pasar a mayores hay que aparcar junto a la batería de costa C-5.

Un resplandor intenso, azafranado, ilumina el monte San Julián y la altísima chimenea de Peñarroya. "Prepárate", le digo. Y mi hijo se prepara para algo, no sabe para qué.

A la salida del tercer túnel la antorcha del puerto de Escombreras lanza lenguas de fuego de más de cuatro metros, pues están quemando sulfídrico y otros gases residuales, tóxicos. Una pareja de enamorados ha parado el coche en el arcén y contempla el espectáculo.

"Son las puertas del infierno". Mi hijo ya no come helado. El mantecado se derrite en su mano, mancha su cara, gotea sobre la toalla.

El complejo petroquímico parece una ciudad espacial. Los gasoductos como sondas y goteros conectados a un paisaje enfermo. Seguimos hasta la central térmica y mi hijo me pide que le cuente de nuevo la historia de aquella cigüeña que cayó por la segunda chimenea y que tenía una de sus patas anilladas (Radolezell, Germania). Se la cuento, adornándola, mientras llegamos al poblado de Repsol, donde sólo viven tres familias, pues fue evacuado a cámara lenta desde el incendio de la refinería en 1969 (me encantan las sosegadísimas urgencias de esta tierra).

Le enseño el cine arruinado. La piscina vacía con el trampolín desde el que me lancé para impresionar a la chica del bañador negro (fue el barrigazo más doloroso de mi vida), las vías del tren donde sólo circulan larguísimos convoyes de vagones cisterna, los depósitos gigantescos de butano y propano, el campo de fútbol de Repesa plagado de ortigas, con la chimenea de Ecocarburantes justo detrás de una de las porterías.

Llegamos por fin.

"Papá, es una iglesia".
"Ya no lo es. La han desacralizado".
"¿Que qué?"
"No te preocupes, no hace falta que bajes del coche. Tú espérame. No tardaré ni cinco minutos".
"No, yo no me quedo solo".
"Pues venga".

Bajo con la Hasselblad, el trípode y una linterna. Mi hijo no se separa de mí ni diez centímetros. Le damos la vuelta a la iglesia hasta encontrar la puerta de la sacristía. Está entornada (como lo estaba esta mañana). Vacilo un momento, pero no es cuestión de rajarse con un niño de ocho años a tu lado, así que empujo la puerta y entramos.