El crío contempla boquiabierto la fortificación modernista de la batería de costa abandonada, tan semejante a cómo deben ser los castillos medievales en la imaginación de un niño: una estampa de relatos artúricos ilustrados por Disney, nada que ver con las enjutas osamentas castellanas. Un Exin Castillos tamaño Parque Jurásico.

Cuando descubre en el promontorio los dos cañones Vickers de 19 metros de fuste — “¡papá, papá!”— su cara refleja un asombro tan puro (mi estupefacto Robin Hood al que le cambian el bosque de Sherwood por las trincheras de El Marne) que siento la tentación de hacerle un retrato.

Lo encuadro en el visor, pero desisto.

No debo tener más de ocho o nueve carretes suyos, insuficientes para reunir un álbum. Su madre aún me lo reprocha. Ella nunca lo entendió. ¿Cómo va a comprender que un fotógrafo de prensa no le haga fotos a su hijo, salvo las inevitables de los cumpleaños y fiestas señaladas?

Tampoco yo supe, ni sé cómo explicarle que quiero preservarlo de la voracidad de las lentes, de la bidimensionalidad terrible.

Al este de cabo Tiñoso se distinguen las jaulas de engorde de atún rojo , donde peces de 400 kilos son fusilados con escopetas plateadas. En ocasiones (hoy no), la brisa acerca disparos espaciados y el chapoteo frenético de aletas de atunes y de buzos.

Hacia poniente se extienden miles de hectáreas de invernaderos. Una estepa de plástico. Abejorros de laboratorio que polinizan tomateras. Los astronautas pueden ver un lechoso parche espejeante desde la órbita de la estación espacial.

Al sur, Argelia. A 150 kilómetros en línea recta.

Encuadro el horizonte, un fragmento brumoso aplastado por el teleobjetivo (un pepino de 600 mm que le compré de segunda mano a un paparazzi arrepentido para acabar haciendo partidos de fútbol de 2ª B). Argelia...

Mi hijo se aburre, y a falta de un balón encesta piedras en la cancha de baloncesto que los militares pintarrajearon junto al acantilado. Los pedruscos percuten en el tablero y producen un sonido oclusivo, distorsionado por el mar. Una mezcla de martillazos y lejanos obuses.

Por hoy es suficiente. Desmonto el trípode, satisfecho con la luminosidad del tele (no me han estafado). Nos comemos los bocadillos y nos bebemos las fantas.

Salvo parsimoniosos petroleros, no hay nada más que ver.