Mi padre se pasea al amanecer con el gorro de general serbio que le compré en un quiosco de Mitrovica. Y los bolsillos de la bata rebosantes de mecheros, cáscaras de nuez y pilas agotadas en la vigilia del transistor. No hace café, porque no domina los rudimentos sobre filtros, molinillos, proporciones; así que calienta la leche en el microondas y se come todas las madalenas que pueden caber, a presión, en un vaso de leche. Luego dirá, apesadumbrado y con experto patetismo, que tiene el azúcar a 3,60.

Poda un rosal, se fatiga. Corta un limón, eructa atronadoramente. Siembra un nuevo tipo de grama sobre los mechoncitos mustios que han sobrevivido al exceso de abono, de agua, de atenciones. Habla con el loro, pero el loro no le contesta. Calla con su esposa, pero su esposa no le contesta.

Tentándose el parche de nitroglicerina, suele sentarse en el balancín hasta la hora de comer, mientras se recupera de su angina de pecho cotidiana con una sospechosa puntualidad. Aquel día, sin embargo, tras evaluar los destrozos en el murete de la piscina embarrada, en el palomar sin palomas, contemplaba desde la terraza el bronco desbordamiento de la rambla de Benipila (puntual también es el otoño).

Pidió a voces los prismáticos.

¿Nadie le ha oído? Que alguien le traiga unos prismáticos. El pelo como nieve apelmazada bajo el gorro de general serbio. Si las víctimas se dejaran, si los equipos de rescate fueras más considerados, qué palabras de consuelo en tan dramáticas circunstancias; qué certeras, audaces, indiscutibles órdenes impartiría.