Dejo al crío en el cole para que haga la última recuperación: Naturales. Lo de crío es un eufemismo. Me saca un palmo. Cuando jugábamos al baloncesto hace unos años, yo solía hacer trampas para perder. Fallaba a propósito los lanzamientos decisivos. Dejaba pasillos en la zona para que se metiese hasta la cocina. Llegaba tarde a los bloqueos. Trucos para reforzar su autoestima. Ahora hago trampas para ganar. O para no perder de paliza. Le pongo la mano en los ojos cuando lanza de tres. Entorpezco su bote con artimañas dignas de Dino Meneghin. Suelto un hachazo de frustración cuando hace el enésimo reverso en mis narices y deja una bandejita o un gancho a aro pasado con recochineo.
Anoche estudiamos juntos hasta las dos de la madrugada. Los problemas de Física se me dan fatal y me bailan las fórmulas en la cabeza: masa por aceleración, potencia partido por tiempo, julios, newtons, watios... Paro el coche y le deseo suerte. Chocamos los nudillos. Ya no tiene edad para besos. Mi mujer eso lo lleva mal. Quiere tener otro hijo. La niña, claro. Pero con 39 años y dos miomas, sería un embarazo de alto riesgo. Estamos pensando seriamente en adoptar.
Septiembre es el mes de los buenos propósitos. Yo he decidido retomar los paseos por Tentegorra. Ya no puedo correr en plan salvaje, pero sí trotar, caminar... Llevo a Goran en el coche. Cuando desayunábamos, mi mujer me ha dado severas instrucciones:
"No abras las ventanillas que se llena de pelos".
"Pero entonces Goricho no puede sacar el morro".
"Pon el aire acondicionado, melón".
"Valeeee...".
"Y no te olvides de colocar la toalla vieja en el asiento".
"Que sí".
He dejado a Manuel en el cole (concierto de ladridos lastimeros) y he aparcado en el Eroski. Olvidé poner la toalla. Olvidé no abrir la ventanilla. El coche, por dentro, parece la barbería de un cuartel. Antes de volver a casa, tendré que acercarme a la gasolinera para pasar la aspiradora.
Mi mujer, siempre previsora con la logística, me ha puesto en la riñonera unas pinzas como de repostería para que recoja la eventual caquita y una cantimplora especial para perros. En la mochila de maratoniano que me compró en el Decathlon, con un depósito de agua que suele estar recalentada y saber a rayos porque siempre se me olvida vaciarlo y volverlo a rellenar, llevo:
-El móvil.
-Neobrufen y Nolotil por si el tendón de Aquiles se me pone tieso como un garrote (me lo rompí hace tres años).
-Diez euros por si me entrase una pájara y tuviese que pedir un taxi (tengo a raya al plasmodium, pero nunca se sabe).
-Reflex en aerosol (ya no venden linimento Sloan, ni bálsamo del tigre, qué lástima).
-Vaselina (para evitar escoriaduras).
-Calcetines de repuesto.
-Una manzana.
-Sorpresas varias... La última vez que miré estaba el reloj cronómetro con cuentapasos, calculadora del gasto de calorías y unas ventosas y cuerdecitas para amarrártelo alrededor de la caja torácica y controlar las pulsaciones (otro regalo). Pero todos esos cálculos me abruman. Y si me tomo las pulsaciones cuando lleve un par de kilómetros de subida, seguramente se aproximarán al umbral del infarto. Así que paso... Prefiero no saber.