Mi madre (63 años) se ha caído. Un resbalón tonto en un charco de pipí. Mi hermana Su le había dejado a su perra en casa (Zsa-Zsa, un cachorro de boyero de Berna). La perra no controla su esfínter y se ha orinado en el pasillo. El pasillo estaba a oscuras y mi madre ha patinado y se ha dado la gran costalada de espaldas, golpe en la cabeza incluido. Mi hermana me ha llamado por teléfono, histérica, que iban para urgencias. Me he presentado en el hospital y, ventajas de trabajar en la prensa, siempre conoces a alguien en cualquier parte. Es decir, siempre tienes algún enchufe. Odio los enchufes y a la gente que se aprovecha de ellos, pero hoy hice una excepción. En resumidas cuentas, le han dado un tratamiento VIP. Escáner y radiografías en un tiempo récord. Todo bien. Ya está en casa. Dolorida, con chichón, con zumbido en los oídos y con el susto en el cuerpo. No hay que dejarla sola. Alguien debe estar a su lado, observándola. Pero está bien.

Mi madre es una madre coraje. Ha criado a cinco hijos con un marido ludópata, lo cual no tiene mérito, es un milagro. Además es una melómana (Bach y Joan Manuel Serrat, fifty fifty). Montó en Vespa. Fumó mentolado. Modeló figuritas de cerámica con el empecinamiento a deshoras de un Chillida que tiene que coser bajos de pantalón. Los domingos hace un arroz a la costra (es oriolana, como Miguel Hernández) gigantesco, por si se presentan hijos, primos o hermanos a comer (y si no se presentan suficientes comensales, el arroz a la costra tiene la ventaja de poder comerse frío al día siguiente). Retocó fotografías con lápices afiladísimos en plan Ouka Lele. Charla de lo divino y de lo humano con la madre de Arturo Pérez-Reverte, cada una presumiendo de sus respectivos retoños. Vela protectora y excesivamente por su único nieto y su hija pequeña, los dos grandes mimados de la familia. Lee con glotonería. Es incapaz de guardar un secreto. Aguanta los desplantes de mi padre a pie firme. Y le sigue haciendo de comer y de cenar a pesar de sus desprecios, aunque hace años que no se acuestan juntos. Incluso le vacía y desinfecta con lejía el orinal, pues mi padre utiliza orinal a pesar de no estar enfermo de la próstata, ni estar impedido para andar o conducir, ni para gastarse la pensión en el bingo. Mea en un orinal por joder.

En fin, madre no hay más que una... Y a mi madre, por primera vez, la he visto mayor.

Conversando con ella, cuando ha ido saliendo poco a poco del aturdimiento y recuperando el humor, me ha confesado que, mientras estaba tendida en el suelo, rebozada en pipí de perro, ha dado gracias a Dios por no haberse desnucado. Morir era lo de menos, pues ella dice que ya tiene a sus hijos criados, o sea, que ya cumplió. Lo peor hubiera sido la vergüenza de morir de esa manera.
"Te hubiéramos sacado en los periódicos", le he dicho, bromeando.
"Sí, y no quiero imaginarme el titular".
"Muere al resbalar en un charco de orina".
"Qué bestia eres", se ha indignado mi hermana.

Pero ése hubiera sido el titular, uno de los titulares posibles. El más aséptico y objetivo. Mi amigo Richi, redactor de sucesos, le hubiera sacado incluso más partido. Y prefiero no pensar lo que hubieran podido hacer con la noticia los humoristas de radio y televisión, los columnistas de opinión, los tertulianos, los que conversan en el bar, algún bloguero. Hubieran enlazado la noticia, fijo. Menéame. El elefantito.

La vida de mi madre, todo lo que ha hecho, todo lo que no pudo hacer, se hubiera podido resumir en un titular redondo y tragicómico, de ésos que nos hacen esbozar una sonrisa (aunque no queramos, aunque tratemos de evitarla) mientras desayunamos.