Me llamó mi madre por teléfono.
-Va para allá. Se ha tomado el feralgán (sic) y se ha puesto el traje granate y la corbata.
Efferalgán (paracetamol) para mantener la mente despejada y el cuerpo sin dolores articulares durante unas horas. El traje granate y la corbata, porque es un señor y se viste como tal.
Llega al cuarto de hora. Aparca el coche. Baja con dificultades (que exagera porque sabe que le estoy mirando desde la ventana).
Nos saludamos. Me pregunta por Manuel. Le digo que se ha ido a casa de la Patri a estudiar. Me pregunta por mi mujer. Le digo que se ha ido a casa de Cris a tintarle el pelo.
Le pregunto por mi madre. "Bien".
Temas de conversación agotados.
Yo carraspeo.
Él se rasca la coronilla.
"¿No tendrás agua mineral? Me he puesto el parche, pero se me olvidó la aspirina".
"Sí, claro".
Voy a la cocina. Antes de que mi padre llegase, coloqué 60 euros (un billete de cincuenta y otro de diez) en la mesita del recibidor. Doblados, debajo del cuenco repleto de caramelos de pistacho (gaz) iraníes. Le resulta violento pedirme dinero. Y a mí que me lo pida.
Cuando vuelvo con el agua, no están los 60 euros. Pero por su cara veo que él esperaba cien. Lo habitual. Me mira, entre retador e implorante. Esquivo su mirada mientras le doy el vaso. Se resigna. Saca su aspirina y se la traga con un buche de agua.
Nos despedimos.
Y me quedo solo. En pleno ataque de feng shui dominical, como dice mi mujer. Ordené el despacho, vacié la enorme papelera (una cesta de mimbre de ésas de la ropa). Le pasé el antivirus al ordenador. Defragmenté el disco duro. Por la mañana, mi mujer me peló con la moto, en plan marine. Pero no es suficiente. Voy al baño y cojo una maquinilla de afeitar. Mientras mi padre tacha números, yo me afeito las piernas. Manías de un ex corredor de fondo. Paso tantas veces la cuchilla por los gemelos que termino haciéndome sangre.