Hagámosle justicia al viejo. Su vida no es la vida entendida como una sucesión de cosas que nos pasan hasta que dejan de pasarnos. Su vida es un cruzada. Es un mercenario que ha luchado en mil batallas entre el azar y la necesidad, casi siempre en el bando de los perdedores (suele pasar). Pero ha tenido algunas gestas memorables.

Cuando mi abuelo materno sufrió una trombosis cogió los ahorros de la familia y se marchó a una timba de póquer. Regresó al amanecer, mi madre desesperada, y empapeló la cama de billetes de mil pesetas. Mi abuelo fue tratado en la mejor clínica privada de Madrid en unos tiempos (años 60) en que la diferencia entre medicina pública y privada era una cuestión de vida o muerte.

La casa de la playa la ganó en una noche temeraria de bacarrá en un salón privado del casino de La Manga, yendo a medias con un joyero de Murcia que cogió la banca y no la soltó hasta ganar once manos consecutivas, siempre a doble o nada, uno contra todos, sin arredrarse ni pestañear, bebiendo leche para la úlcera mientras sus adversarios tragaban whisky y se mesaban los cabellos.

Y una vez, cuando yo era pequeño, me encapriché de un coche rojo de pedales (era chulísimo) en la tómbola. Gran berrinche. Y lo ganó. No supe cómo lo hizo hasta que me lo contó mi madre. Primero intentó negociar con el feriante. Como éste no quiso vendérselo, le compró todas las papeletas que le quedaban, que eran muchas. Recorrí pedaleando en aquel bólido rojo la plaza de San Francisco, de arriba abajo, de abajo arriba, mientras otros niños me miraban con envidia.

Quizá el problema es que mi padre siempre ha tenido madera de héroe. Y ninguna constancia. Y ha entendido la familia como una empresa heroica, de arranques, de hazañas, de gestas por las que deberíamos estarle eternamente agradecidos. Un atajo hacia nuestro cariño. El día a día no era lo suyo. La rutina le abrumaba. Unas horas heroicas y luego nada. Missing.

Tiene 67 años. Juega al bingo porque ya le falta aguante, fondo físico y concentración para el póquer, y cojones para el bacarrá. Una vez me dijo que iba detrás del premio especial, un bote de muchos miles de euros que se lleva el que canta un bingo antes de cuarenta bolas (la probabilidad es bajísima). Y que entonces, cuando lo gane, todo se arreglará. Y cuando dice todo, no sé a qué se refiere, pero le deseo suerte.

Sigue siendo un héroe. Un cruzado. Un perdedor.

¿Quién no lo es?