Tengo dos suegras. Una está muerta y la otra está viva.
Las dos estaban en el cementerio, la una frente a la otra. Completábamos el reparto mi mujer y yo. Cada uno en su papel.
A mi suegra muerta le han cambiado la lápida y la foto. Bueno, la foto es la misma, pero la han coloreado. El de las lápidas ha descubierto photoshop y en el cementerio han brotado como cerezas otoñales decenas de ancianos rubicundos, de señoras coloradotas, de angelotes rubios, donde antes había adustos retratos en sepia o blanco y negro.
Los tres vivos contemplábamos el retrato de la muerta, que tenía 34 años cuando un cáncer de mama se la llevó por delante.
Mi mujer observa a su madre. La última vez que la vio con vida tenía ocho años. Desde entonces, siempre la ha visto en blanco y negro.
—¿Tú como la ves?—, me pregunta.
—Rara.
—Es el pelo.
—Y las pestañas, parece Sara Montiel.
—Yo, no sé, estoy por decirle a mi hermano que pongamos otra vez la foto en blanco y negro. O que la retoquen, pero no con esos colores.
—Yo haría otra cosa...
—¿Qué?
—Pondría otra foto. Una foto en que saliera guapa. Una foto que le hiciera justicia. Tu madre era muy guapa.
—Sí.
—Pero ahí está hinchada por la quimio y parece que tenga cincuenta años. Y esos pelos.
Interviene entonces mi suegra, la viva (me pierde este afán mío por puntualizar), a la sazón prima hermana de la muerta.
—Es que fue la última foto que se hizo para el carné de identidad. Y la pobre ya estaba en las últimas.
Mi mujer se queda pensativa.
—¿Y qué foto ponemos?
—Tienes una preciosa —le contesto—. La de la playa. Una que lleva una camiseta muy ceñida, de ésas de los guateques de los años sesenta, y una falda de vuelo. Había estado de fiesta. Se la veía feliz. Pletórica. Risueña.
—No sé.
—Parecía que la acababan de besar.
—Pero tenía veinte años en esa foto.
—¿Y qué? Esa foto le hace justicia. ¿Era menos tu madre con veinte años que con treinta y cuatro? Si un señor se muere a los 90, por qué hay que poner una foto de cuando era un viejecito con Parkinson. ¿Por qué no de cuando era un tío guapetón, que arrasaba con las mozas, cuando estaba en tó su golpe, como dicen por aquí?
Mi mujer no sabe qué responder, así que arregla de nuevo las orquídeas en los búcaros. Y las rosas. Y se va a llenar una botella de Fontvella de agua del grifo para regarlas por tercera vez.
Mi suegra, la que está viva (otra vez, no escarmiento), hizo hoy gachas con arrope y asó boniatos. Fue emigrante. Limpió casas en Francia. Luego volvió. Se casó con mi suegro, camionero, un par de años después de que muriera su prima. Las familias respectivas no se hablan desde entonces.
Está por decir algo. Sólo hay que tirarle de la lengua.
—¿Ibas a decir algo?
—Yo ya me hecho la foto —susurra.
—¿Qué?
—Ya tengo hecha la foto que quiero que pongan en mi lápida. Y tengo la lápida comprada. No quiero que me pase como a mi prima. No quiero que cojan la última foto.
Y la saca del bolso.
—Ésta soy yo cuando esté muerta.
Y veo a mi suegra, la que está viva, recién salida de la peluquería, maquillada, con los labios reventones y una blusa ligeramente escotada, posando con cara digna y circunspecta de difunta.
Le devuelvo la foto. No sé qué decir. La guarda en el bolso.
Mi mujer llega con la botella de agua.
Mi suegra me mira de reojo.
Mi otra suegra también me está mirando.