La moto era una Sanglas 400 de las que llevaba la Policía Nacional en los años ochenta, cuando iban uniformados de marrón y empezaron a llamarles maderos. Tuvimos otras, una Honda VFR 750, una Ducati, una Puch Monza que nos robaron... Pero la Sanglas, joder... Era robusta, aparatosa, con una mecánica pejiguera y averías cabronas. Algo así como un híbrido entre Harley Davidson y Bultaco. Con un ruido de motor —carraspera de hélices y abejorros— que ninguna moto japonesa podrá imitar jamás.

Me enamoré en cuanto la vi, yo, que no pensaba sacarme el carné de conducir para no contaminar, porque era medio ecologista y medio vegetariano. Y por si fuera poco me había impactado la peli Conan, El Bárbaro, donde uno de los compañeros de aventuras de Schwarzenegger iba corriendo a todas partes. Sí, yo iría corriendo a todas partes. Las piernas serían mi medio de locomoción. Pero vi aquella motanca y me saqué el carné en un tris tras. En puridad, en un tris tras tres cuatro, porque fueron cuatro las veces que tuve que cabalgar la maldita Vespa hasta aprobar el examen, pues en lugar de afrontar el zigzag de los pivotes con calma y lentitud, me metía en ellos derrapando como Alex Crivillé y el último me lo llevaba por delante.

La historia de cómo mi padre se agenció la moto sigue siendo misteriosa. Al parecer, fue una deuda de juego que se pagó en especie. Mi padre también se enamoró de aquella moto, pero solo la montó una vez. Se subió a ella con cierta dificultad, quitó la pata de cabra, perdió pie y se fue al suelo. Ni siquiera le dio tiempo a arrancarla. Mi hermano Rober era el tercer enamorado de la Sanglas. Pero tenía 17 años (yo 19) y no podía sacarse el carné, así que tuvo que conformarse durante unos meses con ir de paquete de su hermano mayor. Luego, con la mayoría de edad y el carné en el bolsillo, fue siempre al revés. Él pilotaba mejor.

Lo demás es historia.

Fuimos ángeles del infierno (1st and 2nd Dalton) durante cinco años, de los Hell Angels de La Palma. Con Domin, Barbarroja, Suso, Motofeber... Mi hermano y yo acumulamos chapas de concentraciones y compartimos tienda de campaña. Si alguno ligaba, el otro esperaba fuera hasta que terminase. Reconozco que dormí al raso muchas veces. Una vez mi hermano me explicó que para entrarle a las chicas era mejor algo inocuo, tipo ¿estudias o trabajas?, o ¿tienes fuego?, que mi "hola, soy alquimista, estoy buscando la piedra filosofal". Pero ni por ésas. En otra ocasión y viéndome hecho polvo, mi hermano fue generoso y compartimos chica. No, no hubo trío. Él primero, yo después.

Éramos ángeles, pero no éramos ángeles. De hecho, a Barbarroja se lo explicaron muy clarito los Hell Angels de Barcelona. Los auténticos (una sucursal de los californianos). Que nos cambiásemos el nombre o nos atuviésemos a la consecuencias, aunque para entonces, poco importaba ya. Nuestra decadencia era imparable.

Primero se mató Pepe el Filetes, carnicero, alias Steaks. Un quitamiedos.

Después El Pipa, adelantando con su Yamaha 600 a un coche que en ese preciso instante giró a la izquierda. Lo despedimos en el cementerio de Lo Campano con nuestras motos y nuestras chupas, retorciendo el puño de los aceleradores, abriendo gas a tope.

El tercer muerto no lo nombraré. Se estampó de cabeza contra un autobús. Al parecer, creía que el demonio le perseguía y puede que lo hiciera a posta, me refiero a lo de estamparse. Yo ya trabajaba en el periódico y tuve que cubrir la noticia, muy vidriosa. Recuerdo que Barbarroja, que en los últimos carnavales era la viva estampa del mago Gandalf (se tiñó la barba de blanco y se puso una túnica gris), fue al periódico a preguntarme qué había pasado. Le conté y se volvió a su tienda de tatuajes llorando.

Los demás sobrevivimos, que no es poco. Me quedan las chapas. El recuerdo de una hostia absurda en La Manga (afortunadamente, mi paquete y yo caíamos en blando, sobre una duna, ella rompió el casco). La chupa vaquera pintada a mano por Barbarroja: Second Dalton. Sí, mi hermano era el First, a pesar de que yo soy el primogénito. Pero siempre ha pilotado mejor. Las motos y las chicas.

Mi hijo ya ha empezado a dar por saco (su tito Rober le dio una vuelta el otro día en la Ducati y está encelado). Cuando cumpla 16 quiere moto. Quedan dos años. La batalla será larga. Y yo pienso en los documentales del National Geographic, la manada de cebras cruzando una charca en el Serengheti. La mayoría sobrevive, pero los cocodrilos se comen siempre unas cuantas. Y sé que no soy justo, que hay que aprender de los propios errores, que va contra mis principios, que peco de reaccionario...
—¿Una moto?
—Sí.
—Ni de coña, colega.
—Tú eras motero.
—Por eso mismo.