Mi hermano tenía un aliado infalible para ligar: Gizmo. Los Hell Angels de La Palma llevábamos como identificativo en nuestras chupas y cascos un gremlin malo pintado a mano por Barbarroja. Pero mi hermano tenía además un gremlin bueno de peluche atado con pulpos al depósito de gasolina. En las concentraciones, el sábado por la noche había cena y luego discoteca a precios populares. Gizmo era letal en la discoteca. Mi hermano no necesitaba abrir la boca. Agarraba al gremlin bueno y saludaban juntos a las chicas. Si alguna devolvía el saludo, a por ella.

Fue en Moratalla. Mi hermano ya estaba en la tienda de campaña, acompañado. Yo llevaba un pedal horrible de calimocho. Me acomodé al raso, atrincherado entre los cortavientos, en un lugar donde no me vomitasen los que iban regresando a sus tiendas o, peor, me pasase una moto haciendo el caballito por encima. Antes de que me quedase durmiendo salió mi hermano en gallumbos.
—¿Ya?—, le pregunté.
—No. Necesito un par de pulpos.
Fue a la moto y cogió dos de los tensores con los que trincábamos el equipaje. Antes de meterse de nuevo en la tienda, me aclaró:
—Quiere que la ate.
—Ah.
—Veinte minutillos y termino.
—Vale, vale.

Miré la hora. Eran las cuatro menos veinte de la madrugada. Me despertaron petardos y cláxones. Eran los organizadores, que tocaban diana para la chocolatada. Amanecía. Miré de nuevo la hora: las siete. Me dolía mucho la cabeza. Volví a quedarme durmiendo.

Me despertó mi hermano.
—El desayuno.
Me dio chocolate en un vaso de papel. Él llevaba otro en la mano. Le di un sorbo cauteloso, pero estaba frío y aguado. Me lo bebí de un trago.
—No quedaban churros—, se disculpó.
—Da igual.
—Tienes mala cara. ¿Quieres potar?