Me fascinan los halcones. Soy colega del halconero del aeropuerto de San Javier, y a veces voy allí solo por tener a un Harris en el puño enguantado. Potencia pura. Alas lanceoladas de teselas cerámicas. Pocos saben que el ritual previo al vuelo se completa con la suelta de lastre (el halcón caga, se desembaraza de unos gramos de mierda antes de irse de garbeo por el cielo, me parece aleccionador) y el regreso se compensa con un pollito (pobre halcón, le traiciona su voracidad). Cagar-volar-pollito. Ésa es la secuencia de cualquier intento de ser libre. Planteamiento-nudo-desenlace. El aeropuerto de San Javier está muy cerca del parque regional de las salinas de San Pedro. Flamencos rosas, avocetas, pechiazules, cigüeñuelas... Bocados muy apetitosos. Pero los halcones vuelven siempre a por su pollito y a que el cetrero les ponga la caperuza. Están amaestrados. La libertad es solo una ficción galante. "La caza de amor es de altanería", escribió Gil Vicente. Se me va la pinza... ¿De qué estaba hablando? Ah, sí, halcones, Homayoun.

Homayoun es mi baradar del alma, mi hermano persa. (Mery, oh Mery, es bajito y bigotudo, pero no veas cómo toca la guitarra. Podríais hacer un dueto. Y te sentaría tan bien el velo islámico...) Homayoun tuvo un halcón, la historia de su halcón voy a contarla en el siguiente post. Aquí, de aperitivo, corto y pego la traducción de un poema de Robinson Jeffers. Ojo, la traducción es mía. Quizá sea una patata y en algunos versos no se ajuste literalmente al original, pero me costó un huevo y estoy orgulloso. Cuando tengo dudas, tiro por la calle de enmedio. Me pasaba con Virgilio en clase de Latín y me pasará siempre. Antes que comprobar si una terminación está en nominativo, o de tirar de diccionario (me encanta curiosear en los diccionarios, pero no me gusta buscar una palabra en concreto), me lo invento. A veces me aproximo, otras me alejo. Pero por lo menos escarbo en mi corazón. También he modificado la versificación para ajustarla a un patrón rítmico más propio de nuestro idioma. Se titula Hurt Hawks y supongo que ni siquiera he traducido bien el título, pero me da lo mismo. En fin, dedicado a Homayoun, halconero y palomista, lo cual no deja de ser un estupendo y contradictorio cóctel.

HALCÓN HERIDO

I

El hueso roto del ala está fracturado en el hombro,
amoratado por los coágulos de sangre.
Arrastra el ala como una bandera derrotada,
nunca más le servirá para el cielo, sino que vivirá con hambre
y dolor unos pocos días:
un gato, no un coyote,
acortará esta semana en la que espera la muerte;
sin garras, será un juguete.
Está bajo el arbusto del roble y acecha
el alimento de unos pies cojos para salvarse;
por la noche recuerda la libertad
y vuela en un sueño, un sueño que el amanecer arruina.
Es fuerte, y el dolor es peor para los fuertes,
la incapacidad es peor.
Los perros vagabundos le atormentan por el día,
ladrándole desde lejos,
sin acercarse, nadie salvo la muerte redentora
humillará esa cabeza,
la intrépida disposición, los ojos terribles.
El salvaje Dios del mundo es algunas veces misericordioso
con aquellos que suplican misericordia, rara vez con los arrogantes.
No le conocéis, vosotros, la gente que vive en comunidad,
o le habéis olvidado;
impaciente y asilvestrado, el halcón sí le recuerda;
hermosos y salvajes, los halcones,
y los hombres que agonizan,
sí lo recuerdan.

II

Si no fuera por el castigo, antes mataría
a un hombre que a un halcón;
pero a este gran ejemplar de cola roja
no le quedaba nada, excepto la desgracia
de su incapacidad para valerse,
pues el hueso estaba demasiado fracturado para curarlo,
el ala le arrastraba bajo las garras cuando se movía.
Le estuvimos alimentando durante seis semanas,
le di la libertad.
Vagabundeó arrastrándose colina arriba
y regresó por la tarde, pidiendo la muerte,
no como un mendigo, todavía miraba con su antigua
e implacable arrogancia.
Le di un regalo de plomo al anochecer.
Lo que cayó al suelo
fue un montón de plumas
relajadas, sedosas como las de las lechuzas,
suaves plumas femeninas;
pero lo que ascendió
fue su ímpetu orgulloso:
en el río crecido las garzas nocturnas chillaron de miedo
ante su vuelo ascendente
antes de que la realidad
se le hubiera despegado por completo.