Don Gaspar
el 7 nov En: Retratos - 21 comentarios
Se llamaba don Gaspar. Don Gaspar Llorca Llinares, pero le llamábamos Mortadelo porque le daba un aire al personaje de tebeo. Nos enseñaba literatura. He tenido dos profes de literatura que me han marcado. El padre Valenzuela, un franciscano larguirucho que nos llamaba bellacos y rufianes, y mascullaba "la ignorancia es muy atrevida". Le di a leer mis primeros poemas de adolescente enamorado hasta las trancas de la Macu, una chica de rasgos caballunos que fumaba Ducados. Recuerdo un poema de aquel manojo de cuartillas afiebradas: ("No sé lo que quiero, / ni lo que busco/, sólo sé que te quiero/ sólo sé que te busco"). Con buen criterio, el padre Valenzuela no dijo nada, pero me prestó cinco libros: Sepulcro en Tarquinia, de Antonio Colinas; Azul, de Rubén Darío; Ancia (Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia), de Blas de Otero; Trilce, de César Vallejo, y el Cancionero y romancero de ausencias, de Miguel Hernández. Se los devolví a final de curso, estupefacto por tanta belleza, aunque íntimamente convencido de que si quería comerme una rosca con la Macu debería hacer pesas en lugar de versitos.
El segundo profe fue don Gaspar.
Llorca Llinares. Me parecían exóticas las dobles eles de los apellidos, que en aquella época no eran dobles eles, eran elles. Valenciano. Calvo de los que se peinan los cuatro pelos (de dos palmos de largo) tapando el cráneo mondo, con unas gafas de culo de vaso que limpiaba varias veces en clase, metiéndose los cristales hasta el gaznate para echarles el vaho. Yo estaba convencido de que cualquier día se tragaría las gafas. Y no pasaría nada. Las deglutiría lentamente y luego las cagaría. Las limpiaría entonces con su pañuelo, metódicamente, y se las volvería a poner. Era tranquilo, sereno y abstraído como un faquir. Un fideo humano con el mismo frenesí que un galápago y andares de saurio, de movimientos arrastradizos, que se remolcaba a sí mismo más que andar.
Decían que era poeta, que había ganado un premio literario importante, pero nunca nos dijo nada al respecto. Se rumoreaba que aquel poemario vencedor se titulaba Oda a la piedra, vaya usted a saber. Tenía una mujer que decían que estaba buenísima, pero nunca la vimos. Y un hijo rubio y guapísimo (al que sí vimos) que no se parecía a don Gaspar ni por el forro y que, suponíamos, habría salido a la madre. Era un matrimonio con problemas. Se separaron.
El método didáctico de don Gaspar era chocante. Decía: "Tema 1. Lean la primera pregunta". Nos daba cinco minutos para leerla en voz baja. "¿Hay alguna duda?". Nunca había dudas. "Lean la segunda pregunta". Y así todo el rato. No hacíamos ejercicios. No explicaba nada. No aclaraba nuestras dudas porque nadie las tenía, ni siquiera los empollones. Eran clases de las ocho de la mañana. Estábamos anestesiados, entre el sueño y aquel metabolismo suyo de quelonio que nos contagiaba a todos de una lentitud de pensamiento francamente placentera. Yo luchaba para que no se me cerrasen los ojos. Don Gaspar, sosegadamente, fumaba tabaco negro (entonces se permitía) o bien, si estaba resfriado, que era su estado natural de salud, carraspeaba disimuladamente durante un buen rato hasta arrancarse una flema del fondo del píloro, sacaba luego el pañuelo, depositaba la mucosidad amorosamente en él, lo doblaba con sumo cuidado, se lo volvía a meter en el bolsillo y preguntaba "¿alguna duda?", con una voz cavernosa que parecía brotarle de lo más recóndito de los intestinos.
Con él leímos El Quijote. Mismo método. "Lean el capítulo I, ¿alguna duda?". Nos puso un examen de una sola pregunta. "Hazte una pregunta sobre El Quijote y respóndela. Extensión: no superior a una línea". Yo no había dormido la noche anterior, estudiando. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para hacerme una pregunta y responderla. Creíamos que había gato encerrado. Que no podíamos preguntarnos: ¿cómo se llamaba el caballo del Quijote? Creíamos que la pregunta debía demostrar fehacientemente que lo habíamos leído. Yo me hice una pregunta rebuscadísima. No me acuerdo, pero era la hostia. Taché dos o tres preguntas antes de formular la fetén. No hacía falta. Todo el mundo aprobó. Incluso los que respondieron Rocinante.
Una vez, una sola vez y con un esfuerzo titánico, escribió en la pizarra el siguiente texto:
Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Cuando llegó al punto y aparte creímos que había terminado, pero no. Tosió, depositó una flema en el pañuelo, la guardó delicadamente, encendió un cigarrillo y siguió escribiendo lentamente:
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Se pasó toda la hora de clase copiando aquello en la pizarra. No nos dijo nada, ni siquiera de quién era (copiaba de un libro muy desgastado, con las tapas forradas; el autor lo averigüé más tarde). Alguien le preguntó si había que estudiarlo para examen o qué. Él se encogió de hombros cansinamente. Sonó el timbre y se fue. Y allí quedó el texto, escrito en la pizarra. La mayoría lo habíamos copiado en nuestros cuadernos, por si las moscas. Nadie sabía muy bien a qué atenerse con don Gaspar. El siguiente profesor, don Luis Alba, matemáticas (iba a clase con unos nunchakus escondidos en el periódico, por si alguien le agredía, y hacía demostraciones al más puro estilo Bruce Lee mientras resolvíamos logaritmos neperianos) lo borró sin contemplaciones para escribir sus fórmulas. Yo leí aquel texto copiado en mi cuaderno. Lo releí. Lo volví a releer. Impactado. Noqueado. Tanta belleza...
Muchos años más tarde yo trabajaba en un periódico local de Cartagena. Hacía la ronda de sucesos un domingo por la tarde. Nada especial. Aburrimiento, salvo un presunto suicidio. Un tío que se había tirado desde un puente a la autovía de La Manga justo cuando pasaba un camión. Llamé a Tráfico de la Guardia Civil para indagar los datos, aunque solo redactaría un breve porque los suicidios no suelen ser noticia. No hay que dar ideas... Transcribo el apartado 1.6. del Libro de Estilo de El País:
El periodista deberá ser especialmente prudente con las informaciones relativas a suicidios. En primer lugar, porque no siempre la apariencia coincide con la realidad, y también porque la psicología ha comprobado que estas noticias incitan a quitarse la vida a personas que ya eran propensas al suicidio y que sienten en ese momento un estímulo de imitación. Los suicidios deberán publicarse solamente cuando se trate de personas de relevancia o supongan un hecho social de interés general.
Le pregunté al picoleto las iniciales del fiambre.
"G. Ll. Ll.", leyó.
Me quedé callado. Notó mi vacilación.
"Deletreo: ge de Galicia, elle de... yegua, elle de yegua. ¿Alguna duda?"


curiosa concatenación, proustiana sin magdalena, el post lo he escrito porque rosario escribió malandro, sinpa lo comentó, yo me acordé de los malandrines y bellacos del padre valenzuela, lo que me recordó a la macu, la macu me recordó mis poemas, y los poemas a don gaspar, un profe de los que recuerdas toda la vida, quizá porque era misterioso sin pretenderlo. y sigue siéndolo. y la ambigüedad dota a las personas, y a los textos, de una pátina indeleble, una especie de bálsamo egipcio de momificar, un conservante.
He suspirado...
Si supieran los malandros de Caracas lo que han inspirado por estos lados de la blogósfera...
Don Gaspar, el padre Valenzuela, Luis Alba, menudas historietas contais siempre los de franciscanos... la infancia-adolescencia siempre presente.
paz, qué pequeña es cartagena...
guárdame el secreto, que don Luis y el Valenzuela le dan clases a mi hijo, y con lo que le ha costado sobrevivir al padre Turpín, no quiero ni pensar que fuera represaliado por culpa de los recuerdos de su padre... ;)
rosario, malandrina, tú suspiras por otra cosa...
Que bueno Laluzenmi, me ha gustado mucho, me he ido a mis años mozos, que son como los tuyos pero en otro espacio y lugar.
gracias lestat, es que somos de la misma quinta...
no sufras que no tengo ninguna influencia en franciscanos. Cartagena no es pequeña es ¡Pequeñíssssima!
En dos palabras en-trañable :P
Gracias mil a cuantos hicieron que amases las letras y que las encadenes, hoy, de la forma en que lo haces.
Descomunal.
Parece que lo estoy viendo, apoyado en el dintel de la puerta, mirando el pasillo, paso una profesora no me acuerdo quien era, se quito las gafas y mientras las limpiaba dice en voz alta: "Que polvo tiene el camino, que polvo tiene el molino, ¡que polvo la molinera!" se puso las gafas y pregunto: !¿Alguna duda?.
demonios colorados, me acabas de acojonar... no por la molinera, sino por los demonios colorados... ¿nos conocemos?
sinpa, albanta, os quiero.
hubo un tiempo en que no había dudas. yo, por lo menos, no las tenía...
para los que nunca fueron a franciscanos, demonios colorados era una muletilla de don gaspar. yo no me acordaba.
Creo q no nos conocemos, por lo que he leído eres mas "veterano" que yo, pero también sufrí la "pedagogía" de Turpin, Alba, Asin y demás secuaces.
guau! me has dejando pensando... me he acordado de tantos que formaron parte de mi época escolar...
Besos.
Es un articulo precioso, como el poema de don Gaspar, y me quito el sombrero ante tu forma de narrar, tus recursos literarios, tu memoria....
Saludos.
gracias, mamporrero, todavía tengo claustrofobia de tu experiencia en las minas de sal!!!
¿Quién es el autor del texto de la pizarra? porque creo que me he enamorado...
Buenos días, feliz primero de año, y yo a seguir leyéndote lo que me falta.
Hola, no le has respondido a Maria en una año, averiguaste que premio ganó D. Gaspar?, supongo el autor del texto de la pizarra era el mismo?
Demonios colorados a ver si tengo que enseñaros los dientes.
no sé el premio. el autor del texto de la pizarra es julio cortázar. cómo pasa el tiempo...
Muchas Gracias por la aclaración
El otro dia me enteré de la muerte de D. Gaspar, por un documento
de la web de los PPFF en el se recordaban los 10 años de su muerte.
A partir de ese momento me puse a buscar y os encontré a vosotros.
Ya hace 26 que salí de allí.
Pero algo que no olvidaré nunca es su frase "colora"
Un saludo Enrique.