Hace la tira empecé un post y se me olvidó acabarlo. Quería describir mi tumba, pero se me fue el santo al cielo. Ayer volví. Con Goricho, cómo no. Desde que me rompí el tendón de Aquiles que no visitaba mi tumba. Hay que subir el monte Roldán, pero no entero, porque entonces mis afligidos serían mis indignados... Sólo hasta el mirador. No es moco de pavo, pero sólo irían cargados con la vasija de las cenizas. O mejor, un tupperware y va que chuta... Litronas, bocatas (mortadela con queso en mi honor, ineludible, y fiambreras con tortilla de patatas y pollo con tomate) y, si son jóvenes y les va la acampada, los sacos, música y fiestuki... No sé si dejan acampar. Pero quién va a subir a prohibírselo... Desde el mirador ves el mar, encajonado entre Cabo Tiñoso y la Punta del Moco, y las playas de Fatares y La Estrella, a las que solo se accede en barco o armándose de valor y paciencia para descolgarse por el acantilado. Desde allí, a veces, se ve Argelia. El Oranesado. Ayer no se veía. Lloviznaba. Había cuatro petroleros al abrigo del cabo, esperando turno para descargar en la dársena de Escombreras.

De regreso, resbalaba el suelo, arcilloso y empedrado, que en algunas zonas tiene manchas de un color violeta muy intenso por las vetas de hierro. Goricho me esperaba en los tramos difíciles, no sé si divertido o preocupado por mi torpeza, o quizá ni una cosa ni la otra, pero me esperaba. Puse culo a tierra más de una vez, como en un tobogán, porque no llevaba calzado adecuado. Y porque me hago mayor. Había prácticas de tiro en las Escarihuelas (creo que eran los del regimiento de artillería antiaérea). Se oían los disparos amplificados por la caja de resonancia de la vaguada. Todavía sé distinguir los calibres, las armas. Las MG 40, los fusiles del 5,56... Ayer me dio el siroco y visité mi tumba. He vuelto. No todo el mundo puede decir lo mismo...

Arriba, en el Roldán, pensaba que mis afligidos, a mitad de camino, se acordarán de mí. Cagoenlahostiaquelehandao... Pero cuando lleguen arriba, cuando la pinada se abra y a cada paso que asciendan comiencen a ver el mar, primero una franjita azul, estrecha, tensa y curvada de horizonte, luego más y más azul, quizá cubierto por un esparadrapo de niebla a ras de agua, como tapando una herida, una inmensa gangrena azul, como lo vi yo una vez, pensarán entonces que habrá valido la pena el esfuerzo, la subida, el capricho de este gilipollas, a pesar de todos los pedruscos sueltos, de los condones usados y basuras al principio, y de los tramos (pocos) en que te tienes que parar porque se te pone el corazón a 180 y te falta el aire. Mi tumba mola un montón. Dan ganas de morirse.