He puesto mis cámaras (las analógicas, las de toda la vida) a subasta en ebay. Se acabaron los reportajes firmados "Texto y fotos de...".

Los redactores ya no me mirarán mal. Un fotero que junta palabras.

Los fotógrafos ya no me mirarán mal. Un redactor avaricioso que se quiere llevar toda la pasta y quitarles el pan.

Nunca más se me escapará una foto porque ya no pertenezco a la categoría de fotógrafos pierdefotos. Que las pierdan otros. Estoy cansado de mirar hacia fuera.

A partir de ahora miraré hacia adentro.

Estoy cansado de llevar las bolsas y de que me duela la espalda. Con lo poco que pesa una libretita y un lápiz.

Estoy cansado de la revolución digital. A mí lo me que molan son los cuartos oscuros.

Y qué gran coartada no querer reciclarse a estas alturas. Un mártir de los nuevos tiempos. Un romántico de las sales de plata.

Mosquitos y tendones de Aquiles, grandes coartadas también.

Lo diré con la boca pequeña: quiero escribir. Y punto.

Me llevo a mi hermana a la Patagonia. Paso el testigo, la EOS D, el Photoshop... Que miren otros. Yo ya miré.

Ahora tengo que revelar lo que he visto. Lo que hay en mi corazón. Lo que se quedó en mis párpados.

Y lo que siga viendo, pero ya no con la necesidad de capturar. Ya no soy un cazador. "Mi cazador de luciérnagas, hoy, adónde fue...", dice un haiku de una escritora japonesa.

Pues no sé. Dejó las cámaras. Cogió papel y lápiz.

Hace meses que hice mi última foto. Me refiero a mi última foto alimenticia. Fue en Algeciras.

Hace años que hice mi última foto. Me refiero a la última foto en la que miré con pasión, con dolor, con estupor, con saña.

Fue la última.

Hice muchas después. Cientos, quizá miles. De algo hay que comer. Pero esa fue la última fotografía en la que fui fotógrafo.

Os la resumo, porque no podéis verla. Nunca la veréis.

Fue un suceso, uno de tantos.

Hubo alguna confusión por teléfono porque los de la funeraria no trajeron ningún ataúd blanco, sino féretros de pino normales y corrientes.

Ya se había ordenado el levantamiento, pero sólo tenían esos ataúdes tremendos de color cucaracha.

Los del tanatorio discutían con los de atestados.

Yo veía cosas. Miraba a todas partes, menos donde debía mirar...

Vi un peine a la deriva en un charco de grasa, un almendro que amamantaba a los pulgones, algo parecido a medio ángel en la azul intermitencia...

Para abreviar: introdujeron a la niña en una de las cajas. Fue entonces cuando alguien dijo "Esto es enorme", y no supe a qué se refería exactamente, pero muchos asintieron.

Lo extraordinario fue que aquel tipo, investido de una lóbrega autoridad, contusiones y un peculiar discernimiento de la compasión, se empeñó en que metieran al pequeño en el mismo féretro, y a nadie resultó ilógico o inconveniente. Después de todo eran hermanitos.

Me asomé.

Durante unos minutos las dos bolsas se hicieron compañía, hasta que un teniente de la Guardia Civil invocó no sé qué quisquillosa previsión del reglamento de transportes, y volvieron a separarlos, a empaquetarlos de manera independiente; se los llevaron en distintos coches fúnebres.

Ya he dicho que me asomé.

Después de bajar las cremalleras y arreglar someramente el desmadejado atrezzo, la perplejidad despeinada de aquellas marionetas, no tuve ninguna duda: la foto no era publicable.

Ni siquiera la he revelado.