Eran de Villanueva de la Serena (Badajoz). Había un montón. Les habían despedido en el pueblo con una fiesta de quintos. Funcionaban como un solo hombre y se les reconocía al vuelo. Cuando uno de ellos no entendía algo, preguntaba: ¿lo qué? (pronúnciese loqueeeeee, con acento en la o). ¿Loqueeeeee, mi sargentooooo? En maniobras eran impagables, capaces de seguir un rastro de liebre, sorprenderla en la madriguera, dar un pisotón y matarla de un pedruscazo. Conocían todas las hierbas comestibles, incluidas las ortigas. Y por el vuelo de las aves rapaces, en especial de los cernícalos, predecían qué inclemencias meteorológicas nos esperaban, pues el tiempo siempre era inclemente con nosotros. Hacían acopio de bayas y bellotas. Cazaban y destripaban serpientes que luego los mandos nos obligaban a comer bajo pena de arresto. El resopón básico de campaña consistía en fabada en lata, jamón cocido, pan galleta, mermelada de pera y culebra bastarda frita en aceite de girasol. Cruzaban por mitad de una manada de toros bravos sin molestar ni ser molestados. No sabían de estrellas ni de constelaciones y no gastaban brújula, pero nunca se perdían.

Mi binomio era uno de ellos. El Pelu. No tenía estudios ni oficio conocido, pero descubrió su vocación durante un arresto de fin de semana: cortar el pelo. Fue nuestro barbero —moto y tijeras— durante nueve meses. No nos cobraba. Lo hacía por amor al arte. Y por experimentar. Del look marine cuello cepillo al acabado Yul Brinner, pasando por peinados transgresores y premonitorios de los que lucen ahora los jugadores negratas de la NBA. Tú ponías la cabeza y él ponía la inspiración. Menos mal que la boina todo lo tapaba.

Era un tío fiable. Sin alteraciones en su estado de humor. Alegre, moderado consumidor de psicotrópicos. Compartíamos trinchera, tienda de campaña, litera (él la de arriba). Después de la prueba de la boina nos dieron franco de paseo en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, cerca de Barco de Ávila. El único pub fue tomado al asalto por sesenta guerrilleros. Acabamos con las existencias de alcohol en tiempo récord. Como estábamos de maniobras, todos llevábamos machete al cinto. No hubo que lamentar desgracias personales, pero cuando el capitán se percató del cariz que tomaban los acontecimientos, sesenta guerrilleros fueron arrestados sin contemplaciones. Nos hicieron subir en los camiones y regresar al campamento. Antes de enclaustrarnos en nuestra tienda de campaña, El Pelu se sacó la minga e, inopinadamente, quiso orinarme encima. "Pelu, ¿qué coño haces?". Pero el Pelu estaba lanzado y me persiguió a manguerazos por entre las tiendas. Respondí de la misma forma en legítima defensa. Varios extremeños se unieron a aquella meada compartida y la convirtieron en una fiesta tribal. Es lo más parecido a una experiencia orgiástica que he tenido en mi vida.

Ya he dicho que era un tipo emocionalmente fiable. Tenía novia. Llevaba su foto en la cartera. La miraba a menudo. Pero sin nostalgia ni malos rollos. Estaba viviendo una aventura, como todos los de Villanueva de la Serena, y el alejamiento de su amada no parecía afectarle. Hasta que su novia le dejó. El Pelu dejó de cortarnos el pelo y por primera vez durante el servicio militar hubo arrestados por llevar tracas. Por lo demás, no hubo más alteraciones aparentes en su comportamiento, salvo el día que tocó lanzar granadas de mano.

He de decir que yo era el mejor lanzando granadas. Primero nos dieron unas de mentirijilla, color naranja, para hacer prácticas. Había que quitarles la argolla, contar hasta cinco y lanzarlas con parábola por encima de la cabeza hasta una especie de diana pintada en el suelo. Modestia aparte, y a pesar de ser un piltrafilla, soy un magnífico lanzador de triples (89 de 100 y 37 consecutivos en entrenamientos, mi ídolo era Drazen Petrovic, descanse en paz el más certero hijo de puta que ha pisado una cancha de baloncesto). Lanzar granadas, para mí, era pan comido.

Luego nos dieron las de color verde. Éstas explotaban. Había que quitarles la argolla y contar hasta cinco. Lo de siempre. Pero ahora pocos contaban hasta cinco, aunque se suponía que el margen de seguridad era de otros cinco segundos. Tener aquello en la mano era inquietante. Yo seguía acertando porque me imaginaba en un partido de baloncesto, final olímpica, faltan cinco segundos y España pierde de dos. La pelota llegaba a mis manos en la línea de 6,25. Era un flipe. Me daba igual que la granada fuera de color verde o naranja, incluso sacaba la cabeza por encima del parapeto de hormigón hasta que comprobaba si había conseguido la canasta antes de hacer el reglamentario y apresurado cuerpo a tierra.

Como he explicado en otro post, todo lo hacíamos por binomios. Antes de lanzar, también nos encaminábamos al parapeto por parejas. Era una especie de búnker donde nos esperaba un sargento con dos granadas. Una para mi binomio y otra para mí. Yo lancé primero y fui felicitado por mi puntería y sang-froid. El sargento le dio la segunda granada al Pelu y la orden de lanzar. El Pelu, que era un tipo fiable hasta que el desamor lo sumió en un estado relativamente taciturno, quitó la argolla y contó en voz baja: uno-dos-tres-cuatro-cinco... Y ahí paró de contar, pero se quedó inmóvil, alelado. Miró al sargento. El sargento gritó: "¡Lanza!" El Pelu no obedeció. Yo vi algo muy extraño en sus ojos. Vi placidez. Salté el parapeto de un brinco como un banderillero cobarde y me eché al suelo.

Oí la explosión, pero lejos. Como a veinte metros. El sargento le había arrebatado la granada y consiguió quitársela de encima justo a tiempo. El Pelu pasó a arrestado. Luego fue enviado al psiquiatra y consiguió la licencia. Exento por depresión. Volvió a Extremadura. Dijeron que se reconcilió con su novia. Supongo que luego se casó, tuvieron hijos y es muy probable que regente una peluquería, puede que unisex o de ésas de caballeros toda la vida. La verdad es que no tengo ni idea. No sé nada de mi binomio, nada de ningún ex compi de la mili. Nada de nada.

Supongo que unisex. O no, ahora que lo pienso... Una barbería donde todavía afeiten con navaja. Casi lo prefiero.