Una señora murió 33 veces. Y las 33 resucitó. Se llama Margarita Ulloa Ulloa. Es chilena. Me lo contó en el avión Santiago-Puerto Montt. Tiene una rarísima enfermedad cardíaca que la mata de vez en cuando y no hay forma de regresarla a la vida si no es con descargas eléctricas del desfibrilador, como en las pelis. ¡Palas! ¡Carguen 200! ¡Fuera! En ese plan.

Así que Margarita ha visto la luz al final del túnel 33 veces. Literalmente. Porque ha atravesado el túnel, un túnel del tamaño del ojo de una aguja. (Sí, lo que dice la biblia del camello es cierto). Como es tan chiquitito, lo ha cruzado bien en forma de nebulosa, bien en forma de espíritu, y la primera vez vestida con una falda azul. Una falda de la época más feliz de su vida. Una época de armonía que duró poco.

Margarita siempre ha vuelto a la vida. Me dice que no hay infierno. Sí que hay juicio. El juicio se celebra durante la travesía del túnel. Sientes una angustia tremenda por las equivocaciones de tu vida. Y luego paz por los aciertos. Y entonces te quedas tan pancho y ya vas caminito del túnel en forma de nebulosa o de espíritu, o con una falda azul impecable. Solo que a ella, cuando ya estaba casi del otro lado, zas, le metían un calambrazo en el pecho y regresaba.

Margarita me impuso las manos en el avión. Yo no dejo que las señoras que se sientan a mi lado en un avión me impongan las manos así como así. No, señor. Ella iba en el asiento pegado a la ventana, yo en el del medio, y un señor con pinta de ejecutivo que devoraba un sandwich de jamón con el pan de molde untado de palta (una especie de guacamole suavísimo) me miraba, la miraba, nos miraba, y daba un nuevo bocado a su sandwich. Estimado señor viajero de las líneas aéreas LAN, no nos mire así, yo no dejo que me pongan las manos encima por las buenas. Yo soy muy mío para las cosas de meter mano. Pero Margarita, Margarita... Tendré que contar la historia. Resumamos.

Ella venía de hacerse un reconocimiento en un hospital de Santiago e iba a Coyaique a despedirse de su madre agonizante. Se perdió en el aeropuerto. "Hoy no tengo la cabeza para aeropuertos". "Son un laberinto", le dije por decir. Pero el caso es que yo tampoco tenía por qué haberme sentado a su lado. En realidad, sin darme cuenta llevaba el billete de mi hermana. Pero era nuestro cuarto avión en menos de veinticuatro horas y tampoco teníamos la cabeza para aeropuertos, ni asientos, ni conversaciones. Mi hermana se sentó seis filas más adelante de donde le correspondía, yo seis filas más atrás. Y Margarita me sonríe y yo soy una persona amable. Soy encantador, joder.

Y hablamos. Habla ella. Me cuenta. Y en circunstancias normales yo no daría crédito. Pero esto es un viaje iniciático. Lo sé mucho antes de partir. Y en los viajes iniciáticos pasan estas cosas. Margarita tiene un hijo en la base naval de Talcahuano. Yo tengo otro hijo allí. Se apellida Hexamer. Es ingeniero naval, hijo de un ingeniero naval alemán que se casó con una chilena. Es mi hijo. Personaje de una novela. Se me murió hace un par de años, pero yo miro a Margarita y la veo en la mesa de operaciones. Fibrilando. Palas. Calambrazo. Y sé que algo va a pasar.

Como iba diciendo, ella también tiene un hijo en la base. Acaba de volver de Cartagena a bordo de un submarino construido en el astillero de Navantia, la antigua Bazán. El Scorpene. Joder, esto se pone interesante. Le cuento que soy de Cartagena, que mi padre era soldador de submarinos, que mi hermana hizo fotos de la botadura y de la despedida de los marinos e ingenieros chilenos para un periódico local.

Le pido que me cuente de Talcahuano. Yo he leído de Talcahuano. He escrito de Talcahuano (años 1914-17) sin haber estado nunca allí. Ella me describe la vida en la base naval. Muy parecida a cómo es la vida en la base naval de cualquier ciudad portuaria. Los controles militares. Las castas. Los clubes de oficiales y suboficiales. Las piscinas solo para marinos de alta graduación. Empiezo a bostezar. Todo eso me lo sé. Y superada la sorpresa inicial, una sorpresa atenuada porque estoy en modo no surprise, me doy cuenta de que hasta un viaje iniciático tiene momentos que son un coñazo.

Paso de Talcahuano. Me intriga la falda azul. Le pregunto.

Sí, fue feliz con aquella falda azul. Estaba casada. Tenía hijos. Había hecho un pacto con su marido antes de casarse. Se conocían de niños. Fueron novietes. Tonteaban. Les obligaron a casarse sus respectivas familias porque pensaron que ella se había quedado embarazada. No era así, pero da igual. Se casaron sin amarse, pero queriéndose. E hicieron un pacto. Si alguna vez uno de los dos encontraba el verdadero amor, el verdadero AMOR, el otro no pondría pegas para que lo viviese. Me quito el sombrero.

Ella no amaba a su marido, pero lo quería. Y viceversa. Por aquella época llevaba una falda azul. Un día su marido encontró al verdadero amor. Se lo dijo. Se fue. Ella no le dejó irse así como así, a pesar del pacto. Hubo sufrimiento. Margarita no se volvió a poner la falda azul. Me dijo que, hasta la fecha, no ha encontrado al verdadero amor. Y quizá ya es tarde. Me confiesa, riéndose, que una vez le puso el gorro a su marido, que es como los chilenos llaman a los cuernos. Poner gorro. Quizá fue por venganza. En cualquier caso, fue un gorro que no pasó de un beso en los labios. "Mi marido fue mi único pololo". Y sonríe.

Margarita, la primera vez que sufrió un infarto, estuvo en coma casi un año. Despertó una mañana. Había perdido la facultad de hablar, la va recuperando poco a poco. A mí me asombra que diga eso, porque su dicción es límpida y su gramática impecable y su vocabulario rico. Margarita escribe poemas. Me recita uno. Ni fu ni fa. Le digo que también escribo. Me dice que lo sabe. Le digo que estuve atascado. Y me dice que me atasqué "porque no había recibido". Y como no había recibido, no podía dar. "Sólo darás lo que seas capaz de recibir, sólo sufrirás lo que seas capaz de soportar".

Me habla del espíritu santo, aunque no soy creyente. Pero lo hace respetando mi falta de fe, sin afán proselitista. Desde que despertó de aquel primer coma, ella va por los hospitales imponiendo las manos. "Mis manos dan calor, pero no se las impongo a cualquiera. Tiene que ser a alguien que sufra. O alguien que tenga luz. O las dos cosas. Y tú sufres, sufrías. Y tienes luz. Lo he visto desde que entraste en el avión".

No me acojono porque, como dije, es un viaje iniciático, y no es cuestión de cagarse por la pata abajo a estas alturas. Le digo que escribo un blog y que mi nick es Laluzenmí. No por nada místico ni espiritual ni vainas por el estilo, sino porque en la peli Días de fútbol, Ernesto Alterio, cada vez que se pone de los nervios y con ganas de dar hostias, masculla "la luz en mí, la luz en mí" para calmarse. Y yo soy encantador, pero cuando se me hincha la vena, cuidado conmigo.

A lo que iba. Margarita quiere imponerme las manos. El señor con pinta de ejecutivo hace como que lee El Mercurio, yo me pongo a la defensiva, pero si se empeña... Cierro los ojos, pero dejo un rabillo abierto (soy periodista, no lo puedo evitar). Ella apenas roza mi cabeza. No reza. Solo da pases de prestidigitador. No siento nada. Termina. Me mira. Ve que no he sentido nada. Sonríe. Decepcionada.

Me conmueve su decepción.

Le digo que lo intentemos de nuevo, que no me pondré a la defensiva. Recupera el ánimo. Se quita el reloj, una sortija. Yo me quito las gafas. Me dice que ponga las manos en posición de ofrenda, con las palmas vueltas hacia arriba. Lo hago. Cierro los ojos. Esta vez no hago trampas. Y noto el roce de sus dedos en mi cara, en mi frente, en mi nunca, picoteando mi cráneo, pero básicamente lo que hace es pasar las manos a milímetros de mi piel sin tocarme. Y me esfuerzo por sentir algo. No siento nada, pero me esfuerzo. Y me resigno a no sentir nada, orgulloso al menos de haberlo intentado.

Y de repente...

Calor, un calor primero difuso, luego concentrado, un punto de calor en mi cerebro, un calor que se expande por mi cabeza, que me baja por la punta de la nariz, que salta al mentón, que me baja por el cuello y se aposenta en mi corazón. Como una lumbre de leña de almendro un día de invierno. No he sentido nada igual en mi vida.

Por la megafonía del avión anuncian que vamos a iniciar el descenso, que nos abrochemos los cinturones de seguridad... Abro los ojos. Margarita me da un beso. Se pone el reloj y la sortija. Yo las gafas. Me siento bendecido, ateíllo como soy. Me asegura que todo irá bien. Que estoy en el camino. Mi vida, mi familia, mis libros, mi amor. Luego me propone un acertijo. ¿Cuál es la parte más importante de nuestro cuerpo? Me rindo después de varios intentos. Dice que es el ombligo. Que nuestra primera comunicación, el amor, el alimento, se nos dieron gracias a él. Y blablabla... Y que si un dolor compartido es medio dolor y una alegría compartida doble alegría... Y que si tiene un pretendiente que la está pololeando... Y blablabla...

Y aterrizamos. Y mi hermana me saluda seis filas más adelante. Y nosotros la saludamos al unísono. Y luego, en el barco, un barco de millonarios donde hay una masajista que es como una ardillita sonriente, el último día sucede algo, aprendo algo que no empaña lo anterior. Estoy en la mesa de masajes, explicándole el prodigio a la ardillita, que ha empezado a untarme de aceite mapuche el dedo gordo del pie derecho. Y me cuenta que lo del avión no es nada especial. El calor y todo eso. Que es reiki.

Vale, reiki. Ok, no pasa nada.

Y me da masaje en la pierna derecha. Y cuando va a pasar a la izquierda me avisan de que el helicóptero está a punto de despegar. Y tengo que subirme en él, porque va mi hermana haciendo fotos y si se cae el helicóptero, no puedo volver a España. Mi madre me mata. Y me subo al helicóptero con una pierna masajeada y la espalda llena de nudos. Pero me da igual. Veo los fiordos, los valles, las ensenadas, las montañas, los alerces, los canelos, los ojotes, los volcanes con nieve, los prados, las cabañas de los salmoneros, los penachos de humo de los barcos de carbón de la guerra del 14, la recua de mulas con la que Hexamer intentará la proeza de atravesar los Andes. Estoy viendo el país de las manzanas... Y es tal y como lo había imaginado.