Exégetas que viven de dar cuerda a los relojes. Expertos en amañar profecías. Corredores de apuestas que asesinan caballos para extraerles la esencia del galope y venderla en dosis miserables, a precio de turquesas, a su círculo de clientes y amistades. O los que fuman en una pipa torneada como un tulipán, recostados en almohadones esparcidos sobre un kilim, y beben té azucarado para que no les baje la tensión. O los que visitan la bitácora cero segundos, según las estadísticas, o desde un ordenador ignoto, o desde Paris-Ille de France, con taciturna fidelidad, ¿quién eres, quién serás, por qué nunca has dejado un comentario?

Pero yo rezo por embaucar a algún ingenuo. Alguien sin defensas ante las palabras, sin fintas aprendidas en los comentarios de texto, sin la sórdida astucia de unas sábanas de colegio mayor, sin que espere con ansiedad de fin de semana el tiro de gracia en el lavabo de costumbre. Alguien que no me comprenda y, sin embargo, no se empeñe en acuchillar significados. Que deje hacer a las palabras. Son lentas, lentamente se disuelven en la vida con la efervescencia de un sobre para el catarro.

Bendito sea ese lector que pensé que nunca tendría. Para él escribo. Para el que no enarca las cejas, pero sí arruga la frente unos instantes, antes de abrir la mano y liberar la duda, la duda o lo que sea, pero con vida. Cazador de moscas con buen corazón. Para el que humedecería con saliva su pulgar antes de pasar la página si no estuviera ante un teclado. Para el que no se hace ilusiones. Y tampoco sospecha por sistema. Para el que, sencillamente, degusta, sin esforzarse en atar cabos sueltos o tender puentes entre mi confusión y su perplejidad; mis sermones y su risita condescendiente. El único puente que tolera nuestro peso es el del placer, sin más alardes de ingeniería que los justos.

Para ti, escribo para ti. No me había dado cuenta hasta esta noche.