Éramos cuatro en un piso de tres dormitorios: dos ingenieros informáticos, Conan y yo. Los ingenieros trabajaban y ganaban una pasta. Conan y yo estudiábamos y nuestras respectivas familias nos mantenían. Los ingenieros pagaban 25.000 pesetas al mes de alquiler. Conan y yo, 12.500 porque compartíamos habitación.

De La Elipa recuerdo el autobús 110, Necrópolis-Manuel Becerra; el túnel bajo la M-30 poblado por indigentes (había una chica alcohólica, de unos treinta años, pero muy avejentada, a la que daba bocadillos a cambio de conversación: mortadela por una porción de biografía, pero no conseguí que me contase su historia, salvo circunvalaciones pudorosas a un foco de enorme dolor), el cementerio de La Almudena, por donde me encantaba correr. Y, sobre todo, el paisaje desde la ventana de nuestro dormitorio. Se veían, en sucesivos planos perfectamente escalonados:

1) Campo de fútbol de tierra.
2) Cocheras de la Empresa Municipal de Transportes (EMT).
3) Cipreses del cementerio.

Para una mente poética:

1) La vida, con sus juegos, zancadillas, balonazos, goles, victorias y derrotas.
2) Autobuses aparcados en la Laguna Estigia, donde Caronte esperaba al volante para que le picásemos el bonobús.
3) La muerte.

De mis compañeros de piso, recuerdo:

1) Ingeniero informático A: no me acuerdo de su nombre, era de Burgos, ponía cartelitos en el frigorífico para que no nos comiésemos sus yogures, morcillas de arroz, etc. Un sábado (los ingenieros se piraban el fin de semana) Conan me enseñó una caja que había encontrado en el dormitorio del burgalés. Contenía fotografías en blanco y negro de su novia, una chica delgada y rubia de pelo corto. Estaba desnuda. Las fotos eran muy malas técnicamente (quemadas o subexpuestas, encuadres previsibles, etcétera). Intentaban ser artísticas y fracasaban. Como fotos para excitarse también fracasaban. La chica no hacía nada en ellas, salvo posar con cara de palo. Como decía Conan: "Vaya mierda. Ni siquiera se mete el dedo en el chichi".

2) Ingeniero informático B: era de Barcelona, muy simpático, me regaló una corbata por mi cumpleaños. Lo invité a casa una vez, durante las fiestas de Carthagineses y Romanos. Tampoco me acuerdo de su nombre.

3) Conan. Lanzador de jabalina, plusmarca junior, becado en el Instituto Nacional de Educación Física (INEF). Su padre era conocido por su ideología ultraderechista. Comandante de un barco de guerra, se mosqueó con un policía nacional en un bingo de El Ferrol. Volvió al barco. Pidió voluntarios para lavar la afrenta entre la marinería de guardia. Se armaron hasta los dientes. Regresó al bingo. Redujeron al policía nacional y consiguió que le pidiese perdón y restituir así su honor mancillado. También consiguió un arresto y truncar su carrera en la Armada.

Conan y yo nos hicimos muy amigos. Él no comprendía que a mí me gustase correr tanto. De sus brutales entrenamientos, correr era lo que más odiaba. Y además, y tenía razón, a los corredores de fondo se nos pone cara de agonizantes, se nos chupan las mejillas, y la estampa no es nada atractiva a la hora de ligar. Cuando entrenaba, llegaba a casa con un hambre feroz y esquilmaba la nevera, por eso el de Burgos protegía sus viandas con letreritos. Conan bebía cartones de leche de un solo trago. Tenía novia. Cristina. Guapa, un encanto. Pero le puso los cuernos porque en una fiesta universitaria ligó con una tía que tenía unas tetazas. Y las tetas eran su perdición porque Cristina era más bien plana. Yo estaba en Cartagena aquel fin de semana. Como prueba de cargo, guardó cuatro condones en el frigorífico para que el lunes viese que había triunfado. Cuando sugerí que los condones bien podían haber sido rellenados con zumito de Onán, él estaba preparado para demoler mi incredulidad. Sonrió como Jesucristo hubiera sonreído a Santo Tomás, con caritativa suficiencia, le acompañé al dormitorio, levantó su almohada y sacó un sujetador de la talla 110.

Una noche, Conan y su novia cortaron. Fue en mi cumpleaños. Habíamos ido a cenar los del piso (menos el de Burgos) y Cristina a una pizzería. Luego jugamos a los dardos y bebimos cervezas en un pub. Luego Conan y Cristina discutieron y ella se fue llorando en un taxi. El de Barcelona y yo tuvimos que convencer a Conan para que no se tirase por uno de los puentes de la M-30. Tampoco es que tuviésemos que argumentar demasiado. Lo justo, vamos. Fue un amago, porque si se empeña, hubieran hecho falta cuatro tíos más para frenarlo. Se reconciliaron unos días más tarde y de nuevo volvieron a cortar, ya para siempre.

Conan me contó que durante unos campeonatos de Europa de atletismo, la última noche (cuando los deportistas se relajan después de la competición las orgías de Tiberio deben quedarse cortas) un lanzador de martillo y un velocista se follaron a una corredora de 800 metros en la habitación del hotel. Imitaban voces de culebrón venezolano mientras se la estaban tirando. "Gosaasss mi amoooor", en ese plan... Conan imitaba a su vez aquellas voces mientras lo contaba con auténtica delectación.