Reconozco que he llegado tarde. Unos minutillos. Tengo coartada. El amor, que me pone remolón. Y yo doy y recibo mucho amor y así no hay quien sea puntual con la Seguridad Social. Rosario, la de Mi gato, tuvo un novio que dijo: "Sircula musho amor entre nosotros". Qué fiera. Yo soy un guardia urbano del amor. Estoy metido en un atasco de amor y llego tarde al centro de salud. Problema: cualquiera le explica a la doctora Esparza... Sí, tengo coartada, pero no va a colar.

Así que me ha saltado y espero sentadito.

La doctora Esparza es nueva. Está abrumada. Está sobrepasada. Sus pacientes nos sentimos huérfanos del doctor Egea, que era un géiser de amor enfundado en una bata blanca. Viejetes, marroquíes, yonquis, profesionales liberales (qué raro suena eso) como un servidor, que tiene colesterol desde que se rompio el tendón de Aquiles (ya no corro maratones, y aunque Manoli me hace herviditos, en cuanto se descuida, ¡ñaca!, yo pecador)... El doctor Egea ha sido interino durante décadas. Ahora tiene plaza fija y ha pedido el traslado. Y lo peor es que se lo han concedido. O algo así me ha explicado una de sus desconsoladas pacientes en la sala de espera.

Hay mala hostia en el centro de salud Casco Antiguo. Se palpa en el ambiente. Y a la doctora Esparza se le cuelan, la torean, la intimidan, se defiende, finalmente se rinde.

Una anciana que asegura, con voz lastimera, haberse caído, no respeta el turno y entra cojeando resueltamente en la consulta. Sale de ella caminando muy derecha, muy flamenca, casi saltando a la comba.

Una gitana muy gorda se ha meado en la falda. Se le ha escapado el punto, vamos. Su sobrina se lo recrimina a voces. Tampoco parece muy dispuesta a guardar la vez. El resto de pacientes cedemos, gustosamente, caballerosamente, nuestro turno.

Otra señora alega un súbito subidón de tensión. "Estoy mareadísima". Pasa muy nerviosa. Sale. Serena y tranquila como un lago de montaña.

Yo escucho mi mp3 (Bedshaped una y otra vez) con una oreja y con la otra, lo que se cuece. Lo bueno de escribir un blog es que este tipo de situaciones, que en otras circunstancias te tocarían mucho los huevos, dan para un post.

Cuando se abre la puerta, levanto un dedo, tímida, pero firmemente. La doctora nombra a un tal Escamilla González, que resulta ser un anciano malhumorado, pero lento en incorporarse. Sigo levantando el dedo como un escolar que sabe la lección, lo agito. La doctora Esparza me interroga con la mirada.

—Perdone, ¿es que se ha saltado al de la una menos cinco?
—No, que yo sepa.
—¿Entonces? Porque yo estaba aquí a la una menos cinco como un clavo y todavía no me ha nombrado. ¿Es que va con adelanto?
—No, voy con retraso.
—Ah, pues me ha saltado.
—¿Se apellida usted...?
—Sánchez.
—Sí, vaya... Aquí lo tengo. Juraría que lo nombré pero nadie respondió. Aguarde un momento señor Escamilla. Pase señor Sánchez... Y lo siento. Tengo una mañana de locos.
—No se preocupe. ¿Nueva por aquí?
—Sí, adaptándome. ¿Qué le pasa?
—Nada, vengo a por las pastis. Zarator, 10 milígramos. Nueve cajas.
—¿Cómo que nueve cajas?
—Sí, el doctor Egea me firmaba recetas para nueve meses.

Voy de farol, como mucho y llorándole, el doctor Egea me firmaba tres recetas. La doctora Esparza me mira. Sostengo su mirada. Tiene ojeras. Jugamos una minipartida de póquer de cinco segundos. He ganado. Estoy seguro de que he ganado...

Pues no. Ve mi apuesta.

—No puedo. Le haré dos recetas.

Me juego el todo por el todo.

—Es que, por mi trabajo, tengo que viajar mucho... Y desplazarme cada dos meses al centro de salud me supone un grave inconveniente.

Se lo piensa.

—Está bien. Haremos una cosa. Le voy a dar de alta como crónico. No tendrá que venir más a consulta, salvo para los análisis anuales. Solo tendrá que pasar por el mostrador de abajo y retirar las recetas. Por cierto, ¿cuándo se hizo el último análisis? En el ordenador pone que... Déjeme ver... En 2005.
—No se preocupe. Estoy bien. Estoy como una rosa. Estoy mejor que nunca.
—En cualquier caso, después de las fiestas y cuando tenga un rato, pida cita y le daré un volante para un análisis. Nunca viene mal.
—Gracias, es usted un sol.
—No hay de qué. Cuando salga, puede avisar al siguiente paciente... Escamilla González.
—Por supuesto.

Y salgo con mis recetas y sonrío al señor Escamilla.

—Su turno.

Se levanta sin devolverme la sonrisa.