Es de Iowa, Nebraska, Dakota del Norte... no me acuerdo. De uno de esos estados forestales donde solo hay osos, indios jugando a la ruleta y tíos con camisa de cuadros cortando leña a hachazos. Vino a España. Se casó con una española. Tiene un hijo y ha encargado otro. Ahora vive en Barcelona y ya es capaz de vencer la tentación de aderezar la paella con mantequilla de cacahuete. Es un gran fotógrafo, de esos de sombrillitas, focos y toda la pesca. Lleva una cámara que parece del siglo XIX, un híbrido de Hasselblad y máquina de daguerrotipista que compró en el Rastro. Una vez nos dieron un premio por un reportaje curradísimo sobre flamenco, pero los del festival del Cante de Las Minas enviaron la cartita a la publicación y un hijoputa (delegado trepa) lo recogió por nosotros y lo puso en las vitrinas del periódico para hacer méritos ante la dirección. Ni nos avisaron. Otra vez nos comimos un churrasco providencial en Pamplona, después de un viaje relámpago para fotar a un jesuita. Y a la vuelta, nos cayó una nevada tan acojonante, que la nacional fue cortada, tuve que dejarlo en la estación de Zaragoza y yo acabé en Teruel temblando como un pajarito y alelado por la belleza de la arquitectura mudéjar.

El lunes fue un día horrible. De esos que cuando te mueres, te salen en la película de tu vida (yo creo que será más bien un zapping) dentro del top ten de días horribles. Hice daño y no tenía consuelo. Me sostuvo con paciencia una buena amiga. Pero hasta el santo Job, cuando le tocan mucho las pelotas, salta. Por la tarde, cuando peor estaba, Mark me envió las pruebas de un retrato para una pieza que estamos preparando. Estuve mirando esas fotos como una hora, embobado. La felicidad que desprenden Verónica, camarera; su novio Marc (con c), mecánico y Laki, que llevaba seis años en una perrera hasta que lo adoptaron los antedichos, es tan contagiosa que, poco a poco, fue impregnándome, ósmosis benefactora. Dame un punto de apoyo y moveré el mundo, decía Arquímedes (creo). Dame fotos balsámicas y cicatrizaré tu alma, digo yo.

Al día siguiente (o sea, ayer), fui perdonado. En líneas generales, el perdón tiene su miga, no termina de encajarme. El que perdona se coloca en una posición de superioridad. Soy tan bueno, tan superior a ti, que te perdono... Chúpate esa. En este caso no. Me hacía falta ese perdón. También fue una despedida. Una despedida para siempre (la persona que me ha perdonado se muere, se está muriendo, tiene 30 años, hay que joderse). Me obsequió con un refrán judío: "A donde llega el hombre arrepentido, ni los santos son capaces de llegar". Mi ángel de la guarda, que se parece a Sinead O'Connor, pero con gafas. No todo el mundo tiene el privilegio de conocer a su ángel de la guarda. Yo lo tuve. Y le arranqué un ala y la pisoteé.