No se ha conectado en toda la mañana. Yo aquí, con 6,62 euros de crédito en mi skype, comiéndome el tarro mientras escribo un alimenticio reportaje que tengo que entregar mañana. Bien, ya me comí el tarro. He llegado a conclusiones. Agárrense que vienen curvas.

Sabéis que me pierden las tías inteligentes. A otros les intimidan. Mi hermano, por ejemplo, lleva saliendo con la misma tía (pibón, veinte tacos, pocas luces, las suficientes para provocar cortocircuitos en la cama) desde que éramos mengajos. Solo que él la va renovando. Primero cada cinco años. Ahora cada tres, dos, un año. Otros renuevan el DNI o el carné de conducir, a él se le caducan las tías porque siempre es la misma, aunque tengan nombres distintos o sean rubias, morenas o peliteñidas.

Yo tengo anticuerpos para estas tías. Muy a mi pesar. Mi sistema inmunológico los ha producido para protegerme de las frustraciones, puesto que nunca se fijan en mí, nunca saldrían conmigo, nunca se acostarían conmigo, excepto si hay cash de por medio. Así que, incluso cuando hay cash de por medio (reportaje en puticlub, despampanante rubia de Moldavia, 19 añitos, ojos verdes, las tetas limoneras y el culo respingón, como a mí me gustan) mis anticuerpos, que son unos macarras, intimidan a mis apocados espermatozoides. Perdonad que lo explique tan gráficamente. El caso es que con estas tías soy un santo varón, un padre de la Iglesia, un eunuco de voz aflautada.

A lo que íbamos. Inteligencia + Mujer. Si encima escribe, ya no te quiero ni contar... No tengo anticuerpos para estas tías. Mi organismo está desprotegido. Mi alma sucumbe a su contagio. Mi corazón produce unos latidos esmirriados, melancólicos y tan melosos que da asquito. Solo le falta fibrilar.

La ventaja (y la desventaja) de este tipo de romances (casi siempre unilaterales) es que, como no tengo anticuerpos, mis apocados espermatozoides podrían envalentonarse y hacer de las suyas, pero como lo más probable es que haya:
1) cientos o miles de kilómetros de por medio,
2) msn u otro medio electrónico y sin chicha de por medio,
3) otras relaciones de pareja de por medio,
4) cualquier otro impedimento que no se me ocurre ahora, pero fijo que lo hay, de por medio,
mis apocados espermatozoides se achantan y no se comen una rosca. Así que sigo siendo un santo varón. Un esposo modélico. Un ejemplo de vida conyugal sana y católicamente irreprochable. Veo mi canonización en perspectiva. Vaya si la veo.

Pues bien. En la blogosfera leo a mucha gente que escribe de puta madre, por lo menos una docena que escriben como los ángeles, y conozco incluso a tres personas que deberían escribir un libro, que tienen la obligación moral de escribirlo porque para eso tienen el don. Una es en realidad uno, y como no tiene tetas limoneras ni el culo respingón, que yo sepa, queda automáticamente descartado de mis cuitas sentimentales.

Las otras dos son muy distintas. Y como no voy a poner enlaces a sus blogs, los morbosillos pueden dejar de leer en este mismo instante. Yo puedo ser muy cabrón, pero ante todo soy un caballero y nunca revelaré las identidades de las culpables de que mi corazón fibrile y aspire incautamente a algo, llámese amor, llámese rollete, llámese como se llame, y me haga decir estas barbaridades.

Una tiene una gran historia que contar, aunque todavía no haya afilado su mirada. La otra tiene las pupilas más penetrantes y certeras que he visto en mi vida, pero todavía no tiene una historia que esté a la altura. En cuanto al oficio, es lo de menos. El escritor se cuaja escribiendo. Escribano no hay camino, se hace camino al tachar.

Para las dos será dificilísimo, porque la vida casi siempre juega en contra de los escritores. Y no hablo de best sellers ni de premios planeta ni de hostias en vinagre. Hablo de alguien que tenga la honradez y el valor para sentarse delante del ordenador y contar una historia. Una historia que merezca ser contada. Aunque luego no se publique. O se publique dentro de cien años. O ni dios la lea. Eso es lo de menos. Hablo de una historia, no de editores, mercadotecnia o canapés.

Ya digo, la vida juega en su contra. Lo sé por experiencia. Yo lo intenté un par de veces. La primera tenía la mirada bien engrasada, fresca, en forma, pero no tenía nada que contar. Era demasiado pronto. La segunda tenía una gran historia, pero no fui capaz de mirarla de frente y con cojones. Demasiado tarde. Cuestión de sincronización. Va a ser eso.

Quizá pueda algún día. Pero intentarlo y fracasar será todo lo bonito y heroico y Pierre de Coubertain que queráis, pero es devastador. Uno no se recupera así como así. Y reunir el valor para darse otra vez el trompazo cuesta. Lo digo por mí, pero sobre todo por las dos tías con tetas limoneras, culo respingón, una inteligencia crepitante, una historia que contar y el don para contarla que conozco. No tengo anticuerpos para ellas, pero mis apocados espermatozoides no se comerán un torrao. Que lo sé yo. Y me da igual, con tal de que escriban.

¿Me oís?