Cementerio de La Recoleta, Buenos Aires. Nos llevó Mathias, el menos germano de los corresponsales alemanes. Soy su amigo. El menos hispano de los freelancers españoles. Nos hicimos fotos en la tumba de Evita, claro. Luego comimos lomito con papas en La Biela con Laurabaires.

Liliana Crociati de Szaszak. Ni puta idea. Mathias nos contó historias del cementerio, pero a Liliana no la tenía controlada. Historias de La Recoleta, en el corazón de Buenos Aires. Nada que envidiar al Père-Lachaise. Hoy estoy gandul. Solo hablaré de Liliana.

A Su le dio mal rollo en cuanto la vio. Mal rollo de ponerse a punto de caramelo pensando en la tragedia que ella solo era capaz de imaginar, pues Mathias, por una vez, se encogió de hombros. Yo me fui directo al perro. Cómo mola ese perro. Se llamaba Sabu. Liliana también mola. Me la pido como fantasma. En fin, nos hicimos fotos. Turistas del dolor. El dolor ajeno duele menos. El dolor necesita dolientes. Si no hay dolientes a la vista, deja de ser dolor. Se convierte en otra cosa. No sé en qué, pero sé que su textura se hace calcárea, algo así como un fósil de trilobites. Lo encuentras. Lo coges. Lo examinas. Te lo metes en el bolsillo. Lo miras de vez en cuando. No por nada, sencillamente porque te aburres y está ahí.

Dolor. Yo escribí un poema sobre el dolor. Mejor dicho, sobre el dolor que se convierte en otra cosa. Y ahora voy a ser tan vanidoso de transcribirlo aquí, aunque me dan grima mis poemas pues en ellos me pongo de un pedante que es para pegarme bofetadas. Pero se lo debo a alguien. Se titulaba Botella de lágrimas y lo escribí tras la visita a un museo de Teherán. Luego lo titulé Botellitas, que suena menos espléndido. Y luego lo mandé a tomar por saco (en puridad, a la carpeta Mardita, que así se llama el purgatorio de mi disco duro, pues ya no hay limbo. Los cardenales se cepillaron el limbo. No tenían otra cosa qué hacer).

La digital es impredecible en interiores
y sin flash, pura lotería.
Otros visitantes atienden la alabanza
de una vajilla decorada con ensalmos
que sólo rezan ya los arqueólogos,
pero yo me quedo atrás, tanteando la penumbra
con el fotómetro fibrilante,
zahorí hechizado por estas botellitas de cuello sinuoso
en tonos índigo, azafrán, iridiscentes (Calvin Klein
pagaría millones por el diseño
de ese soplo que esculpe
un pasadizo de tenues cervicales
y un alvéolo de vidrio a medio coagular).

Con dicción monocorde, el guía ha comentado
que el hombre iba a la guerra
y la mujer envasaba los sollozos
como prueba de amor: relente de mil noches
tironeando en sueños de la zarzosa barba
cuya ausencia era urticante,
temiendo la saña del cruzado
o envidiando celosa la violencia
y el deleite del pillaje: los ávidos zarpazos
a los duraznos de las cautivas.

Evaporadas las razones del llanto,
caliza y turbia como el agua del grifo,
la salmuera sin tiempo.

Hago rebotar el flash en el alto techo de estuco
hasta encontrar un ángulo que evita los reflejos,
confiando en que el vigilante no se mueva de la estufa,
y no sé si es bueno o malo,
pero sé que me alivia y me deprime,
mientras vuelvo al rebaño con cara de inocente,
pensar que hasta la fecha he llorado lo justo
y que por mí se han derramado lágrimas contadas.

Y ahora que lo pienso. A lo mejor las lágrimas de esas botellitas (y por tanto el poema) no brotan del dolor, sino de la ausencia, de la soledad, de la añoranza, de los celos, de la tristeza... Se parecen al dolor, pero no son exactamente dolor. En fin, como ya he hecho el copypaste, ahí se queda.

Liliana. Su padre escribió el siguiente epitafio. Y éste sí va del dolor. Está escrito en italiano, pero el dolor es un lenguaje universal. Se entiende sin necesidad de filtrarlo por el babelfish. Aunque estuviese escrito en mandarín, si un chino lo leyese en voz alta, lo entenderíamos.

A Mia Figlia

Solo mi chiedo il perché
Tu sei partita e distrutto hai lasciato il mio cuore.
Che te solamente voleva perché?
Perché? Solo il destino sa il perché e mi domando perché?

Perché non si puo stare senza te, perché?
Tanto bella eriche la natura envidiosa ti distrusse, perché?
Perché, solo mi domando se dio c'e, con se porta viacio che suo non é.
Perché si distrugge e lascia all infinito il dolore!

Perché, credo al destino e non a te perché?
Perché solo so che sempre sogno con te, perché c'e di ché?
Per tutto l'amore che sente il mio cuore per té.

Perché? Perché?

Il tuo papá.

Y Susana, claro, lo leyó y se echó a llorar. Lo cual invalidaría mi teoría de que el dolor no duele cuando desaparecen los dolientes. ¡Claro que la invalida! ¡Yo y mis teorías! Ya en España, Susana ha releído el poema mientras editaba las fotos. Y ha seguido notando la punzada. Esta cría está hecha de blandiblú.

Yo he buscado hoy en el google (es un vicio, ya). Resumo la historia telegráficamente: Liliana Crociati, 25 años; luna de miel, Alpes austríacos; 26 de febrero de 1970, alud de nieve que sepulta una noche el costado del hotel donde se alojaba con su marido, murió en la cama; sepulcro neogótico, arcos ojivales, catre revestido de ladrillos y mayólica española; ataúd envuelto en el sari rojo que ella compró en la India, escultura de encargo a Wilfredo Viladrich, Liliana vestida de novia con su perro, su peinado favorito; su temperamento artístico, estudiaba Bellas Artes; la tumba de madera y vidrio que exigió su madre, ¡nada de piedras!, ¡nada de flores! (a Liliana le gustaban las flores, pero no las flores muertas); Liliana pelirroja de ojos celestes, te amo.