Era mi rival de tenis favorita. Tenía 36 años, yo 30. No hubo nada entre nosotros. No nos acostamos, ni fuimos amantes, ni tonteamos. Jugábamos al tenis de ocho a nueve de la mañana. Luego cada uno cogía su coche. Yo iba al periódico. Tenía una taquilla en el vestuario de los de rotativa. Me encantaba la rotativa. Y los que trabajaban en ella. Gente con mono azul, horario nocturno, buen humor, mala hostia. Me duchaba allí. Ella iba a su casa. Y luego también al periódico. A veces coincidíamos en la máquina de café. Después de jugar al tenis, yo me atiborraba de pastelitos de cabello de ángel, reventado y sin ganas de nada. Ella se servía un café y subía a su ordenador, espléndida, maquillada, fresca.

Era rubia y con el pelo rizado, media melena, los ojos azules. Los fotógrafos decían que, en sus buenos tiempos, fue un bombón y tenía a medio periódico babeando. Era jefa de sección (un puesto poco lucido para sus méritos), yo el pringao de los reportajes marroneros. Podía haber sido subdirectora, o redactora jefe, por años en el periódico y porque lo valía. Tenía instinto para las noticias, capacidad de trabajo, irradiaba compañerismo y en su sección se iba la última, como debe ser. No le conocí un mal gesto, una mala palabra. Pero la vi llorar tres o cuatro veces en público, de impotencia, rodeada de tanto hijoputa. Decían que era blanda.

De redactor jefe para arriba, había varios que presumían de habérsela pasado por la piedra. Fardaban de ello. Un periódico es lo peor de lo peor. Y en el mío era difícil esquivar las puñaladas. Yo curraba mucho, muchísimo. Jornadas de doce horas, de catorce. Hubo un terremoto y trabajé todo el día, toda la noche, dormí unas horas en el coche, trabajé otro día entero. Era el pringao, pero confiaban en mí. Más les valía, porque la mayoría eran generales, y soldaditos, los menos. Había un director, un director adjunto, dos subdirectores, no sé cuántos redactores jefes, incontables dinosaurios en mesa esperando la jubilación mientras envasaban teletipos, y una generación de jóvenes brillantes a los que la calle les daba urticaria y que querían ser oficinistas, medrar, convertirse en dinosaurios antes de cumplir los treinta, ponerse corbata, cenar temprano.

Mi tenista preferida era una buena jefa. Y jugaba un tenis amable y estiloso, de club de tenis, golpes elegantes, faldita blanca, el pelo recogido con una cinta a juego. No sudaba, perspiraba. Bueno, sí sudaba, pero era un sudor igualmente elegante que hacía veneros sobre su piel caramelizada por los rayos UVA. Se cuidaba. Yo la veía con una cierta distancia. Entonces su edad me parecía la antesala de una madurez otoñal que, sexualmente, no me decía nada. Pero me encantaba jugar al tenis con ella, a pesar del madrugón.

Fue una época rara. De repente nos encontramos jugando al tenis y participando en torneos de periodistas por lo menos una docena de colegas, entre redactores y gráficos, y también gente de publicidad y de administración. Queríamos alargar la jornada, buscar alternativas a un curro tan monotemático y esclavista. Hacer deporte al amanecer, tomar cervezas a altas horas de la noche. Desconectar.

Tuve otros rivales. Cada uno era distinto. Yo procuraba entender al contrario, aunque perdiese los primeros juegos. Luego los machacaba (ésa era la teoría). Parece de perogrullo, pero la gente no suele mirar a otra gente, se miran a sí mismos. Nadie se fijaba en mi juego, mis puntos débiles. Ni siquiera necesitaba ocultarlos.

B., redactor jefe de nacional, era aguerrido y corajudo, pero si el peloteo se alargaba demasiado, el corazón se le salía por la boca y claudicaba a escasas pulsaciones del infarto.

R. era tan competitivo en la cancha de tenis como en el trabajo. Necesitaba demostrarte lo superior que era. Humillarte a ser posible. Tenías que humillarlo si querías ganarle. No darle ninguna opción. Una vez que él perdía 6-0 y 5-0, lanzó todas las bolas, una por una, a la puta calle, previo paso por la estratosfera, a raquetazo limpio. Yo había comprado las bolas. Me dijo: "Hace viento, no se puede jugar". Y se piró. Por la tarde, en la redacción, me trajo una lata de bolas nuevas y dio por zanjado el tema. A pesar de todo, éramos buenos amigos. Un tío capaz de acercarse a tu ordenador, sentarse en tu mesa, plantarte un beso sonorísimo en la frente y decirte que lo habías bordado en un reportaje. Cuando R. te daba un beso, es que reconocía tus méritos. Si mañana yo tuviera que volver al periódico (estoy en excedencia), sería mi superior inmediato. Añoro sus aullidos. Por la tarde, cuando se aburría escribiendo una información insulsa, aullaba. Soltaba un aullido de lobo desgarrador que se oía en toda la planta, desde economía a fotolitos.

M. B., jefe de fotógrafos, era mejor que yo, pero como solo nos daba tiempo a jugar un par de sets, solíamos empatar. Él ganaba el primero, yo el segundo porque tenía más fondo físico.

Enrique, diseñador gráfico, era basto y pendenciero y se vaciaba. Y le daba un calambre que lo fulminaba. Y se levantaba y seguíamos jugando. Y le daba otro calambre en la otra pierna. Y caía al suelo redondo. Y otra vez se levantaba. Un luchador que se aferraba a la pista, con muchas limitaciones técnicas, pero con un par de cojones. Se lo llevó un melanoma en seis meses. Nunca entendí cómo un tío tan correoso pudiese ser vencido con tanta facilidad por un cochino lunar.

Con el director solo jugué una vez, en tierra batida (club de tenis, que para eso era el director y podía permitírselo). Yo estaba acostumbrado al cemento de las pistas del Barnés y en la tierra batida no sabía derrapar. Me sentía torpe como un pato. Resbalaba una y otra vez. Acabé el partido rebozado en arcilla roja y harto de ser sobrepasado en la red (porque si vas a morir, mueres en la red) con globitos remilgados. No tuvo la decencia de hacerme paralelos o cruzados y demostrar algo de valor. Me tiraba globos ventajistas, atalayado en la línea de fondo, para asegurar mezquinamente el punto.

Ella era mi favorita (me repito). Nos compenetrábamos en la cancha porque éramos muy diferentes. Su tenis glaseado y burbujeante contra el mío, autodidacta y sorpresivo. Ella era mucho mejor que yo técnicamente, pero sus bolas eran blandas y yo llegaba a todas. Aquello me gustaba. Llevaba toda mi vida corriendo maratones y para mí, jugar al tenis era solo una carrera de fondo amenizada con raquetazos. Ella manejaba el tempo y las distancias. Me mandaba bolas a las esquinas, a la red, dejadas, contradejadas, golpes liftados, cortados, un alarde de fantasía contra mi repertorio básico y de andar por casa. Pero yo las alcanzaba todas. Los puntos se eternizaban. Y en una hora no habíamos terminado el primer set, así que ninguno ganaba ni perdía. Lo dejábamos así y nos íbamos al periódico. Tan contentos.

Me gustaban muchas cosas de aquellos partidos. Tenían alicientes extradeportivos. Por ejemplo, nos felicitábamos efusivamente cada vez que el otro conectaba un golpe bello, ganador o no, pero que fuera hermoso, que culminase un intercambio barroco y extenuante como una conversación de madrugada. Los piropos iban de un lado a otro de la red. Si el punto había sido muy largo y ella estaba sin resuello, yo corría a su lado de la pista a llevarle agua caballerosamente. O la toalla. O sencillamente, me ponía a medio metro de su cara para decirle: "Joer, qué bueno. Eres la hostia". Y ella sonreía mientras recuperaba la respiración. Cuando dábamos por zanjado el partido, nos felicitábamos con un apretón de manos. Con el tiempo, yo le daba también un beso en la frente, como hacía R. con todo el mundo. Me encantaba el olor de su pelo y el sabor de su sudor. Luego me iba al periódico, sacaba pastelitos de la máquina y se me mezclaba la dulzura del cabello de ángel con la memoria salada de aquel sudor femenino.

Por entonces, ella no salía con nadie. Los tíos le habían hecho daño. No quería verlos ni en pintura. Además de trabajar, estudiaba Derecho a deshoras. Quizá planeaba darle puerta al periódico. Luego se echó un novio (un novio no periodista, lo cual era novedoso y en cierto modo, parecía una liberación) y poco a poco, dejamos de jugar. Primero porque al novio no le gustaba que perdiese el tiempo con otros tíos. Y segundo porque coincidió con otra moda deportiva en la redacción: el golf. Al director le habían puesto casa en una urbanización con campo de golf y los promotores nos regalaron un cursillo para periodistas. Yo solo fui un día. Me molaba lo de dar estacazos a la bola. Pero no siempre le acertaba con el palo. Y si de diez intentos fallas cuatro te sientes ridículo. Además, madrugar y trasnochar y luego rendir en el trabajo, un trabajo en una ciudad a cincuenta kilómetros de casa, exigía demasiada resistencia física y mental. Dormía siestas en el coche. Se me escapaban tildes en los textos.

Solo vi al novio una vez. Me habían hablado mal de él. Pero nunca me he fiado de las habladurías de periodistas. Y había demasiado buitre en aquella redacción que quería tirársela, o le tenía ojeriza por no habérsela tirado, o por no haber estado a la altura cuando se la tiró. Vaya usted a saber. El novio tenía una barbita recortada, iba trajeado. Guapete. Tendría unos cuarenta años (mierda, mi edad ahora). Creo que era abogado o similar y nos detalló lo que ganaba al mes sin preguntárselo. A bocajarro. Yo gano tres veces más que ella y trabajo tres veces menos. O algo así, nos dijo.

Entonces me pareció un tío prepotente. Y un misterio qué veía ella en él. Estábamos en un pub con gente del periódico. Ella estaba nerviosa. Quería que su novio cayese bien. A su novio se la traía floja lo de caer bien. Solo le importaba demostrar que era su chica. Que estaba por encima de ella. Y que se la estaba pasando por la piedra. La toqueteaba y le daba besos en el cuello. Me pareció de mal gusto. Quizá solo era envidia, aunque ya he dicho que entonces una tía de 36 años no me ponía. A ella no parecía importarle aquello, así que a lo mejor no estaba tan mal y yo soy un rencoroso.

Hablé con él un rato, pero el diálogo fue un mónologo. Suyo. No sé por qué, surgió la mili como tema. Cuando le dije que yo la había hecho en los boinas verdes, me habló largo y tendido de su colección de armas cortas: pistolas y revólveres. Estuvo como media hora comiéndome la cabeza con calibres, uzzis, berettas, lugers, cargadores, aceites para limpiarlas... Como si yo fuera un entendido o me importara. Me importaba un huevo. Daba igual. A él le importaba y se explayó. Me invitó a su casa para que pudiese admirar su colección. Solo se callaba para dar un trago a su cerveza o tocar a su chica de una forma que puede que fuera cariñosa, pero a mí me parecía grosera.

Me levanté para ir a mear. Se vino conmigo al servicio. También tenía ganas. Se tomó su tiempo para sacársela y abrió un poco las piernas mientras orinaba, como si se perfilase para un duelo. Evidentemente, estaba encantado de tener una picha y poder empuñarla. Le hacía sentirse poderoso. Yo ya me estaba lavando las manos y él seguía con su ritual de pistolero, desenfundar, enfundar. Allí lo dejé. Supongo que no se lavó las manos porque salió del aseo sobándose aún la bragueta como si se acomodase la cartuchera. Dije que me iba. Que había sido un día duro. Antes de despedirme de ella, le pregunté qué tal le iba con su novio, que se jactaba de su colección ante otro incauto. Me dijo que bien, que a veces era un poco gilipollas y otras veces le daba un poco de miedo, sobre todo por el rollo de las pistolas que tenía en casa, pero bien.