La tenista
el 22 dic En: Retratos - 21 comentarios
Era mi rival de tenis favorita. Tenía 36 años, yo 30. No hubo nada entre nosotros. No nos acostamos, ni fuimos amantes, ni tonteamos. Jugábamos al tenis de ocho a nueve de la mañana. Luego cada uno cogía su coche. Yo iba al periódico. Tenía una taquilla en el vestuario de los de rotativa. Me encantaba la rotativa. Y los que trabajaban en ella. Gente con mono azul, horario nocturno, buen humor, mala hostia. Me duchaba allí. Ella iba a su casa. Y luego también al periódico. A veces coincidíamos en la máquina de café. Después de jugar al tenis, yo me atiborraba de pastelitos de cabello de ángel, reventado y sin ganas de nada. Ella se servía un café y subía a su ordenador, espléndida, maquillada, fresca.
Era rubia y con el pelo rizado, media melena, los ojos azules. Los fotógrafos decían que, en sus buenos tiempos, fue un bombón y tenía a medio periódico babeando. Era jefa de sección (un puesto poco lucido para sus méritos), yo el pringao de los reportajes marroneros. Podía haber sido subdirectora, o redactora jefe, por años en el periódico y porque lo valía. Tenía instinto para las noticias, capacidad de trabajo, irradiaba compañerismo y en su sección se iba la última, como debe ser. No le conocí un mal gesto, una mala palabra. Pero la vi llorar tres o cuatro veces en público, de impotencia, rodeada de tanto hijoputa. Decían que era blanda.
De redactor jefe para arriba, había varios que presumían de habérsela pasado por la piedra. Fardaban de ello. Un periódico es lo peor de lo peor. Y en el mío era difícil esquivar las puñaladas. Yo curraba mucho, muchísimo. Jornadas de doce horas, de catorce. Hubo un terremoto y trabajé todo el día, toda la noche, dormí unas horas en el coche, trabajé otro día entero. Era el pringao, pero confiaban en mí. Más les valía, porque la mayoría eran generales, y soldaditos, los menos. Había un director, un director adjunto, dos subdirectores, no sé cuántos redactores jefes, incontables dinosaurios en mesa esperando la jubilación mientras envasaban teletipos, y una generación de jóvenes brillantes a los que la calle les daba urticaria y que querían ser oficinistas, medrar, convertirse en dinosaurios antes de cumplir los treinta, ponerse corbata, cenar temprano.
Mi tenista preferida era una buena jefa. Y jugaba un tenis amable y estiloso, de club de tenis, golpes elegantes, faldita blanca, el pelo recogido con una cinta a juego. No sudaba, perspiraba. Bueno, sí sudaba, pero era un sudor igualmente elegante que hacía veneros sobre su piel caramelizada por los rayos UVA. Se cuidaba. Yo la veía con una cierta distancia. Entonces su edad me parecía la antesala de una madurez otoñal que, sexualmente, no me decía nada. Pero me encantaba jugar al tenis con ella, a pesar del madrugón.
Fue una época rara. De repente nos encontramos jugando al tenis y participando en torneos de periodistas por lo menos una docena de colegas, entre redactores y gráficos, y también gente de publicidad y de administración. Queríamos alargar la jornada, buscar alternativas a un curro tan monotemático y esclavista. Hacer deporte al amanecer, tomar cervezas a altas horas de la noche. Desconectar.
Tuve otros rivales. Cada uno era distinto. Yo procuraba entender al contrario, aunque perdiese los primeros juegos. Luego los machacaba (ésa era la teoría). Parece de perogrullo, pero la gente no suele mirar a otra gente, se miran a sí mismos. Nadie se fijaba en mi juego, mis puntos débiles. Ni siquiera necesitaba ocultarlos.
B., redactor jefe de nacional, era aguerrido y corajudo, pero si el peloteo se alargaba demasiado, el corazón se le salía por la boca y claudicaba a escasas pulsaciones del infarto.
R. era tan competitivo en la cancha de tenis como en el trabajo. Necesitaba demostrarte lo superior que era. Humillarte a ser posible. Tenías que humillarlo si querías ganarle. No darle ninguna opción. Una vez que él perdía 6-0 y 5-0, lanzó todas las bolas, una por una, a la puta calle, previo paso por la estratosfera, a raquetazo limpio. Yo había comprado las bolas. Me dijo: "Hace viento, no se puede jugar". Y se piró. Por la tarde, en la redacción, me trajo una lata de bolas nuevas y dio por zanjado el tema. A pesar de todo, éramos buenos amigos. Un tío capaz de acercarse a tu ordenador, sentarse en tu mesa, plantarte un beso sonorísimo en la frente y decirte que lo habías bordado en un reportaje. Cuando R. te daba un beso, es que reconocía tus méritos. Si mañana yo tuviera que volver al periódico (estoy en excedencia), sería mi superior inmediato. Añoro sus aullidos. Por la tarde, cuando se aburría escribiendo una información insulsa, aullaba. Soltaba un aullido de lobo desgarrador que se oía en toda la planta, desde economía a fotolitos.
M. B., jefe de fotógrafos, era mejor que yo, pero como solo nos daba tiempo a jugar un par de sets, solíamos empatar. Él ganaba el primero, yo el segundo porque tenía más fondo físico.
Enrique, diseñador gráfico, era basto y pendenciero y se vaciaba. Y le daba un calambre que lo fulminaba. Y se levantaba y seguíamos jugando. Y le daba otro calambre en la otra pierna. Y caía al suelo redondo. Y otra vez se levantaba. Un luchador que se aferraba a la pista, con muchas limitaciones técnicas, pero con un par de cojones. Se lo llevó un melanoma en seis meses. Nunca entendí cómo un tío tan correoso pudiese ser vencido con tanta facilidad por un cochino lunar.
Con el director solo jugué una vez, en tierra batida (club de tenis, que para eso era el director y podía permitírselo). Yo estaba acostumbrado al cemento de las pistas del Barnés y en la tierra batida no sabía derrapar. Me sentía torpe como un pato. Resbalaba una y otra vez. Acabé el partido rebozado en arcilla roja y harto de ser sobrepasado en la red (porque si vas a morir, mueres en la red) con globitos remilgados. No tuvo la decencia de hacerme paralelos o cruzados y demostrar algo de valor. Me tiraba globos ventajistas, atalayado en la línea de fondo, para asegurar mezquinamente el punto.
Ella era mi favorita (me repito). Nos compenetrábamos en la cancha porque éramos muy diferentes. Su tenis glaseado y burbujeante contra el mío, autodidacta y sorpresivo. Ella era mucho mejor que yo técnicamente, pero sus bolas eran blandas y yo llegaba a todas. Aquello me gustaba. Llevaba toda mi vida corriendo maratones y para mí, jugar al tenis era solo una carrera de fondo amenizada con raquetazos. Ella manejaba el tempo y las distancias. Me mandaba bolas a las esquinas, a la red, dejadas, contradejadas, golpes liftados, cortados, un alarde de fantasía contra mi repertorio básico y de andar por casa. Pero yo las alcanzaba todas. Los puntos se eternizaban. Y en una hora no habíamos terminado el primer set, así que ninguno ganaba ni perdía. Lo dejábamos así y nos íbamos al periódico. Tan contentos.
Me gustaban muchas cosas de aquellos partidos. Tenían alicientes extradeportivos. Por ejemplo, nos felicitábamos efusivamente cada vez que el otro conectaba un golpe bello, ganador o no, pero que fuera hermoso, que culminase un intercambio barroco y extenuante como una conversación de madrugada. Los piropos iban de un lado a otro de la red. Si el punto había sido muy largo y ella estaba sin resuello, yo corría a su lado de la pista a llevarle agua caballerosamente. O la toalla. O sencillamente, me ponía a medio metro de su cara para decirle: "Joer, qué bueno. Eres la hostia". Y ella sonreía mientras recuperaba la respiración. Cuando dábamos por zanjado el partido, nos felicitábamos con un apretón de manos. Con el tiempo, yo le daba también un beso en la frente, como hacía R. con todo el mundo. Me encantaba el olor de su pelo y el sabor de su sudor. Luego me iba al periódico, sacaba pastelitos de la máquina y se me mezclaba la dulzura del cabello de ángel con la memoria salada de aquel sudor femenino.
Por entonces, ella no salía con nadie. Los tíos le habían hecho daño. No quería verlos ni en pintura. Además de trabajar, estudiaba Derecho a deshoras. Quizá planeaba darle puerta al periódico. Luego se echó un novio (un novio no periodista, lo cual era novedoso y en cierto modo, parecía una liberación) y poco a poco, dejamos de jugar. Primero porque al novio no le gustaba que perdiese el tiempo con otros tíos. Y segundo porque coincidió con otra moda deportiva en la redacción: el golf. Al director le habían puesto casa en una urbanización con campo de golf y los promotores nos regalaron un cursillo para periodistas. Yo solo fui un día. Me molaba lo de dar estacazos a la bola. Pero no siempre le acertaba con el palo. Y si de diez intentos fallas cuatro te sientes ridículo. Además, madrugar y trasnochar y luego rendir en el trabajo, un trabajo en una ciudad a cincuenta kilómetros de casa, exigía demasiada resistencia física y mental. Dormía siestas en el coche. Se me escapaban tildes en los textos.
Solo vi al novio una vez. Me habían hablado mal de él. Pero nunca me he fiado de las habladurías de periodistas. Y había demasiado buitre en aquella redacción que quería tirársela, o le tenía ojeriza por no habérsela tirado, o por no haber estado a la altura cuando se la tiró. Vaya usted a saber. El novio tenía una barbita recortada, iba trajeado. Guapete. Tendría unos cuarenta años (mierda, mi edad ahora). Creo que era abogado o similar y nos detalló lo que ganaba al mes sin preguntárselo. A bocajarro. Yo gano tres veces más que ella y trabajo tres veces menos. O algo así, nos dijo.
Entonces me pareció un tío prepotente. Y un misterio qué veía ella en él. Estábamos en un pub con gente del periódico. Ella estaba nerviosa. Quería que su novio cayese bien. A su novio se la traía floja lo de caer bien. Solo le importaba demostrar que era su chica. Que estaba por encima de ella. Y que se la estaba pasando por la piedra. La toqueteaba y le daba besos en el cuello. Me pareció de mal gusto. Quizá solo era envidia, aunque ya he dicho que entonces una tía de 36 años no me ponía. A ella no parecía importarle aquello, así que a lo mejor no estaba tan mal y yo soy un rencoroso.
Hablé con él un rato, pero el diálogo fue un mónologo. Suyo. No sé por qué, surgió la mili como tema. Cuando le dije que yo la había hecho en los boinas verdes, me habló largo y tendido de su colección de armas cortas: pistolas y revólveres. Estuvo como media hora comiéndome la cabeza con calibres, uzzis, berettas, lugers, cargadores, aceites para limpiarlas... Como si yo fuera un entendido o me importara. Me importaba un huevo. Daba igual. A él le importaba y se explayó. Me invitó a su casa para que pudiese admirar su colección. Solo se callaba para dar un trago a su cerveza o tocar a su chica de una forma que puede que fuera cariñosa, pero a mí me parecía grosera.
Me levanté para ir a mear. Se vino conmigo al servicio. También tenía ganas. Se tomó su tiempo para sacársela y abrió un poco las piernas mientras orinaba, como si se perfilase para un duelo. Evidentemente, estaba encantado de tener una picha y poder empuñarla. Le hacía sentirse poderoso. Yo ya me estaba lavando las manos y él seguía con su ritual de pistolero, desenfundar, enfundar. Allí lo dejé. Supongo que no se lavó las manos porque salió del aseo sobándose aún la bragueta como si se acomodase la cartuchera. Dije que me iba. Que había sido un día duro. Antes de despedirme de ella, le pregunté qué tal le iba con su novio, que se jactaba de su colección ante otro incauto. Me dijo que bien, que a veces era un poco gilipollas y otras veces le daba un poco de miedo, sobre todo por el rollo de las pistolas que tenía en casa, pero bien.


No hay nada como jugar a algo, una tonta competión o pasatiempo para descubrir a la gente, esos que lanzan las pelotas fuera aunque sólo sea por joder un poco. La elegancia y trabajo no pueden competir con la dureza y falta de escrupulos, es lo que hay.
bicos
a lo mejor el sueldo se lo calcularon en proporción a su pistola. No quiero ni imaginarme la entrevista.
Qué buena la narración! Qué bien contada, laluz.
Laluz, no tengo tiempo de leer algo tan largo, no he podido meterme hasta ahora y me tengo que ir.
Mañana te comento!
PD: Es que tenía que pasar y decir, al menos, buenas noches!
Perspirar... veneros... ¡cuanto camino me queda por recorrer!
Fdo.: la que está en la madurez otoñal de los 36
albanta, yo tenía 30 años, era gilipollas.
36, qué espléndida edad, quién la pillara.
Éste reafirma lo que siempre digo, que nos pasamos el día mirando nuestros ombligo cuando en el fondo somos iguales (blogueros, personas de a pie, hablo como el Sargento Burguillos). Los entresijos en la redacción del periódico son exactamente los mismos que los que se cocían en las empresas comerciales para las que he trabajado. Pienso que -aunque no te lo plantees- estarías preparado para reanudar tus actividades periodísticas, para poder jugar a tenis, asistir a cenas, cotillear, etc. El verdadero trabajo ya lo haces en tu casa y muy bien, por cierto.
(la cocte no me deja comentar).
mierda, solo puedo escribir comentarios cortos.
el caso, psikke, es que escribí este post sobre todo por dos motivos, uno inicial y otro sobrevenido:
el inicial fue que me joden los tíos que abren las piernas para mear en un water público, como si se perfilaran para un duelo. los odio.
el segundo, y lo que verdaderamente echo de menos, no ya de un periódico, sino de la vida en general, y que gracias a lo de los blogs estoy recuperando (bendita sea la blogosfera) es un contrincante de tenis (o de lo que sea), ya no un contrincante, un compañero, un colega, una amiga, con la que puedas intercambiar largos peloteos (o lo que sea).
"Por ejemplo, nos felicitábamos efusivamente cada vez que el otro conectaba un golpe bello, ganador o no, pero que fuera hermoso, que culminase un intercambio barroco y extenuante como una conversación de madrugada". Eso es lo que de verdad añoro, lo que añoraba, porque ya lo tengo. Intercambios barrocos y extenuantes como conversaciones de madrugada. Solo que están en el espacio v. Y de vez en cuando también quiero vivirlos en el espacio t.
lo dice mejor que yo srta desconocida en un post de ayer (la cocte vuelve a sintonizar nuestros pensamientos, esto empieza a ser mágico):
"Busco lo que ahora me falta, lo que no sé cómo ni dónde encontrar. Te creo atisbar en otros nombres, bajo otra bandera; pero según comienza el juego sé que no eres tú. No tienen tu mano izquierda, ni mucho menos tu revés de derecha. Usan las palabras y me cuentan sus historias, pero no saben devolver mis golpes, apenas soportan un juego; ya ni hablar de un partido a cinco sets. No son tú, ni consiguen que yo sea yo misma. Empiezo a creer que no te añoro a tí como ser individual; me añoro a mí; lo que era contigo, lo que hacíamos, lo que pensabamos y en lo que nos convertíamos".
lo referencio:
http://www.lacoctelera.com/aprendiendodelmundo/post/2006/12/22/me...
Tenis. Rival. Aquí, el puto amo. Soy una mezcla explosiva de Federer, Nadal y Roddick. Tengo todos sus defectos y ninguna de sus virtudes. De ahí lo de explosiva. De Federer, pocos. El cabrón de él no tiene ninguno.
Cuando juego en cemento, soy de tierra. Cuando juego en tierra, de saque y volea.
Tengo un globe liftado parabólico, un drive hiperbólico, un revés a dos manos circular, y una volea elíptica. Me compré una raqueta más grande porque descubrí que también se podía jugar sin la caña y el marco.
Me fallan un poco las estadísticas (a quién le importa):
Primer servicio: 3%, pero cuando entra, te cagas.
Segundo servicio: 40%. Siempre tengo que remontar el break.
Derecha ganadora: 2. Pero, ¡qué dos! Todavía vivo de las rentas.
Restos ganadores: 2. Los mismos, pero así parecen 4.
Volea: indescriptible. Una vez casi pillo una.
Siempre rompo la bola, y las cuerdas cuando acierto. Me he presentado a tres campeonatos (3), y casi paso a segunda ronda en uno de ellos.
No entiendo por qué mi lado del campo es siempre más grande que el del rival, ni quién es es el hijoputa que, cuando cambiamos de campo, le da la vuelta. Ni cómo se las arregla el campo contrario para estar siempre tapado, en un 70%, por la red. Y para qué sirven los pasillos laterales, si es ahí donde van a parar mis mejores golpes.
Cuando hay viento en contra: el español estrella contínuamente sus bolas contra la red. Si hay viento a favor, las bolas, cual palabras, se las lleva el viento.
Pero, ¡cómo me quedo!
Ahora, un poco más en serio. Con 12 añitos, mi primo el megapijo (3 años mayor que yo) me llevó a jugar al Polo. Tierra batida, mi primera vez. Le metí un 6-2 y le vi en el rostro tragarse un hijo de puta monumental. Hace un par de años, mi sobrino (también de 12) me ganó. Es bueno el cabrón, pero los años no pasan en balde.
Lo dicho, si necesitas rival, aquí está. No sé si durarán mucho los puntos, pero no lo olvidarás. Yo tiro a dar.
jajajajaja... in i go. eres el rey de los comentarios. éste va a mi delicious.
nos enfrentaremos, vaya que sí, y será épico.
Me ha paredico un post genial, una radiografía humana, he visto gente que me resultaba familiar. Un abrazo.
No me deja comentar, así que todo seguido: No sé jugar al tenis. Si nos pillamos la WII podemos jugar en red. Aceptarás un partido?. Fuerza y honor.
Y yo propongo... A lo mejor ahora con el invierno es más apropiado darle al pinpón, por eso de seguir estando en forma y no pelarse de frío... Además dicen que los que juegan al pinpón luego jugando al tenis hacen exactamente lo mismo: le dan, pero no le dan, como con miedo a salirse de la mesa. Así me pasaba a mí. Odio cambiar de idea justo cuando estoy dando un golpe... esos son una mierda y siempre fallo.
En fin, tengo por casa unas cuantas raquetas de pinpón, y una mesa decente. Te mando si quieres como credencial mi título de campeón de dobles de los juegos escolares de Palencia en el 92, jeje. Luego llegó al año siguiente una pareja de gemelos y no nos dejó revalidar el título. Me liaba y siempre se la tiraba al mismo.
Desde entonces, juego al bádminton, que le doy con toda mi mala baba y nunca se sale de la pista... Era el juego que necesitaba para esos días que son una porquería...
Me uno al partidito con la Wii de Nick Furia... qué vicio!
Ah, y tu post cojonudo, claro.
las tías asi no caducan, y casi siempre van con gilipollas, es curioso
Uy, me identifico cantidad con tu tenista. Por eso, por el entorno de gallitos y pistoleros, he decidido ser en el curro una especie de "Betty, la fea" escondida detrás de gafas y trajes holgados, evitando ojos al escote y comentarios a mis espaldas. Eso que yo sepa, porque de vez en cuando saco las lentillas y el rimmel, y entonces, me toca un pie lo que digan, la verdad. Pero es cierto, que eres un ser incómodo, como una espía que molesta para hacer comentarios machistas.
Espero que le haya ido bien, que haya encontrado un "hommus evolutionati", si es que existen.
Besucos
Ojalá perspirara yo...
Sigue contándolo todo, así de bien.
Un placer, siempre.
:)