Como no se me ocurre otra cosa, empiezo el año con glasnost:

El novio de Su se trajo el karaoke de la Playstation y hubo batallas musicales después de las uvas. Perdí todos los combates, salvo el Everybody's changing de Keane, donde me fui por encima de los 8.000 puntos, récord de la noche. Todo lo demás, desastre. ¡Ni siquiera el Cadillac solitario de Loquillo, y eso que no necesitaba mirar la letra sobreimpresionada en la pantalla! Me preocupa Manuel, apenas puede modular por la ortodoncia y cayó en todas las rondas a las primeras de cambio. Se puso tristón e introvertido y yo me puse pesado intentando animarle, lo cual fue contraproducente. Le di permiso para beberse, a pesar de las protestas de su madre, un tapón de orujo de hierbas (se bebió medio, pero el cambio de humor por la novedad de hacer algo que hacen los mayores le duró muy poco). Me dormí en un sofá sobre las tres de la madrugada, con la fiestuki en su apogeo (por entonces ya solo rumbas y bulerías). Me despertó mi cuñado Salva cantando a voz en grito un tema de Navajita Plateá. Eran las cinco y media. A las seis estábamos en casa.

A la una me ha despertado una de esas llamadas extrañísimas. Juan Gil, un anciano al que entrevisté hace por lo menos ocho años y con el que nunca he vuelto a hablar desde entonces. Jumillano que emigró a Suiza e hizo una fortuna (los extintores Gil-Feu), padre del bailarín Juan Carlos Gil, amigo de Juan Antonio Samaranch (una bandera con los aros olímpicos ondea en su chalé de Jumilla). Me cuenta que está luchando contra un cáncer, que se ha casado con una mulata, que quiere verme porque se ha propuesto ver a todas las personas que han significado algo en su vida. Se pone pesadísimo. El día 10 sale su vuelo para Ginebra y quiere que, antes de irse, vaya a verlo. Le digo que sí para quitármelo de encima.

¿Qué he significado yo en su vida? Perplejo estoy. Solo le hice una entrevista. Me invitó a unas salchichas, nos bebimos dos botellas de vino (tiene una bodega y las botellas de su mejor cosecha se venden a 150 euros). Luego sacó un coñac francés carísimo. Y llegué al periódico medio pedo y todavía no sé cómo no me maté en la terrible carretera Jumilla-Murcia. Escribí un reportaje de nevera (para el fin de semana) riéndome un poco de él entre líneas, porque mira que tener una bandera olímpica en el chalé (no me extrañaría que tocase la corneta a la hora de izarla y arriarla). Me felicitó efusivamente. Se ve que no es de las personas que leen entre líneas. Recuerdos que su conversación giraba casi monotemáticamente en torno a lo amigazo que era de Samaranch y lo que le gustaban las mujeres jóvenes.

Y yo me preguntaba, oyéndole, cómo un tío tan pesado se había hecho tan rico. No había nada en su personalidad que te hiciera sospechar que triunfaría en la vida, salvo la tendencia a la chaladura. Es algo que me intriga cada vez que he tenido que entrevistar algún millonario hecho a sí mismo en Murcia, sea el dueño de ElPozo (el de las sobrasadas), o el zar de los ciruelos (frutas Maripí), o el Paloma (tomates), o los Fuentes (atún rojo)... ¿Qué rasgo en común tienen todos ellos? Pues yo diría que tres. Pocos estudios (en algún caso son analfabetos funcionales, en otros, simplemente cazurros), cojones y una avaricia descomunal que se retroalimenta cuanto más tienen. (Releyendo, añadiría que solo se escuchan a sí mismos, que dan un poco de vergüenza ajena y que han triunfado porque han sabido ver algo nimio, pero que les daba ventaja, y han explotado esa ventaja despiadadamente... yo, por teorizar que no quede).

Por la tarde Goricho y más Goricho, acompañado en uno de los paseos por Goricha Minusválida y mi hermana Su. Nos hemos cruzado por el descampado con un tío que llevaba siete perrazos (dos correas de tres collares cada una, y un perro suelto). El tío vestía una camiseta de tirantes y estaba cachas. Daba la impresión de ser el auriga de un carro romano, pero en vez de tirado por caballos, por canes, tal era el ímpetu con el que pujaban. Goran, por su parte, se cree el amo del universo y se ha puesto matón y farruco. Le daba igual que fueran siete contra uno. Es su descampado y lo ha dejado bien clarito con una salva de ladridos de legítimo propietario. La jauría ha pasado bastante de él. Goran ha celebrado su victoria lanzando sobre una mata de tomillo un despreciativo y satisfecho chupinazo de pis. El último de la tarde.

Luego chimenea, ducha con feng shui del mío (otra vez me dio el siroco y me afeité las piernas) y amor.