Voy haciendo limpieza de año nuevo, arqueología de pecé. Me encuentro una foto de Manuel jugando al baloncesto que me hace sonreír. Manuel no es Yao Ming. Mide 1,85. No está mal para tener catorce años (en esta foto tenía 13), pero tampoco es el más alto del equipo, y entre los pivots de su categoría casi siempre le toca pelearse con armarios que le sacan un palmo de altura (hay un 2.07 de su edad en un equipo de Murcia) y varios kilos de sebo, que poco músculo se ve en estas criaturas cebadas en McDonald's. Frente a Lentejita, el base de Pilar de la Horadada, Manuel parece un gigante. Me gusta la devoción con la que Lentejita mira la pelota, un Santo Grial inalcanzable, pero que en sus ojos no lo parece. Ganamos aquel partido, Manuel encestó ocho puntos y puso un par tapones de los suyos. Y Lentejita sorprendió a nuestros bases con su bote de colibrí a milímetros del suelo. Imposible quitarle la pelota. Ser bajito, a veces, también es una ventaja.