Manoli está tontilla hoy. Es el aniversario de la muerte de su madre. Hace la tira, pero sigue jodiendo. Manoli tenía ocho años, su madre 34. Cáncer de mama. No tiene recuerdos precisos de su madre. Fogonazos sí. Hoy ha recordado la última muñeca que le regaló, por Reyes. Estaba en la cama y en las últimas, pero los puso a todos firmes para que se la buscaran por los puestos de juguetes. La cría tenía el capricho.

El domingo iremos al cementerio de Orihuela. Y, ya de paso, nos compraremos un bizcocho (ojalá haya almojábanas en las confiterías, mi pastel favorito). El bizcocho no será un bizcocho cualquiera, sino uno de los que hacen las monjas. Las de la Trinidad. Son de clausura. Hay cuatro conventos de clausura en Orihuela, creo. Pero no quería hablar de eso. Quería hablar del bizcocho de las monjas. Una aleación celestial, esponjosa. Una vez hice un reportaje sobre libros de autoayuda y recuerdo los títulos de toda una saga: Sopa de pollo para el alma. Impactante nombre, pero a mí me fascinaban las secuelas: Un segundo plato de sopa de pollo para el alma, Un tercer plato de sopa de pollo para el alma... Hay toda una industria editorial muy lucrativa basada en las virtudes consoladoras de la sopa de pollo: para el alma de la mujer, para el alma del adolescente, para el alma del amante de las mascotas... Me pierdo.

Decía que las monjas hacen un bizcocho acojonante. Hay que encargarlo con cierta antelación. Mi mujer llamó al convento hoy. Le preguntaron de cuántos huevos quería el bizcocho. Los bizcochos de las monjas se miden por huevos. Hay de cuatro huevos, de seis, de doce, de docena y media y de dos docenas. Mi mujer pidió de 18 huevos. Le dio corte pedir de 24, pero hubiera pedido de 24. No obstante, me da a mí que un bizcocho de 18 huevos es un señor bizcocho. No sabría calcular, pero fijo que vamos a estar desayunando bizcocho y merendando bizcocho (con el turrón de chocolate que sobró de Navidad) una semana o más. Nos va a salir el bizcocho por las orejas. Pero es que Manolí está tontilla hoy. Tiene uno de esos días en que necesitas un bizcocho para el alma. Pero no un bizcocho cualquiera. Un bizcocho de las monjas trinitarias de 18 huevos.

Y ni así.