—Me han robado el cuaderno. Mis palabras, estoy muy triste por mis palabras.
—Las palabras están en ti.
—Es por lo que estoy más triste.
—No te las robarán nunca.
—Yo no quiero que esto sea para tanto. Joder, no es para tanto...
—Sabes, a Cartier-Bresson le robaron su Leica en el Retiro.
—Qué putada. Esta ciudad es un asco.
—E iba en el taxi, camino de la comisaría, y seguía mirando por la ventanilla. Y parpadeaba lentamente porque seguía encuadrando. Se compró otra Leica y santas pascuas.
—¿Sí?
—Sí, porque la mirada no se la pudieron robar. Igual que a ti, te pueden robar el bolso y los cuadernos, pero no pueden robarte tus palabras.