Dije lo que tenía que decir. Cosa rara en mí, que por lo general soy un cartujo.
Intenté ser transparente, pero me quedé en translúcido. Tampoco está tan mal, pues he vivido en la opacidad durante años.
Dije lo que tenía que decir. Para decirlo, di un largo rodeo.
Creo que valió la pena. Y no, no me arrepìento.
Dije lo que tenía que decir. Conté mi historia. Alguien escuchó. Es importante que alguien te escuche.
Dije lo que tenía que decir a quien tenía que decírselo. Ha escuchado. Ha comprendido. Estoy abrumado por su comprensión. No me la esperaba.
Quizá era más sencillo de lo que parecía. Quizá no tenía que haber dado un rodeo tan grande.
Quien tenía que escucharme, lo hizo. La transparencia que se quedó en translucidez empieza hoy su tarea.
Es una tarea ardua y dolorosa.
Quise creer que ser transparente era compatible con el principio de no maleficencia. No, no lo es. Lo sé ahora. Hace daño. Por lo menos, cuando se ha sido opaco mucho tiempo.
Pero no me arrepiento.
Le duele, pero me da las gracias.
Me duele, pero no me arrepiento.
Casi nadie es totalmente opaco o transparente. La mayoría somos translúcidos. Por algo será. Parece tan obvio, pero me costó darme cuenta. Vaya si me costó.
Quizá la transparencia, como la verdad, solo puede ser tolerada en dosis homeopáticas. Si es así, quiere decir que es tóxica y potente como una medicina que hay que dosificar cuidadosamente. Quizá por eso es necesario rebajarla para que sea curativa.
No lo sé. Pero me intriga. Me lo pregunto.
Dije lo que tenía que decir, quizá va siendo hora de callarse la boca.
Un silencio balsámico. Un silencio de reconstrucción. Un silencio curativo. Un silencio que no sé a dónde me llevará, a dónde nos llevará.
Ni sé que durará. Hablo de silencio, no de duración. Pueden ser días, semanas o años. La duración no importa. Importa la intensidad de ese silencio. Y la sinceridad de ese silencio.
Dije lo que tenía que decir.
Ahora me callo.