Bar en Chueca. No sé el nombre, pero la carta era un poema, desde la rúcula a los espárragos. Un menú para poetas. ¿Que no?

Tortilla de collejas. Deberían darnos, sí. Collejas. Cuatro locos en Madrid. Sin nada en común, en apariencia. Solo el gusto por escribir y por leer. Y por no dejar solo y a la intemperie al que escribe y muestra y se muestra y es vulnerable porque se ha mostrado. Collejas un martes. En Chueca. Cuatro locos, tres generaciones: dos pezqueñines, un señor Miyagui y el eslabón perdido entre Harry Potter y Paul Auster. No pegamos ni con cola y, sin embargo, el minifilin es instantáneo. Es alcalino. Hoy es sábado y todavía conservo la sonrisilla de giliposhas.

Angula de monte. Honey, anguila montaraz. Honey, bailonga. Honey, reidora. Risas por el móvil. Y por el telefonillo de su casa. Y en el bar de las setas. Lo primero que me llega de ella es su carcajada ronca y elástica. Como un oleaje benéfico que todo lo puede. My very important amiga. Para nada victoriana, ni cobardica ni todas esas maldades que le he dicho por la blogosfera. Y me regala ruibarbo. Y yo, tontaina, no tengo un detalle. Empezamos bien...

Cantharellus. Nick Furia. El uniforme cantaba, my commander. Pero por eso mismo funcionó tan bien. Camuflaje inverso. Da el cante, ergo pasarás desapercibido. Point of extraction tardío. Y el pobre vino cenado de su casa. Esas mamás, ¡un monumento! Abrazo al capitán América en Chueca. Nick, ¿salimos del armario? Nick Furia, ¿te ape unas trenzas vikingas en tu barba? Es broma, machote... Solo tengo cuatro sílabas para definir a mi tocayo (pronúnciense con voz de Fumanchú o de cualquier otro malo de película): Ex ce len te.

Amanita. Seta calamar. Inofensiva si eres un experto en setas, pero como la cagues y te zampes la muscaria, letal. ¡Cúantos emperadores romanos habrán caído con dolor de tripita! Ojos verdes o azules, it depends... Miope renegada. Labios como grosellas y mofletes bulbosos. Buena y rebuena. Enemiga mortal de las pelusas (si no puedes con ellas, únete a ellas). Melena peinada con las manos y un par de escupitajos (es broma, es broma).

Lentinus. Lentino, ése soy yo. Lentorro pero seguro. ¿Serio yo? Sí, puede ser. Buena persona, también. Cabroncete, pero tímido. ¿Con luz? Ojalá, aunque sea intermitente.

Revuelto de senderuelas. Juntos sí, y revueltos, ¿por qué no? Mestizaje de edades y profesiones, de intereses y conocimientos. Todos tenemos algo que dar, todos estamos abiertos a recibir.

Perrechicos. Lua. Ayyyyyyy… Y perregrandes, Goran. Que primero te ladra, luego te mueve el rabo, luego te huele los genitales y si le caes bien, te ofrece el culillo para que se lo olfatees. Joder, los perros sí que saben.

Colmenillas. Para abejillas. Pastorcillos para ovejillas. Besuquillos para mejillas.

Trompetillas. A falta de trompetas, saxofonistas negros que pa qué te voy a contar, Maite. La teniente Honey sí que sabe… Maite, cómo nos acordamos de ti: ¡tienes una döppelganger en Madrid! ¡Y cómo nos acordamos de Srta Desconocida! ¡Nos tienes enamorados! Y del Sinpa. ¡Nos tienes abandonados!

Pamplinas. Pues sí. Pamplinas. Nos unen las pamplinas. “Dicho o cosa de poca entidad, fundamento o utilidad”, dice la RAE. Ni puta idea, los académicos. Gente de próstata floja. ¡Qué sabrán ellos!

Cuatro poetas (porque lo somos, con ocho cojones) poniéndose ciegos a boletus y jazz y algo parecido al jamón (¿era cecina?). Cervezas, hormigas y gin tonics. Joder, qué bien me lo pasé. Qué privilegiado me siento de haberos conocido: Honey, Maria, Nick. Pamplinas para todos. No invito yo porque Honey es más rápida.

Pamplina: Dicho o cosa de una entidad que te cagas, un fundamento que no veas y una utilidad que no se la verán los académicos, pero yo sí se la veo. Vaya que sí.

Y no soy el único.