El almirante Canaris era un tipo atormentado que amaba los perros tekkel, siempre tenía frío y dirigía el servicio secreto alemán, un tipo contradictorio que conspiró contra Hitler aunque hizo todo lo posible para que Alemania ganase la guerra porque amaba a su patria. Canaris tenía un pequeño ejército personal: la División Brandenburgo. Sus combatientes eran como sus hijos. Los mejores, los más valientes, los más dotados. Eran sometidos a un entrenamiento durísimo y servían en misiones especiales, no convencionales. Los brandenburgueses eran la elite. Los lanzaban en paracaídas sobre Oriente Medio, daban un golpe de mano en un bosque belga, rescataban a un agente en Noruega. Canaris no pudo soportar que cuando la guerra se le fue torciendo a Alemania, los generales le arrebatasen la División Brandenburgo y la utilizasen como una división más de infantería, prescindible y sacrificable carne de cañón para Stalingrado. Todos merecemos una oportunidad. Un soldado normal y corriente más que nadie. Pero ellos eran la flor y nata. Había costado mucho seleccionarlos, formarlos, adiestrarlos. Eran personas escogidas. Tenían un don. Sabían idiomas o eran atletas magníficos o despuntaban por su inteligencia o su valor. Y los enviaron directamente a morir ante los tanques. Fueron sacrificados en una carnicería, como millones de soldados. Pero ellos eran especiales y su destino se me antoja más trágico porque su pérdida era irreparable. Canaris nunca lo superó.

Le doy vueltas a la cabeza a esto por una razón personal. Conozco a seres especiales, seres con un don que a veces ni siquiera saben que tienen ese don. Seres preciosos. Seres lapislázuli. Que, en ocasiones, son utilizados como carne de cañón en batallas que no les corresponden. Normalmente no son combates que hayan escogido. Son carnicerías donde su valor o su destreza no podrá ser nunca apreciada, pues su única misión en ellas es morir. Morir gratuitamente porque un general así lo decide. Son seres dotados de una rara belleza. Y cuando hablo de belleza no hablo de tetazas o de una mandíbula cuadrada. Ni siquiera de la morenez de miel que nos endulza, como decía Goytisolo. Hablo de una belleza sutil, de una radiación. Irradian. Son preciosos, ya no en el sentido físico. Preciosos como piedras preciosas. Lo que hace preciosa a una turquesa, al lapislázuli, a la esmeralda, no es solo su perfección o sus quilates, es la rareza, lo que cuesta encontrarlas, lo que cuesta pulirlas y engastarlas. Lo que cuesta pagarlas. Piedras hay a montones. Estos seres son preciosos como diamantes. Otros se empeñan en ver solo piedras. Y a veces son ellos mismos los que se empeñan en serlo. O los que creen que lo son. Y no es así. Y es trágico porque, la mayoría de las veces, termina siendo así. Terminan siendo piedras. O se dan cuenta demasiado tarde de que no lo son y ya no es posible volver atrás. O nunca llegan a saberlo. Nunca llegan a saber que son preciosos.