No recuerdo dónde fue aquella concentración. Mula, quizá. O Yecla. Noroeste o Altiplano. Pero fue la única vez que me adelanté a mi hermano a la hora de ocupar la tienda de campaña con una churri. La churri en cuestión era la menos ostentosa de un grupo de amigas más o menos buenorras que fueron emparejándose con moteros ya bastante pasados de vueltas. Mi hermano (con su Gremlin de ligar en ristre) se había vuelto exigente y ni siquiera se molestaba en entrarle al trapo a las buenorras, por lo menos a primera hora. O estaban buenísimas o se reservaba hasta el siguiente garito. Yo vi una oportunidad y ella vio el cielo abierto. No estaba buena, pero tampoco estaba tan mal. El pelo muy corto siempre me ha puesto. Las gafas, también. Y su torpeza en los rituales del cortejo servía para disimular la mía. Se había quedado aislada, mientras a sus amigas les daban palique o las invitaban a cerveza (Estrella de Levante) y a alguna ya le chupeteaban el cuello. El cruce de miradas tuvo intensidad y timidez. Fue inequívoco. No le entré con mi clásico "hola, soy alquimista, etcétera". Sabía que daba igual lo que dijera. Dijera lo que dijese, nos morrearíamos muy pronto y, con suerte, me la llevaría a la tienda de campaña antes de que mi hermano, que se había vuelto selectivo, la ocupase. No había tiempo que perder. No lo perdimos.

Antes de desnudarla sobre el saco de dormir, ya supe que algo no funcionaría. Una de dos, a esta tía le habían hecho daño (bastante) o tenía muy poca experiencia. Estaba claro que nunca la habían besado o que la habían besado fatal. Meterle mano era una odisea. Se estremecía, pero hurtaba el cuerpo. Hacía fintas. Se escondía de mí. Tenía ganas, pero desconfiaba. Y estaba muy tensa. Yo había sido medio novio de una tía que llevaba un collarín y un montón de cachivaches ortopédicos y a la que no podía tratar como un fardo a riesgo de joderle la columna. Eso me otorgaba un plus de delicadeza en mi experiencia con las mujeres del que ninguno de los otros moteros podía alardear y que algunos (y algunas) tomaban por blandura o incluso afeminamiento. "Es que eres una maricona", se reía mi hermano. "A las tías les va la marcha", remataba. Yo quería demostrar, ante mí mismo, ante aquella chica y después, cuando se lo contase, ante mi hermano, que también sabía cómo tratar a las tías.

Pero no, no sabía como tratar a las tías. Por lo menos, a ésta no. Mi disfraz de dureza duró un suspiro. Qué caray, yo le estaba agradecido por haberme facilitado tanto las cosas. Hacía meses que no me comía un rosco. Y tenía tantas ganas como ella. Mi agradecimiento y sus dificultades para aceptar mis caricias con naturalidad se tradujeron en un acto impulsivo. Una inspiración. Me deslicé saco de dormir abajo hasta que mi cabeza estuvo a la altura de su ingle para hacerle un cunnilingus a las primeras de cambio que rompiese el hielo. Ella reaccionó a la defensiva. Yo insistí. Ella se puso nerviosa, cerró las piernas. Yo insistí aún más, como alguien que saluda a otra persona, que extiende la mano, que comprende que no se la van a estrechar y la deja en el aire, sin saber qué hacer, sintiéndose ridículo. Ella se incorporó a medias, dijo "¡No!" y me golpeó con los dos puños en el pecho. Sin demasiada fuerza, pero sin dejar lugar a dudas. Yo estaba perplejo. Me retiré a un lado. Después de un rato de mirar callados el techo de tela impermeable, ella habló.

Cuando digo no es no.
Sólo quería comerte el coño.
Pero no es que no, ¿es que no lo entiendes? Cuando una tía dice no, es no.
Lo sé. No soy un violador, joder. Solo quería darte las gracias.
¿Darme las gracias por qué?
No sé.
Todavía podemos hacerlo, si quieres.
Me has cortado el rollo.
¿Y ahora qué hacemos?

No hicimos nada, salvo quedarnos callados un buen rato. Yo pensaba en su "¡No!". "No es no". "Cuando una tía dice no, es no". Pero eso chocaba con lo que decían algunos (y algunas): "Cuando una tía dice no, es no te pares". En fin, nunca se puede generalizar. En vista del panorama, ella se vistió y se fue. Yo me subí los pantalones y dormí un rato hasta que tuve que largarme de la tienda y acomodarme al raso para que mi hermano pudiese tomar posesión de su nido de amor. Yo no entendía qué había pasado. Sigo sin entenderlo hoy. Ella se tomó como un acto de agresión una maniobra torpe, pero generosa por mi parte (quizá la palabra generosa sea excesivamente fuerte, dejémosla en cortés). Quizá me precipité en ir directamente al pilón, por así decirlo. Faltaron preámbulos. Puedo ponerme incluso grosero cuando me acuerdo (es que me da rabia). Quizá no se había duchado y el chichi le olía a boquerón. O estaba a punto de bajarle la regla. O todavía no se le había cortado del todo. No sé. Yo qué sé. Se lo tenía que haber preguntado. Pero no se me ocurrió. Tampoco tenía tanta confianza como para preguntárselo. Es curioso. Teníamos intimidad suficiente para follar, pero no para hablar, más allá de las cuatro bobadas de una liturgia donde todo estaba dicho. Y nosotros, sencillamente, abríamos la boca para que brotasen las palabras de un misal que habíamos interiorizado y del que convenía no salirse. Días más tarde escribí un poema que empezaba campanudamente: Atalayada en el más insular de los monosílabos... No me acuerdo del resto. Y eso que lo estuve reescribiendo y corrigiendo durante meses. Nunca me convenció. Como no me convence la palabra campanuda, pero me gusta más que rimbombante, aunque menos que su sinónimo en inglés:

Bombastic.