¿Qué es la incongruencia? La falta de sintonía entre nuestras palabras y nuestros actos. Decimos una cosa, pero hacemos otra que no se corresponde con lo que decimos. Vestimos nuestras acciones con ropajes verbales que les vienen grandes o pequeños, o que no se conjuntan con lo que hemos hecho.

Vale. ¿Pero qué es la incongruencia? En el fondo, la incongruencia es un desmentido. Una categoría especial, dentro de los desmentidos: un desmentido al revés. Per negationem.

Normalmente, son las palabras las que se encargan de desmentir a nuestros actos. Toda la literatura jurídica, desde el derecho romano a las películas de tribunales, se fundamenta en ese desfase entre acción y palabra, entre hechos probados y conjeturas, entre crimen y sentencia. En el fondo, es el eterno desfase entre realidad y deseo. El acusado se defiende. Está en su derecho. Un sumario puede contener miles de folios. Parrafada tras parrafada. Las palabras desmontan coartadas, descifran secretos. También sepultan la realidad. Desmentir no significa necesariamente decir la verdad.

Pero cuando una persona se comporta de manera incoherente, son sus acciones las que están desmintiendo a sus palabras. Dice una cosa, pero sus actos reniegan de lo que dice. Por lo tanto, ante una conducta incongruente, es más sensato fiarse de las acciones que de las palabras. Lo que haya de sinceridad en esa persona, habrá que buscarlo en sus acciones.

¿Por qué lo hace? ¿Por qué se comporta de manera incongruente? ¿Por qué ese afán de desmentir con su conducta lo que dice? Quizá porque está pidiendo ayuda. La persona incongruente se aferra a las palabras porque es incapaz de apreciar, entender o aceptar lo que hay de honrado y verdadero en sus actos. Y escenifica de este modo, y de manera dramática, el eterno desfase entre realidad y deseo, que el ser humano nunca ha sido capaz de resolver satisfactoriamente. Y que nunca resolverá.