—Tío, sigues escribiendo. Me alegro, coño. Te había perdido la pista. A veces veo tu firma en el colorín, pero no te reconozco. Me he reído con lo del Goran meón. No has perdido tu estilillo. Me recuerda al suplemento de verano.
—Gracias. Lo del Goran lo escribí hace meses.
—En el periódico se te echa de menos. Bueno, no todo el mundo. Te fuiste sin despedirte. Sin avisar. Hay algunos dinosaurios que no perdonan. Ya sabes cómo funciona esto.
—Sí, ya sé cómo funciona.
—Lástima que no haya hueco para ti. Tiran de becarios y contratos de prácticas. Tú eras plantilla, tío. ¡Qué colgao! Con lo que te costó. Pero bueno, los becarios escriben de puta pena, pero a los dinosaurios les da igual. La cuenta de resultados manda. Esas cosas hay que cuidarlas, también. No podemos ir de guays como cuando empezábamos. Al fin y al cabo, comemos de esto. Y las cuentas deben estar saneadas.
—Sí, no te preocupes. No me apetece volver. Ni pensaba.
—Ya, ya... Pero bueno. Los compis vamos ocupando posiciones. Jefes de sección, delegados, hay tres redactores jefes, V. de coordinador de fin de semana, y tiene diez años menos que tú, jajajaja... Y pronto propondrán a R. para subdirector. Eso dicen. Los dinosaurios ya solo piensan en el retiro. Y tienes buenos amigos. Y siempre hace falta gente que se patee la calle, con tanto oficinista. Gente que tome el pulso a lo que piensa el ciudadano, el currito, la maruja. Y que tenga estilillo para los reportajes. Para desengrasar, ya sabes, entre tanta información con barba.
—Ya, pero te digo en serio que no me apetece. No tengo edad para volver a patearme la calle. Y estoy a gusto en la revista. Y tengo tiempo para mis proyectos personales. Y para la familia. Y para los amigos. No lo echo de menos.
—De todos modos, no hay sitio, ya te digo. Claro que en la corporación multimedia, sí. Ésos se lo comen todo. La tele, bueno, la tele no, que eres feo, jajajaja... Pero en la radio del grupo, sabes... Ya te digo, los coleguis somos jefes ahora casi todos, con más o menos responsabilidad. Nos están probando. Dándonos cada vez más cancha. Acabarías metiendo la cabeza. Tendrías que aguantar de freelance un par de años. Más que nada para demostrar a los de arriba que pueden confiar en ti. Que te pueden hacer un contrato y no volverás a dar una espantada.
—Ya, pero no me resuelvas la vida. Y yo soy de escribir, tío. Me pongo nervioso ante un micrófono.
—Sí, tienes razón. Escribiendo te defiendes, pero hablas de pena. No es que no vocalices y eso. Pero te lías un poco.
—Ya. Hablo en borrador.
—¿Qué?
—Hablo igual que escribo. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta.
—No estoy de acuerdo, escribes con oficio, pero hablas fatal. No te ofendas.
—No me ofendo. Pero lo que te quiero decir es que hablo con tachones, cambio las frases, desarrollo una idea y la dejo a la mitad. Vuelvo al principio. Surge otra idea que puedo enlazar con la anterior. Vuelvo a tachar. Cuando escribes, todos esos borrones, todas las vacilaciones, todos los ensayos, no se notan. Solo muestras el resultado. Cuando hablas todo eso se percibe. Y pasa lo que pasa. Que parezco gilipollas. Pero no lo soy.
—Ya lo sé, hombre. No te mosquees, joder. ¡Qué genio! No has cambiado. Voy a seguir con el curro. Me alegro de hablar contigo. A ver cuándo quedamos.
—Sí, a ver.
—Ese Goran, ¡vaya crack!