Hoy se corrió la Maratón de Madrid. Hace mucho tiempo yo mentí sobre mi edad en la hoja de inscripción para que me dejasen participar. Tenía 17 años. ¿Qué era yo entonces? Un saco de huesos. Unos pies planos. Un solitario. Un tipo tenaz con pájaros en la cabeza. Alguien que quería probar su capacidad de sufrimiento. Llovió, me paré dos veces para quitarme las zapatillas y los calcetines empapados. Alguien me dio un masaje celestial en los gemelos en el kilómetro 34. Caminé desde la Casa de Campo hasta el paseo del Prado. Cojeé los últimos dos kilómetros, menos los cien metros finales (para la foto). Había una chica en Madrid. Se llamaba Elena. La conocí meses antes en el viaje de estudios. No fue a verme. Pero me vio al día siguiente. Yo no podía ni moverme. Nos hicimos una foto en la plaza de España. Me cogió del brazo. Llevaba una cinta en el pelo. La acompañé a su casa en el metro. La línea verde. Calle Laguna. Carabanchel Bajo.

¿Qué queda de aquel chaval de 17 años?
Una foto quemada.

¿Qué queda de mí?