—Mira al japo. No dice ná, el tío. Mudo. A su puta bola. Embobao en cubierta. ¿En qué coño estará pensando? Un día nos dijo que rezaba. Bueno, no dijo nada porque no sabe ni dar los buenos días, pero juntó las manos y miró al cielo, como si rezase. O algo así.
—¿Y por quién rezaba?
—¡Y yo qué sé! Supongo que por los atunes. Por el alma de los atunes, jajajaja. O por su alma, ¡no te jode! ¡Qué pregunta!
—¿Y qué hace el japonés?
—Dar por culo. Inspecciona la matanza. Pone pegas a todo. Que si este atún hay que descartarlo porque tiene un coágulo de sangre. Que si este otro tiene dos tiros en el cráneo en vez de uno. Que si éste ha agonizado demasiado tiempo. Todo por señas. No veas para entenderle hasta que no le coges el tranquillo. En fin, los japos son muy pijos pa las cosas del comer. Y por cualquier gilipollez te retienen el cargamento en la aduana. Bueno, son pijos pa tó. Míralo al cabrón, como si estuviera de vigía, como si un corsario fuera a doblar la punta del Gorguel.
—Rezando.
—Eso dice. ¡Qué hijoputa! Les tronza la espina dorsal con una varilla metálica para que no peguen coletazos, los deja tranquilitos mientras les serruchean la cabeza con la motosierra. Así la carne no se estropea. Pero antes reza por ellos. Es un artista. Deja a sesenta atunes paralíticos en media hora. Listos para decapitar, enfriar y embalar. Una máquina. Trabaja limpio. Tó niquelao. El japo. No dice ná. ¡Y tendrías que ver cómo folla! ¿Has ido al Victoria?
—Sí, fui una vez.
—¿Ah sí, te gustan las putillas?
—Fui a la inauguración. Un reportaje.
—Ah, de curro. Joder qué curro. ¿Te mandó el periódico al puticlub?
—Sí.
—Jajajajajaja... Joder, qué suertudo. Pues no veas el japo cómo les cluje. Va después de la matanza. Pa relajarse. Les endiña a las putas igual que a los atunes.
—No entiendo.
—Sí, hombre. Les gusta que den coletazos, que culebreen. Entonces las monta. Las agarra del pelo, les mete un pollazo a palo seco y las deja alelás. Quietecitas. Menos mal que la tiene pequeña. Y luego no sé cómo se las acopla. No sabría explicártelo. Y mira que lo habré visto veces. Pero el caso es que ya no se mueven. No pueden. Y cómo se las trabaja el cabrón. Níquel puro. Él siempre a lo suyo. A la faena. Sin piedad. Ya estamos llegando. Ahí están los cercos. ¿Ves las jaulas? En un rato empezarán los tiros. ¿Y te subiste a una puta a la habitación? ¿En tu reportaje?
—Sí.
—¿Y te la pagó el periódico?
—Sí, claro. Me la subí para hacerle una entrevista.
—Jajajaja, ¡una entrevista! Joder, ahora le llaman entrevista. ¡A mí me encanta entrevistar a las tías!
—En serio.
—¿Y te hizo un factura?
—No exactamente. Yo pasé gastos de kilometraje.
—Sin plomo de 98... tanto... ¿No?
—Más o menos.
—Pero le clujiste a la puta, ¿no?
—La entrevisté.
—Sí, ya, pero oye... ¿Tú eres maricón?
—¿Cómo?
—Vamos a ver, ¿le clujiste o no le clujiste?