Teuta
el 2 jun En: Retratos - 15 comentarios
Teuta, la traductora pelirroja. Tenía encandilado a medio batallón de fusileros y a los taxistas del Regimiento Lusitania (caballería ligera, conductores de blindados porta personal y vehículos de exploración). Era ponerse el chaleco antibalas y el casco de kevlar y yo automáticamente salivaba (¿qué tendrán los uniformes?). Se enfadó conmigo, y con razón, porque en un artículo no pude contenerme y elogié de pasada y como quien no quiere la cosa su belleza eslava. "¡Soy iliria, iliria!". Todo un insulto. Eslavos son los serbios; los kosovares de ascendencia albanesa son ilirios. Pero los periodistas metemos la gamba mil veces con ese tipo de chuminadas y, la verdad, en el fondo nos da lo mismo. ¿Iliria, eslava? ¡Qué más da el adjetivo! ¡Estaba buenísima!
Hablaba albanés, serbocroata, español de culebrón, italiano, inglés, francés, alemán y... ¡alto élfico! Una tarde escribió mi nombre en tengwar en una hoja, pero la perdí. Los mandos sospechaban paranoicamente y por sistema de todo el personal de etnia albanesa, desde intérpretes a cocineros. Al fin y al cabo, en el valle de Osojane la Kfor daba protección a las minorías serbias y gitanas. Pero pensar que Teuta pudiera estar pasando información al Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) era un tanto rebuscado, por no decir novelesco. De comandante para arriba, a mí me daba la impresión de que lo que hacía el personal era engordar el currículum, llevarse un mínimo de 600 talegos al mes por peligrosidad y hacerse pajas mentales dignas de la guerra de Gila. ¡Teuta, espía! Joder.
El caso es que nunca le decían la hora a la que salían las patrullas, para evitar chivatazos y emboscadas, así que la citaban con mucha antelación en la base y allí pasaba el rato tan ricamente hasta que se embarcaba en un convoy. A veces charlábamos, sentados en unas mesas como de chiringuito, mientras ella bebía agua o fumaba un cigarrillo y yo tomaba una cerveza importada de Macedonia que nunca estaba fría. Así fui conociendo fragmentos de su vida. La universidad clandestina, sin titulaciones y paralela al sistema de educación yugoslavo. El padre ingeniero de minas, la madre alemana. La desintegración de un país en cascotes de países que algunos (y no solo militares) comparaban con lo que podía suceder a la vuelta de unos años en España si todo iba de culo... Y el odio. Un odio atroz, muy balcánico, que no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte. Un odio ancestral que se remontaba un montón de generaciones hasta enraizar anacrónicamente en una batalla medieval librada en un campo de mirlos. Y que no encajaba para nada en su cara luminosa y su sonrisa diáfana. Que Teuta odiase se me antojaba tan improbable y ridículo como que fuese un agente secreto.
Media familia de Teuta había emigrado a Alemania antes de la guerra y los bombardeos, así que no podían considerarse propiamente exiliados. Y no había deudas de sangre que pagar (por lo menos en cuanto a parientes de primer grado) ni entuertos que desfacer por la limpieza étnica. Vale, a su padre lo habían despedido en una fábrica controlada por jefazos serbios. Pero ahora eran los albaneses los que practicaban a saco la limpieza étnica y el matonismo, incluso contra las monjas del monasterio de Guriok, todas septuagenarias y todas peleadas entre sí. Pero yo estaba allí de paso, con prisa, y me limitaba a captar briznas de realidad, impresiones superficiales... Y a contar batallitas para un diario de provincias que no tenían nada que ver con lo que verdaderamente me motivaba: los lingotazos de rakia, los bosques impenetrables salpicados de cerezas, las patrullas nocturnas con los picoletos de la Unmik, que siempre montaban unas películas dignas de un control antiterrorista en el País Vasco... Luego compraba una hogaza de pan antes de que amaneciera en un horno de Pec con el suelo infestado de cucarachas. Y me la comía caliente en una habitación de un hostal con ventanas sin cristales, solo el hueco.
Y estaban los niños, inteligentísimos y astutos (ellos y ellas). Lo único que valía la pena salvar de todo aquello. Lo único que justificaba el pastón que España se estaba gastando allí.
Pero algo misterioso y sorprendente sucedía con los niños. En algún momento, cuando dejaban de ser niños, les sucedía algo. No era la típica metamorfosis hormonal de la adolescencia. Era algo terrible, aunque no fuera macabro ni digno de contar en una crónica sensacionalista. Y era algo que les pasaba casi exclusivamente a ellos. A los chicos. No a las chicas. Ellas hablaban idiomas, estudiaban, trabajaban (si podían, con un 70% de paro en algunas zonas no es tan fácil), tenían las tetas más puntiagudas del avispero sur de Europa, vestían dentro de sus posibilidades como cualquier chica española que se va de marcha un sábado por la noche. Ellos no. Ellos se volvían taciturnos, se dejaban bigotazos de los años setenta y patillas a lo Curro Jiménez. Te miraban con rencor. Haraganeaban la mayor parte del día. Fumaban y bebían en grupos. Miraban a las chicas desde una superioridad despectiva y hostil. A los extranjeros desde una inferioridad asumida y más hostil todavía. Si una patrulla se descuidaba, eran capaces de robar un tanque y revenderlo pieza a pieza en los desguaces de Scutari. El odio de ellos era reconcentrado y regresivo. El de ellas, expansivo y cotidiano. Casi un combustible. Un aliciente. Algo con lo que se puede vivir y disfrutar de la vida, pero que está ahí. Y ojito.
El paro y las secuelas de la guerra les azotaba a unos y a otras, a ellas más que a ellos. Pero ellas salían adelante, se las ingeniaban, a pesar de pertenecer a una sociedad machista y nominalmente musulmana. ¿Se la ingeniaban? Quizá solo fuera un espejismo. Yo le preguntaba a Teuta sobre todo esto. Me llamaba la atención. Sabía que a mi redactor jefe todo esto se la pelaba. Lo único que quería era que encontrase cascos azules murcianos en aquel berenjenal y que los pintase como a héroes. Pues vale. Pero a mí me fascinaba. No había visto (salvo quizá en Irán) mujeres jóvenes más entusiastas, abnegadas, inteligentes y hermosas que las kosovares. Me daba igual la etnia: albanesas o serbias, y también alguna roma (pero contra ellas la tradición gitana era una losa demasiado pesada). En puridad, las kosovares son más Juanis y las iraníes más estilosas (aunque la napia las acompleje y casi todas quieran operarse). Pero ni las iraníes (y que me perdone mi hermano del alma Homayoun) ni las kosovares se merecen a los hombres que les han tocado en suerte.
Teuta no se cansaba de explicarme, entre caladas a su cigarrillo. Me atraían sus ojeras violáceas escondidas en unas gafas de sol mucho más modernas que las mías. Y lo grande, lo enorme que le quedaba el chaleco antifragmentación, que le daba un aire de tortuga acorazada. Me gustaban su piel lechosa y que supiera esquiar. Y era una devota de El señor de los anillos, que interpretaba en clave maniquea. Para ella era evidente que los serbios eran poco menos que orcos; los albaneses, montaraces intrépidos, algo primitivos, pero nobles; el conflicto que los desangraba, una saga inagotable, muy de Tolkien. Aquellas conclusiones infantiles me resultaban cómicas, pero yo procuraba no reírme, porque Teuta tenía poquísima cintura para las bromas en las que se viera involucrada la patria, la etnia y, en líneas generales, la política.
Después de unas cuantas conversaciones, reconozco que yo también albergué mis dudas sobre si Teuta no sería una soplona de la guerrilla. Pero deseché la idea. Sus convicciones no eran nada sutiles y la forma en que alternaba opiniones juiciosas sobre el futuro de la Unión Europea o sobre sus ganas de estudiar en el extranjero, con puerilidades xenófobas de grueso calibre sobre las iniquidades de los serbios, no era congruente con la prudencia que debe mostrar un infiltrado. En fin, no sé, cualquiera sabe. Teuta tenía 26 años y quería estudiar filología hispánica en la Universidad de Granada. O literatura alemana en Heidelberg. O historia del Renacimiento en La Sapienza. Le daba igual, con tal de salir unos años. Y regresar. Tenía clarísimo que si salía era para volver. Porque su lugar estaba allí. Quizá trabajaría algún día para el gobierno. Si algún día, claro, Kosovo (Kosova, como decía ella, buena patriota) conseguía la independencia y tenía un gobierno.
Yo la recuerdo sudando y sonriendo dentro del BMR. Los BMR tienen mala follá. Una leyenda negra. Como la del Renault 5 turbo en tiempos. Los militares españoles los temen. Fabricación española de alto nivel, sí; vehículos que exporta Santa Bárbara a todos los ejércitos, sí. Lo que quieras. Pero yo hacía la mili en los boinas verdes, una década antes de irme a Kosovo de plumilla, cuando la palmaron cuatro soldados y un sargento de la UOE 12 porque el puto BMR dio una vuelta de campana en unas maniobras. No sé cuántos militares habrán perdido la vida en accidentes de tráfico del jodido blindado. No sé si esas bajas se contabilizan. La gente se acuerda de los que murieron en el Yak-42 o los que pisan una mina o les pegan un tiro en una emboscada. O no. La gente ni siquiera se acuerda de ellos. Pero en el BMR se pasa mal. Es incómodo. Y dicen que está descompensado. Que el reparto de pesos no cuadra. Y que si gira a la izquierda a más de 80 kilómetros por hora, o se mete en una zanja, o se sale de la carretera y coge un poco de desnivel, vuelca sí o sí. Bajar del BMR siempre era un alivio. Teuta me guiñaba un ojo. Yo levantaba el pulgar. Estábamos vivos.
Después de aquello, de aquella guerra sin guerra, que hervía a fuego lento, aquel ambiente de escaramuzas y miradas asesinas, porque llegué tarde y los perros ya habían roído los huesos de las fosas comunes hasta dejarlos mondos, y las hormigas se comían las ofrendas de pan en los cementerios, y los niños se fumaban los cigarrillos que se les deja a los muertos para que se entretengan en la otra vida... En fin, después de aquello, que para mí fue una experiencia más bien patética, Teuta y yo mantuvimos contacto por correo electrónico durante poco más de un año. Mensajes correctos, corteses, que solo se caldeaban cuando ella me describía apasionada y prolijamente alguna putada de los serbios. Luego dejamos de escribirnos. Años más tarde, intenté retomar el contacto porque tenía que redactar un artículo de fondo para una revista sobre las elecciones en Kosovo, Ibrahim Rugova, el futuro de aquel pedazo de tierra rica en lignito y rencor como provincia serbia o como estado autónomo, su incorporación a una gran Albania... No obtuve respuesta a mis emails. Ni siquiera el clásico mailer-daemon de cuando te equivocas de dirección o la cuenta ha sido cerrada. No sé por qué tuve un mal presentimiento. Le escribí a un brigada del PIO muy majete, que la conocía, aunque ya no estaba destinado en Istok y era improbable que supiera nada de ella. Pero sí, sabía. Me informó lacónicamente.


wellcome back...
seré garrula?
welcome back
Qué alegría la vuelta, así, por todo lo alto, con una historia apasionante. Y telita el final, jo.
Eres enooooorme.
Que cóño había pasado?...¿Hay que adivinar que había muerto?..Te puede lo literario, cabronazo...
PS.- Que alguien presente en su nombre, me temo que él no lo haría, a este tipo como candidato a bloguero, y periodista, y escritor, mayor del reino. Es el puto amo. A pesar del morbo. Y yo que creía que Murcia sólo daba pimientos y votantes del PP.
Las pelirrojas me pierden, lo siento, no puedo evitarlo...
Lo siento.
Fuerza y honor.
genial.... me gustó
y que pelirroja
el odio, que acaba por destrozar todo lo que toca; paises, personas y futuros... cosas inútiles a las que aferrarse, venganzas y luchas sin sentido.
Me quedo revuelta, sin saber bien que más decir...
bicos
Ohhh Carlos, me ha gustado muchísimo la historia.
Por favor, sigue rebuscando por ahí, sí por ahí, allá donde tienes estas perlas, las historias que te han llegado por algo, que te han sorprendido, que han hecho de tí lo que eres tacita a tacita.
Muchos besos.
PD: Desgraciadamente, tu afirmación sobre los hombres, me ha devuelto al universo Houllebecq. Por Dios, necesito hombre buenos, hombres estupendos que consigan frases motivadoras y llenas de esperanza.
Hacía mucho que no leía algo así (salvo en tu propio blog)
No es un elogio amable, te lo juro.
Eres muy grande, mucho.
Abrazos.
gracias por los comentarios. no he respondido antes porque he estado abducido. se me ha juntado un vértice de esos de mi colega carrión: por un lado, un cierre de reportaje y por el otro, ecuaciones, muchas ecuaciones; de primer grado, de segundo, bicuadradas, completas, incompletas, en sistema, resueltas por igualación, por reducción, por sustitución; sumas y productos de raíces... en fin. que estuve repasando con el manué para el examen de mates y me salen las ecuaciones por la orejas.
para tranquilidad de mamporrero, me gustaría aclarar que el final no fue trágico, sino más bien burocrático, pero tiene razón, me puedo lo literario... y el final quedaba más chulo con ese suspense.
es que soy más cabrón...
Por cabrón recordarás las ecuaciones del manué con añoranza cuando te metas en breve con las de la administración tributaria, que toca (o ya las has hecho)
Sigues siendo el mejor.
ahí estamos juanjo. qué dura la vida (en rég. de autónomo) del "frilans".
Mientras esté dura y podamos contarlo... bueno, aún vamos.
Jodío frilandeo, aunque yo a los contratados tampoco te creas tú que les veo como para dar envidia a nadie (según, claro, pero a los que yo veo que están en una posición como la que yo ocuparía si hubiera seguido siendo buenchico y aguantando hasta que me hicieran contrato).
En fin, virgencita virgencita...
Uuuufff. Menos mal que me he leído los comentarios. Ya se me había hecho un nudo el corazón y un lío la cabeza con mis elucubraciones sobre las injusticias de la vida. Malo, remalo...!! Pero excelente escritor. Besos...
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