Hoy hace un año que abrí este blog. En el primer post intenté explicar que un tío, un tío al que no conocía de nada, se me había muerto en los brazos. Accidente de carretera. Un motero. A los pocos minutos de publicarlo, tuve la primera respuesta. Pero el comentario era tan grosero, tan desconcertante, tan cruel, que estuve a punto de chapar el blog por las buenas. No lo hice. Y aquí estamos, con altibajos, escribiendo cositas, traduciendo poemas, colgando música, publicando fotos de la family y del Goricho (al que por cierto hemos rapado, o sea, que ahora los dos lucimos cráneo de marine)... Este año ha sido importante para mí. Supongo que hay etapas en la vida en la que estamos predispuestos a darle importancia a ciertas cosas. Etapas en la vida, ¡qué mal suena! Yo estaba predispuesto a darle importancia al blog. Y durante meses escudriñaba las estadísticas de visitas con ahínco. Quería que la gente me leyera. ¡Qué carajo! Pero si miro atrás, veo que lo más importante del blog no ha sido escribir y que me lean, sino leer. He leído muchísimo y muy bueno. Y casi me he despedido de mis columnistas y escritores favoritos, que siempre andan enzarzados en trifulcas, escabechinas y tiros en la nuca residuales de una guerra que no han vivido. Ahora tengo blogueros y blogueras de cabecera. Soy periodista, pero procuro no dejar que la actualidad me joda demasiado el invento. También me he desahogado en el blog, contando cosas que nunca me hubiera atrevido a contar, porque soy del género cobarde, un tipo al que se le traba la lengua si tiene que decir las cosas a la cara. Pero bueno, también la etapa de las confidencias por este tortuoso camino indirecto pasó a la historia. Esto es lo que hay. Y en este momento no sé muy bien lo que hay. No sé para dónde va a tirar el blog, o si ha llegado al final (llevo semanas jugando con la idea de darle una muerte honorable o una cuchillada barriobajera). La vida es complicada. No tengo ni pajolera idea. Pero hoy es el cumple de los terneritos. Y laluz los mira con cierta perplejidad. Y también cierto cariño. Y, por qué no, brinda por un gran año. Y por los que vengan, con terneros o sin terneros. Y quizá, de vez en cuando, Sánchez Ferlosio no tenga razón cuando dice aquello de Vendrán más años tristes y nos harán más ciegos. Ojalá vengan años felices y nos hagan lúcidos, aunque no estoy muy seguro de que la lucidez y la felicidad vayan de la mano. Cualquiera sabe. Pero aquí estamos. Vivitos y coleando.