Me humedezco el pulgar y paso página.
Es más difícil de lo que parece
cuando es la última. Y es la última.
Llego al último párrafo
con ganas de acabar de una vez
y ganas de seguir porque se acaba.
Saboreo las últimas palabras,
ralentizando la lectura
pues es un buen libro y lo merece.
Anticipo la brusquedad del punto y final
que me precipitará en mi propia vida
como si saltase desde un árbol,
no demasiado alto, pero lo suficiente
para temer una mala caída.
Y eso es todo. Eso fue todo.
Cierro el libro, que expele el aire
con un suspiro opaco. Estuvo bien.
Pero no me apetece releer.
Me levanto del sillón, entumecido.
Es hora de estirar las piernas.